Eduardo Lizalde

autores mexicanos

Eduardo Lizalde

El tigre en la casa

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;
que se pierda
tanto increíble amor.

Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hidras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,
un perdigón inocuo para un pato,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.

Eduardo Lizalde

Nació en la Ciudad de México en 1929. Poeta, ensayista y narrador. Estudió filosofía y literatura en la UNAM y música en la Escuela Superior de Música. Profesor de literatura la UNAM; director de la Biblioteca de México “José Vasconcelos”; presidente del PEN Club de México. Ha colaborado, entre otros, en El Gallo Ilustrado, El Nacional, El Semanario Cultural de Novedades, La Cultura en México, Letras Libres, México en la Cultura, Revista Mexicana de Literatura, Revista Universidad de México, Vuelta. Becario del FONCA y de la Fundación Guggenheim. Miembro del SNCA, como creador emérito. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Premio Xavier Villaurrutia por El tigre en la casa; Nacional de Poesía Aguascalientes por La zorra enferma. Otros galardones: Nacional de Literatura y Lingüística; Iberoamericano Ramón López Velarde; Internacional de Poesía Jaime Sabines-Gatien Lapointe; Medalla de Oro de Bellas Artes en reconocimiento a su trayectoria; X Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca.

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Efraín Huerta

autores mexicanos

Efraín Huerta

Siempre mía

Criatura irresistible, nube, voz de mi sueño,
suave espejo nupcial, escúchame en tu vida,
víveme con tu vida, ámame con tu amor
y déjame a tus plantas como raíz despierta.

Eres el árbol vivo de mi antiguo paisaje,
criatura hecha de amor, amorosa criatura;
eres la estatua dócil y la violenta lluvia,
y eres canto y silencio en mi templo de carne.

Criatura, piel de mi alma y sangre de mis labios:
deja que mi dolor se apoye en tu valiente
y sana juventud; deja que mis deseos
sean el vivo reflejo de tu propio deseo.

Criatura hecha de besos, criatura siempre mía:
una orquídea en tu cuerpo me llama desde siempre,
y yo la bebo entera con mis labios-cuchillos
y me muero de fiebre sobre tu pecho abierto.

Eres diosa en mi sueño, hembra de mi delirio,
espejo de mi piel y azucena en mis brazos.
Déjame ser la espina nupcial y soberana
de tu soberbia vida. Déjame ser feliz.

Efraín Huerta

Nació en Guanajuato (1914) y falleció en la Ciudad de México (1982). Inició estudios de Derecho que abandonó para dedicarse a la literatura y al periodismo. Destacó como crítico de cine. Perteneció a la revista Taller, en la que colaboró junto con Octavio Paz. Recibió las Palmas Académicas de parte del gobierno francés y el Premio Nacional de Poesía de México. Algunas de sus obras: Los hombres del alba, Estampida de poemínimos, Poemas prohibidos y de amor, Transa poética, Permiso para el amor, El Tajín.

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Jaime Sabines

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Tía Chofi

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,
pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.
Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta
con tus setenta años de virgen definitiva,
tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,
porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,
ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
¡Hiciste bien!
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,
y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,
pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.
¡Te siento tan desamparada,
sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,
sin quién te dé un pan!
Me aflige pensar que estás bajo la tierra
tan fría de Berriozábal,
sola, sola, terriblemente sola,
como para morirse llorando.
Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,
que más vale callar,
¿pero qué quieres que haga
si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?

Ah, jorobada, tía Chofi,
me gustaría que cantaras
o que contaras el cuento de tus enamorados.
Los campesinos que te enterraron sólo tenían
tragos y cigarros,
y yo no tengo más.
Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos. Pedías para dar, desvalida.
Y no tenías el gesto agrio de las solteronas
porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
y eras la misma cosa siempre.
Fácil, como las flores del campo
con que las vecinas regaron tu ataúd,
nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.
Sofía, virgen, antigua, consagrada,
debieron enterrarte de blanco
en tus nupcias definitivas.
Tú que no conociste caricia de hombre
y que dejaste llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,
tú, casta, limpia, sellada,
debiste llevar azahares tu último día.
Exijo que los ángeles te tomen
y te conduzcan a la morada de los limpios.
Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,
que la muerte recoja tu cabeza blandamente
y que cierre tus ojos con cuidados de madre
mientras entona cantos interminables.
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
pero en las mañanas, en la respiración del buey,
en el temblor de las plantas,
en la mansedumbre de los arroyos,
en la nostalgia de las ciudades,
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.

Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,
con una cruz pequeña sobre tu tierra,
estás bien allí, bajo los pájaros del monte,
y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.

Jaime Sabines

Nació en Chiapas (1926) y falleció en la Ciudad de México (1999). Su poesía se caracteriza por su tono coloquial, lo cual lo convirtió en un autor del gusto del gran público, alejado de las camarillas y los grupos intelectuales de poder, amantes del estilo culto en la literatura. Participó en la política, y fue elegido diputado en dos ocasiones, primero por su natal Chiapas y después por la capital del país. Cursó estudios de medicina y literatura que no concluyó y se dedicó al comercio; fue becario del Centro Mexicano de Escritores. Obras: Horal, Algo sobre la muerte del mayor Sabines, Nuevo recuento de poemas.

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Manuel Maples Arce

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Manuel Maples Arce

Prisma

Yo soy un punto muerto en medio de la hora,
equidistante al grito náufrago de una estrella.
Un parque de manubrio se engarrota en la sombra,
y la luna sin cuerda
me oprime en las vidrieras.

Margaritas de oro

deshojadas al viento.

La ciudad insurrecta de anuncios luminosos
flota en los almanaques,
y allá de tarde en tarde,
por la calle planchada se desangra un eléctrico.

El insomnio, lo mismo que una enredadera,
se abraza a los andamios sinoples del telégrafo,
y mientras que los ruidos descerrajan las puertas,
la noche ha enflaquecido lamiendo su recuerdo.

El silencio amarillo suena sobre mis ojos.
Prismal, diáfana mía, para sentirlo todo!

Yo departí sus manos,
pero en aquella hora
gris de las estaciones,
sus palabras mojadas se me echaron al cuello,
y una locomotora
sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos.

Hoy suenan sus palabras más heladas que nunca.
Y la locura de Edison a manos de lluvia!

El cielo es un obstáculo para el hotel inverso
refractado en las lunas sombrías de los espejos;
los violines se suben como la champaña,
y mientras las orejas sondean la madrugada,
el invierno huesoso tirita en los percheros.
Mis nervios se derraman.

La estrella del recuerdo

naufragaba en el agua
del silencio.

Tú y yo

Coincidimos

en la noche terrible,

meditación temática
deshojada en jardines.

Locomotoras, gritos,
arsenales, telégrafos.

El amor y la vida
son hoy sindicalistas,

y todo se dilata en círculos concéntricos.

Manuel Maples Arce

Nació en Veracruz (1900) y falleció en la Ciudad de México (1981). Poeta, crítico literario, político y diplomático. En 1921 publicó el primer manifiesto estridentista que propugnaba, como todas las corrientes de vanguardia, una renovación radical de la literatura y de las artes. Su libro Andamios interiores aspiraba a cumplir tal propósito. Como secretario de Gobierno en su estado natal, promovió la publicación de obras literarias y educativas y dirigió la revista Horizonte. Obra poética: Vrbe, Poemas interdictos, Memorial de la sangre; ensayo: El paisaje en la literatura mexicana, El arte mexicano contemporáneo, Peregrinación por el arte de México, Ensayos japoneses.

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José Emilio Pacheco

autores mexicanos

José Emilio Pacheco

No entenderías

Al cruzar la calle me tomó de la mano y sentí la humedad de su palma.

—Quiero jugar un rato en el parque.

—No, ya es muy tarde. Tenemos que regresar: tu mamá nos espera. Ves, ya no hay nadie. Todos los niños están dormidos.

Cambió la señal. Los vehículos se precipitaron. Corrimos para alcanzar la acera de enfrente. El olor a combustible quemado se disolvió en la frescura de la hierba y las frondas. Los restos de la lluvia se evaporaban o eran absorbidos por tallos, hojas, raíces, nervaduras.

—¿Van a salir hongos?

—Sí, creo que sí.

—¿Cuándo?

—Bueno, me imagino que ya para mañana habrán salido.

—¿Me traes a verlos?

—Sí, pero tienes que acostarte pronto para que te levantes muy temprano.

Caminaba demasiado rápido y la niña tenía que apresurarse para marchar a mi paso.

Se detuvo, alzó los ojos, me miró para cobrar aliento y un tanto avergonzada preguntó:

—Papi: ¿existen los enanitos?

—Bueno, existen en los cuentos.

—¿Y las brujas?

—También, pero sólo en los cuentos.

—No es cierto.

—¿Por qué?

—Yo he visto brujas en la tele, y me dan mucho miedo.

—No tengas miedo. La televisión pasa cuentos —en que salen las brujas— para divertir a los niños, no para que se asusten.

—Ah, entonces todo lo que pasan en la tele son cuentos.

—No, no todo. Es decir… cómo explicarte. No entenderías.

Oscureció. Un firmamento cárdeno surcado de nubes plomizas. En los botes de basura comenzaba la putrefacción de los desechos dominicales -periódicos, latas de cerveza, envolturas de sandwiches. Bajo el rumor lejano del tránsito se escuchaban caer en la hierba gotas de lluvia escurridas de troncos y hojas. El sendero atravesaba un claro entre dos arboledas. En ese momento llegaron hasta mí los gritos: diez o doce niños habían cercado a otro. De espaldas contra un árbol los miraba con temor pero no gritaba para pedir auxilio o piedad.

Mi hija volvió a tomarme de la mano:

—¿Qué están haciendo?

—No sé: peleando. Vámonos de aquí. Ándale, apúrate.

La frágil presión de sus dedos fue como un reproche. Se había dado cuenta: yo era responsable ante ella. Y a la vez mi hija representaba una coartada, una defensa contra el miedo y el exceso de culpa.

Quedamos inmóviles. Alcancé a ver el rostro —la piel oscura enrojecida por las manos blancas— del que era golpeado alegremente entre todos. Grité que se detuvieran. Sólo uno se volvió a mirarme e hizo un gesto de amenaza y desdén. La niña contemplaba todo aquello sin parpadear. El muchacho cayó y en tierra fue pateado. Alguien lo puso en pie y los demás lo abofetearon de nuevo. No me atreví a moverme. Quise pensar que si no intervenía era por proteger a mi hija, por la conciencia de que yo nada podía hacer contra los doce.

—Papi, diles que no hagan eso, regáñalos.

—No te muevas: espérame aquí.

Antes que terminara de hablar los otros se alejaron a todo correr, dispersándose. Me sentí obscenamente libre. Tuve la cobarde esperanza de que la niña pudiera imaginar que huían de mí. Nos acercamos. El chico se incorporó pesadamente. Sangraba por la boca y la nariz.

—Permítame ayudarle, lo llevaré…

Me vio sin responder. Se limpió la sangre con los puños de la camisa a cuadros. Le ofrecí un pañuelo. Ni siquiera una negativa: el desprecio en sus ojos. Algo —un horror indefinible— en la mirada de la niña. En ambos un aura de estafa, un dolerse por la traición.

Nos volvió la espalda. Caminaba arrastrando los pies. Por un instante creía que se desplomaría. Siguió hasta perderse entre los árboles. Silencio.

—Vamos, vámonos ya.

—¿Por qué le hicieron eso si él no les estaba haciendo nada?

—Porque se pelearon, no sé.

—Pero ellos eran muchos.

—Sí, sí.

—Son malos porque le pegaron ¿verdad?

—Claro que sí: eso no debe hacerse.

El parque parecía interminable. Nunca íbamos a alcanzar el autobús. Nunca regresaríamos a la casa. Nunca terminaría de hacerme preguntas ni yo de darle las mismas respuestas que seguramente me dieron a su edad.

—Entonces él es bueno.

—¿Quién?

—El niño al que le sacaron sangre los otros.

—Sí, es decir, no sé.

—¿O es malo también?

—No, no: los malos son los otros por lo que estaban haciendo.

Al fin encontramos un policía. Le conté lo que acababa de presenciar.

—Es irremediable. Pasa todas las noches. Usted hizo muy bien en no meterse. Son peligrosos. Siempre andan armados. Dicen que el parque es sólo para blancos y cualquier cochino negro que ponga aquí las patas sufrirá las consecuencias.

—Pero no hay derecho, eso no puede hacerse.

—¿Lo dice en serio? Así habla la gente del barrio. Pero cuando llega el momento no acepta negros en sus casas ni deja que se sienten en sus bares.

Hizo un gesto afectuoso para la niña y siguió su camino. Comprendí qué términos tan gastados como “la indiferencia del mundo” no estaban ciertamente vacíos. Tres seres -la víctima, mi hija, yo mismo- acabábamos de ser afectados en forma radical por algo que no parecía importarle a nadie más.

Sentí frío, cansancio, ganas de cerrar los ojos. Llegamos a los límites del parque. Tres muchachos negros se cruzaron con nosotros. Nadie me había mirado en esa forma. Vi las navajas de resorte y pensé que iban a echarse sobre nosotros. Siguieron de largo y se internaron en la arboleda.

—Papi, ¿qué van a hacer?

—A no dejar que les pase lo mismo que al otro.

—Pero ¿por qué siempre tienen que estar peleando?

—No te puedo explicar, es muy difícil, no entenderías.

Me puse en cuclillas para abotonarle el abrigo. La estreché levemente, con ternura y con miedo. Nos envolvía la humedad de los árboles. El parque avanzaba sobre la ciudad y todo iba a ser de nuevo —o abiertamente— selva.

José Emilio Pacheco

Nació en la Ciudad de México. Cultivó los géneros de la poesía (Tarde o temprano, del Fondo de Cultura Económica, recoge buena parte de su producción poética), la narrativa (Morirás lejos, Las batallas en el desierto, novela, El viento distante, La sangre de Medusa, El principio del placer, cuentos) y el ensayo. Uno de los temas recurrentes en la obra de este autor es el trauma que causa la pérdida del mundo idílico de la infancia al enfrentarse a la crudeza de la realidad y los desengaños de la adolescencia y la edad adulta. A la par de este, el lector observa a los personajes enredados en las emociones que implica el primer amor, veladas por las decepciones y el desencanto de la materialidad y la banalidad del mundo que vivimos.

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José Agustín

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José Agustín

No pases esa puerta

Cuauhtémoc había escapado a tiempo. Unos meses antes Alba, su esposa, supo que la dictadura desataría el terror, y planearon huir. Ella lo hizo primero, para ver a sus amigos y encontrar un sitio adecuado en el que pudiesen trabajar. Él se quedó, siempre con la idea de que Alba exageraba y de que las cosas no resultarían tan mal. Sin embargo, al poco tiempo ocurrieron los primeros secuestros; la gente desaparecía, ya no la volvían a ver nunca más y el terror dominaba a los pobladores. Cuauhtémoc comprendió entonces cuánta razón había tenido su mujer. Logró salir de la ciudad la noche que empezaron los arrestos masivos y a duras penas logró evadir las tropas que marchaban por todos los barrios. Su corazón se ensombreció al ver que no había avisado a ninguno de sus familiares y amigos, que para esas alturas debían hallarse prisioneros del tirano. Pero ya no había nada que hacer, salvo alegrarse de que al menos ellos se habían salvado. Alba se estableció en la ciudad de G., donde su familia tenía buenos amigos. Le fue muy bien, pues encontró ocupación para ella y para su marido, además de que pudo hospedarse en la legendaria Casa del Sol Poniente, donde residían ancianos jubilados y gente joven que, como ellos, podía entender y apreciar el tipo de vida que se acostumbraba allí. La casa en realidad era un viejo e inmenso palacio. En los techos había fuentes, jardineras y una vista formidable de los volcanes y de las puestas de sol.

Allí la gente mayor descansaba a la sombra de las enormes terrazas. En la planta alta se hallaban los grandes salones de la vida en común, los comedores, las salas de estar y de juegos, las cabinas de proyección, las estancias de los festejos y de las grandes reuniones, además de las oficinas de la administración. En la planta alta estaban los pequeños departamentos en donde vivían los ocupantes, todos con recámaras amplias, estancia, cocina, baño y un pequeño jardín con su fuente.

¡Es perfecta!, exclamó Cuauhtémoc, radiante, cuando Alba le mostró la casa. Y aún no conoces los jardines, en realidad son un bosquecito con todo y arroyos y estanques. Y los sótanos, Cuau, son interminables. Un verdadero laberinto. Dicen que en alguna parte, en lo más oscuro, hay una puerta con un cuatro de oro y que por ningún motivo puedes abrir, por nada del mundo. ¿Por qué? No sé, pero está prohibidísimo. Pues entonces no se diga más, afirmó él, vamos a buscarla. ¿Ahora mismo? Sí, ¿por qué no? Bueno, suspiró Alba, pero nos vamos a perder, es que no los conozco bien, y una vez de plano me perdí. De pura suerte oí que alguien andaba cerca, me puse a pegar de gritos y me encontraron. Cuauhtémoc pensó que en realidad su mujer siempre había sido más bien torpe para orientarse, “’medio despistadilla”, decía, en cambio él se ubicaba a la perfección en cualquier parte. Salieron ambos del departamento en donde vivirían y llegaron a la puerta que conducía al sótano. En realidad era una soberbia escalinata de mármol que descendía hasta un arco con portón. Oye, es impresionante esto, ¿eh?, comentó Cuauhtémoc. Te dije, sonrió Alba, un tanto nerviosa. Bajaron al portón, que se hallaba abierto, pero, antes de que pudieran traspasarlo, una de las muchachas de la administración los alcanzó y les dijo que los coordinadores de la Casa querían hablar con ellos. Otra vez será, comentó Alba. Cuauhtémoc miró largamente la entrada de los sótanos, y se prometió explorar “ese fascinante subsuelo”.

La ocasión se presentó pronto, y Cuauhtémoc descendió por la escalinata, franqueó el portón y llegó a una estancia de la que salían varios pasillos; tomó uno, al azar, y vio muchos cuartos llenos de libros y mesas para leer o trabajar; algunas personas lo hacían en ese momento y lo saludaron silenciosamente al verlo pasar. Avanzó con rapidez por el pasillo poco iluminado, fascinado por los libros que también había en el pasillo y por los cuadros de las paredes, encantado por la limpia humedad del aire y con la vaga aprensión, ¿a qué?, se preguntaba, pues a perderme, claro, pues el pasillo condujo a una nueva bifurcación, y el camino que tomó lo llevó a otra y él ya no sabía por dónde andaba. Se había perdido por completo, demasiado pronto, se quejaba, herido en su amor propio. Por donde avanzaba todas las puertas estaban cerradas, pero ya no sentía curiosidad por asomarse a los cuartos, sino, más bien, cierto temor. Lo hizo en algunos y casi no vio nada por la oscuridad enrarecida que los velaba, apenas se distinguía algo que semejaba maquinaria por los mortecinos destellos metálicos, o imprecisables muebles de madera oscura y húmeda. Pero nada de eso le importaba gran cosa, pues comprendía que lo que quería era hallar el cuarto con un cuatro de oro en la puerta.

La oscuridad era cada vez mayor. Cuauhtémoc abría puertas y ya ni siquiera se asomaba. Una de ellas llevaba a un nuevo pasillo, más oscuro, y ante él se detuvo. Se quedó muy quieto y trató de que la intuición le dijera si el camino era correcto. El nuevo pasillo se perdía en la oscuridad a los pocos pasos y el sólo enfrentarlo avivó la sensación de angustia calcinante que desde momentos antes lo carcomía suavemente. Advirtió un silencio denso y cargado, sólo a lo lejos le parecía oír un goteo y lo llenó una necesidad irracional de cerrar la llave que goteaba. Comprendió, con desesperación creciente, que se hallaba al borde del pánico cuando, para su estupor, con toda claridad sintió que algo lo sujetaba de los hombros, lo hacía girar cuarenta y cinco grados y lo alejaba de ese camino. Avanzó de prisa entre la oscuridad total, rebasando lo que parecía nuevas puertas, penetró en otro corredor, casi corriendo, para entrar en calor porque se congelaba por dentro, se maldecía por haberse metido en ese laberinto interminable. No quería detenerse porque estaba seguro de que escucharía goteos y tictacs; con su estado de ánimo, la oscuridad y el silencio eran una vía regia a las alucinaciones, y ya veía pequeñas explosiones luminosas que se desgranaban en líneas destellantes y hacían más negra la oscuridad al desaparecer.

De pronto Cuauhtémoc detuvo lo que para entonces era una carrera frenética. El silencio. Era un tenue zumbido que quién sabría de dónde llegaba, pero sí, emanaba de sí mismo, porque las cosas allí tenían su propia forma de silencio. El de Cuauhtémoc hervía, era un estrépito sordo que por fuera con mucho cuidado podía percibir como un flujo uniforme y denso. Estaba aterrado. Allí había algo terrible. Su cuerpo se había comprimido, y Cuauhtémoc lo sentía especialmente en una punción dolorosa en los testículos. Aguzó la mirada. Apenas se distinguía un número cuatro de oro en una de las puertas. Su cuerpo no quería moverse, pero se desplazó y sí, allí estaba el número. Lo tocó y tuvo que retirar el contacto al instante porque sintió una descarga que en fracciones de segundo lo llevaba a perder el sentido. El terror era muy vivo y a él sólo se le ocurría vomitar lo más posible y luego salir corriendo de allí. Con toda claridad escuchaba una voz ordenándole que no pasara esa puerta. Sin embargo, Cuauhtémoc convocó las últimas fuerzas y tomó la perilla. ¡No lo hagas!, decía la voz en su interior. Pero él abrió.

Dentro encontró a una mujer completamente desnuda, muy joven; el cabello se le ondulaba sobre los hombros, se perdía en la espalda y realzaba la blancura y la suavidad de la piel, de los pechos, llenos de dureza, de la pendiente de la cintura, del pubis con su dulce vello, y de las piernas; toda ella parecía frágil y poderosísima a la vez, había algo rotundo y conmocionante en su perfección, algo insoportablemente glorioso que no se debía ver, y Cuauhtémoc apenas podía retener un hilillo de vida ante la presencia de la mujer, que irradiaba su propia luz cegadora y cuyo rostro perfecto parecía el de una joven y de una anciana, de la eternidad misma.

Los ojos eran terribles, allí había un espacio negrísimo, el vacío total, pero también calor calcinante, una mirada muy dura y severa con una llama de compasión, esto lo vas a pagar, le decía la mirada, no sabes lo que te costará haberte atrevido.

Cuauhtémoc cerró la puerta de golpe. Sabía que estaba a punto de desplomarse como edificio de cenizas si la continuaba viendo. Sintió que infinidad de fuerzas poderosísimas tiraban en todas las direcciones de su cabeza. Se iba a desintegrar. Se hallaba suspendido en una frontera fragilísima. En ese momento de nuevo sintió que algo o alguien lo tomaba y lo hacía girar ciento ochenta grados hasta quedar de espaldas al número cuatro. Cuauhtémoc salió corriendo a toda velocidad por la oscuridad, en medio de tropiezos y golpes. Conforme se alejaba advertía que al fin cedía lo que desgarraba su interior. Había un poco más de luz cuando de súbito tropezó y quedó bocarriba en el suelo helado, jadeando ruidosamente, aún con deseos de gritar, de aullar. Una profusión caótica hervía en él y lo hizo levantarse, correr de nuevo por los pasillos cada vez más iluminados hasta que encontró la salida del sótano.

José Agustín

Nació en Acapulco en 1944. Junto con Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz, Juan García Ponce, entre otros autores, inauguró una corriente conocida como literatura de la onda, influenciada por el rocanrol y cuya temática principal aborda los problemas de la adolescencia. Narrador, dramaturgo, guionista de cine, periodista y traductor. Estudió Letras Clásicas, dirección cinematográfica, actuación y composición dramática. Perteneció al taller literario de Juan José Arreola y al círculo literario Mariano Azuela. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, de la Universidad de Iowa y de las fundaciones Fulbright y Guggenheim. Recibió el premio Dos Océanos del Festival de Biarritz, Francia (1973), el Latinoamericano de Narrativa Colima (1982), el Nacional de Literatura Juan Ruiz de Alarcón (1993), el Mazatlán de Literatura (2004). Al hablar de Inventando que sueño, una de sus obras, el narrador Luis Humberto Crosthwaite, en la “Introducción vaquera” a los Cuentos completos de José Agustín, señala: “No era [la de José Agustín] literatura convencional (no podía serlo), era maliciosa y juguetona, palabras que podría encontrar bebiendo cerveza y echando desmadre en las calles. Era un libro para navegar por la ciudad, para contarle mis rollos: un libro compita, entendedor, carnalito de los buenos”.

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