Sergio-Jesús Rodríguez

especiales

Sergio-Jesús Rodríguez

El nido en la rama

“En mi sueño, al final de mi brazo entre mis dedos, reposaba el nido en el que Diana era un tierno polluelo que me pedía de comer. Yo era un árbol de follaje generoso, mis hojas tremolaban y con ellas entonaba una dulce canción. Luego comprendí que le cantaba su destino. Y ahora mi hija llora, llora porque su suerte no es como la de todas. ¡Oh!, los sueños deberían ser tomados en cuenta en su justa medida. No basta con ser un árbol de espeso follaje; con una hija como Diana, una debe ser también el gavilán y la ratesa. Todo junto, para salvarla de sus pesadillas. Ahora mi Diana llora, y yo estoy triste por ella”.

Suspiró hondamente Karen Tejedora, mientras contemplaba desde su ventanal abierto la misteriosa fronda del ficus, en la que siluetas de pajarillos se movilizaban entre las ramas. El olor profundo a humedad llenaba su nariz. Todavía podía oír los sollozos de la chica en su recámara. La madre se angustiaba pero ya se le habían agotado todos los recursos y se sentía quebrantada, ¿cómo puede una madre liberar del dolor a una hija ante una tragedia que si para los demás no tenía gran importancia, en cambio para Diana significaba la derrota de sus esperanzas? ¿Cómo podía caber en una ilusión rota la palabra «esperanza»? Esa era la situación para Diana, y más valía comprenderlo, de otra forma ¿de qué nos sirvió haber vivido nuestra primera gran derrota cuando fuimos pequeños? La primera gran desilusión es también la primera gran victoria sobre nuestra biología, porque en ella se cristaliza el deseo de libertad, pensó Karen.

La chica había dejado de llorar, deambulaba por la cocina y luego llegó hasta el ventanal con un bote de helado, del que comía sin muchos ánimos.

—¿Quieres? —dijo Diana.

—Sí quiero —repuso Karen y cogió la segunda cuchara clavada en la nieve dentro del bote.

Miraron la urdimbre de hojas tupidas por un largo minuto, en silencio, hasta que Diana dijo:

—¿No es extraño?

—Qué.

—Me da la idea de que el ficus parece una ciudadela.

—Yo imagino que es un gran edificio de apartamentos con vecinos de veras escandalosos. Porque entre ellos sus trinos han de resultar muy escandalosos.

—Cierto.

Diana y Karen se quedaron otra vez absortas en el movimiento de las aves. Pronto comprendieron que reñía una pareja. Por lo visto pajarito estaba muy tirado a la flojera y los polluelos tenían hambre; pajarita quería darse un respiro, pero el otro tomaba cualquier pretexto para distraerse. Lo que pasaba, pajarito replicó, era que quería cuidar a consciencia el territorio, pues el altanero vecino le provocaba enorme desconfianza con sus trinos arrogantes. La verdad es que podría estar celoso, pues la pajarita no estaba de mal ver y de cuando en cuando se echaban ojitos el otro pajarito y ella y ya se sabe que el pajarito es fuego y la pajarita paja, sopla el diablo y se van al carajo nido, polluelos y parejas. Pajarita, muy fastidiada, dijo que para el invierno habría que emigrar y era muy probable que se olvidaran uno de otro o muriera alguno de ellos en el camino, así que resultaban inútiles sus preocupaciones; sería de mayor provecho trabajar más duro y vivir en paz y contentos con lo que había. Pajarito se sobresaltó, dio tres picotazos en el tronco y lanzó un trino determinado: «El amor es para siempre.» Pajarita meditó por unos segundos y preguntó a su vez: «¿Qué es eso de para siempre?» Pajarito señaló a los polluelos y añadió: “Ellos, y los otros que empollaremos, y los que ellos a su vez empollarán. Eso es para siempre”. Pajarita caviló un poco más y mediante un trino no muy convencido quiso saber: “Qué te hace pensar que deseo permanecer el resto de mi vida a tu lado en mi nido y luego en mis descendientes”. Pajarito dudó por unos segundos, luego añadió con astucia: “Ah, es que nos une algo que no se ve. Nos une un sentimiento. He oído decir a los humanos la palabra amor. El amor nos une”. Pero la pajarita era muy quisquillosa. Tras otra pausa, luego de limpiarse el pico, dijo: “¿Y si yo no te amara?” Pajarito concedió: “Entonces no estaríamos unidos”. Pajarita agregó: “Pero sí juntos”. “Muy cierto”, replicó pajarito. “Lo cual es una tontería porque debe unirnos un sentimiento, ¿no es verdad?” “Sin duda”, replicó pajarito, confuso. “Con todo, eres del parecer que debe unirnos el amor”, insistió pajarita. “Así es”, dijo con gran convicción y aleteó pajarito. “Pues perdemos el tiempo”, dijo pajarita, “porque yo no te amo. Tuvimos un par de huevos, nacieron nuestros polluelos, pero estoy harta de ti y de tus trinos. No te amo y apenas acabemos de criar a los chicos emigraré por mi cuenta”. Pajarito tartamudeó: “Pe-pero ¿por qué?” pajarita agitó su cola, aleteó desesperada y antes de ir a buscar más alimento, gritó en un trino: “Porque el amor es compromiso, respeto y trabajo de dos, pero tú estás más ocupado con tus nuevas conquistas y en conseguir cómo picar pleito con el vecino. Sábelo, apenas termine la temporada, me largo”.

—¿Se irá? —quiso saber Diana.

—Tú qué harías.

—Lo mandaba con los gatos. Es un loquito sin escrúpulos por lo que se ve.

—Y si se queda con pajarito sería muy tonta, ¿no es cierto?

—Tontísima, ni siquiera vale la pena llorar por un pajarito tan bobo.

—Es lo que yo digo —repuso Karen y miró al cielo de manera significativa—. Hay tantos pajaritos…

—Y por qué lloro por un bruto como Lalo, mamá.

—Porque el amor a tus catorce años es un misterio rodeado de hojas que no te dejan ver dos cosas: que hay más chicos y que lo que buscas es dar sentido a tu vida. Necesitas darte tiempo.

—¿Siempre será así? ¿Una chica siempre llora por amor a un chico?

—No, otras veces llorarán los chicos por ti. Así es la vida. Lo importante es que habrás vivido, reído y llorado…

Pasaron largos minutos. Pajarito, al ver que la hembra del otro nido se encontraba sola, saltó entre las ramas, hizo la corte a la pajarita solitaria y remontaron entre las hojas, luego ella se puso de modo que pajarito se trepó sobre su lomo.

—Pajarito es un cerdo —dijo con acritud Diana—. Y esa otra pajarita una piruja de lo peor.

—En la naturaleza —dijo Karen—; las cosas no siempre son justas. La vida es elección: uno debe vivir del lado de la justicia por dignidad, o del lado de la injusticia, por conveniencia. Qué deseas que ocurra.

—Quisiera que llegaran pajarita y el otro pajarito.

—¿Luego?

—La venganza.

—¿Segura? Que así sea.

Y dicho esto, todas las hojas del ficus parecieron girar como si se tratara de engranajes, lo mismo que los destellos del sol entre la fronda, incluso las pupilas del gato que se asomaba en el jardín. Cuando copulaban una vez más los adúlteros pajarillos, sonó el trino feroz del macho ultrajado, que se abalanzó sobre pajarito, el esgrima de picotazos fue vehemente, rodaron violentos y ruidosos por las ramas hacia abajo. Justo entonces el esponjado Cómodo maulló entre grandes zancadas, sus movimientos fueron relampagueantes y certeros. De un zarpazo hirió de muerte a uno de los pajarillos, al otro lo atrapó por la cabeza y en el lapso de tres minutos la carnicería había concluido. Diana se quedó estupefacta, casi no podía comprender los sucesos.

—Ahora viene el verdadero drama —suspiró Karen—. Ambas madres deberán sacar adelante a sus polluelos por sí solas, hayan o no amado a sus belicosos pajaritos. ¿Qué opinas?

—Están muertos —dijo atónita la muchacha.

—Qué esperabas —replicó Karen—. Pediste que los sorprendieran los cónyuges. Así sucedió. Lo demás son las consecuencias obvias en los peligros de una vida de pájaro. Se distrajeron en su lucha, el gato aprovechó y han muerto; ya no hay remedio.

—¡Vaya!, lo que se aprende de los pájaros es interesante.

—Y por qué llorar a un pajarito que ha sido tan miserable, ¿no crees?

—Bueno, a veces una llora por sí misma.

—El amor propio, ¿mh?

—Eso.

Ambas comieron un poco más del helado. El gato se limpiaba las plumas del bigote, maulló con pereza y saltó a la ventana para meterse a la casa.

—Eres un tragón sin sentimientos —replicó Diana y acarició al gato, al que no sabía si quererlo o detestarlo.

Cómodo se acurrucó, aunque las rendijas de sus ojos parecían más alertas que nunca cuando los polluelos piaron en el follaje. La pajarita lanzó miradas inquietas hacia la ventana por unos segundos y enseguida emprendió el vuelo.

—¿Qué hará ahora? —dijo Diana.

—Lo de siempre, hija. Ocuparse de sus crías y vivir mientras tenga aliento para ello. Nada más tonto que llorar hasta morir de tristeza, porque quien se alía con la vida, se alía con el amor y con la esperanza. De otro modo, para qué tanto esfuerzo de los padres de la pajarita, ¿no te parece?

—Es muy cierto —repuso Diana.

Al concluir el helado, Diana enfiló hasta el velador del cual cogió el teléfono inalámbrico, marcó un número con precisión, contestaron, dijo su nombre, luego tres veces «sí» y finalmente se despidió.

—¿A quién le llamaste, corazón? —repuso la madre, un poco inquieta.

—A otro Cómodo, mami. Un Cómodo más rechoncho, más fiero y con más hambre que nuestro gato. Me voy a hacer la tarea.

Karen supo que era inútil insistir con su hija, pero sus palabras enigmáticas la ponían más y más nerviosa. Tomó el teléfono y oprimió la tecla de remarcado, sonó tres veces y luego la voz en la contestadora: «Hablas a casa de tu mero padre. Es obvio que o no me da la gana contestarte, o estoy cagando en el trono o de plano fui a chingarme a un pendejo. Deja tu mensaje, luego me reporto.» La mujer soltó el aparato con terror; en el momento en que se estrellaba contra el suelo, vio que la infiel pajarita intentaba vengar a su pajarito muerto, pero a Cómodo le bastó con esquivar el aletazo, luego lanzó la dentellada. Unas gotas de sangre quedaron impresas en el cristal, y fue todo.

Tomado (con autorización) de la página del autor: Cuentos

Sergio-Jesús Rodríguez

Escritor nacido en Guadalajara, Jalisco, México. Novelista, poeta, cuentista, es autor de varios libros: Un cangrejo en la madeja, El señor de las termitas, Las mínimas invasiones, En el abismo, Bartolo, Aprilis, Alma negra, La niebla y otras geografías, Alhajas, El estupor y la niebla, Blue-jeans, Las piernas de Lákhesis, Cola de salamandra, Si por tu jardín la brisa. Egresado de la Universidad de Guadalajara, es además conferenciante en la promoción de la lectura, corrector y ha sido profesor, investigador y locutor radiofónico, entre otras actividades.

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Gato

Para aplazar las sábanas frías que me esperaban en mi departamento me refugiaba en el Areopa que a fuerza de música y parroquianos alegres guardaba una tibieza muy lejana del invierno exterior. Ahí la vi por primera vez. Trabajaba como mesera y era la mujer más guapa que había tenido cerca de mí: caderas estrechas, piernas armoniosas, senos firmes y pequeños; quizá demasiado alta para nuestras costumbres. Sus ojos líquidos conminaban a envolverla y llenarla de besos. “Única”, sería el adjetivo para describirla. Despertaba en mí un inaplazable deseo de sexo y de ternura.

No me gusta la cursilería, pero creí que era necesario llevar un ramo de flores cuando la esperaba a la salida del trabajo. Sonreía con gracia, le temblaban las manos. En la tercera cita ya estaba pegado a sus senos. Aquello era un ahogo y un milagro. Me incomodó que rehuyera mis caricias más íntimas.

—¿Qué te pasa?

Yo sabía que su empleo era más cercano a la prostitución que a la cocina. Ella me miró a los ojos, con una especie de angustia o de reproche.

—Si tú quieres me caso contigo —dije en un arrebato de amor y de deseo.

—No es lo que parece —murmuró—, nada es completamente cierto.

—Ah, resulta que eres filósofa.

Acaricié sus manos largas, besé su cuello.

—Tú también me gustas… mucho.

La voz de un tono grave era sensual y tibia.

—¿Te animas a vivir conmigo?

Mordí suavemente el hombro blanco. Sonrió.

—No todo es lo que parece. ¿Sabes que mi destino me lo reveló un gato?

—¿Te gusta la literatura? Ya sabes que los gatos son mensajeros.

Otra sonrisa escéptica.

—No es literatura, si me cuidas te cuento cómo un gato me trajo la clave de mi existencia.

—Estoy dispuesto a cuidarte todos los días de la vida.

Estaba apasionado y borracho y dispuesto a dejarme mandar por esa hembra hermosa, dispuesto a quererla y a cuidarla y morirme pegado a ella. Dejó sobre la mesa la copa que vibraba en su mano. Sus ojos parecían cercanos al llanto.

—Escúchame. Eres muy joven. Trata de entenderme. Vivía yo entonces en una ciudad pequeña, Tepic o Aguascalientes, ponle cualquier nombre. Tenía dos hijos, un niño y una niña de 8 y 6 años y los amaba… bueno, tú sabes… como se ama a los hijos, aunque no me gustaba demostrar afecto. “Mimas a los niños y al rato se te suben al cuello”, decía mi padre. Mi relación con ellos era distante y firme, nunca les faltó nada: tenían una casa limpia, alimentación sana, todo lo de la escuela y hasta algunos juguetes. Te estoy hablando de hace apenas unos meses. Hace cuatro años murió mi padre. Era un hombre duro. A fuerza de golpes y de castigos me formó el carácter. No éramos pobres; mi padre había sido militar y tenía una pensión que supongo era suficiente pues no había mayores gastos en la casa. A pesar de ello más de alguna vez nos dejó sin comer, a mí y a mi madre “para que valoren lo que tienen”, decía. Me imponía tareas rudas: cargar ladrillos de un lado a otro del patio, asear los excusados y lavar interminablemente el Valiant azul que de vez en cuando conducía. Estábamos hechos a la vida austera. No conocí el gozo de un paseo o la alegría de un juguete elegido por mí. Cuando alguna vez me caí de una bicicleta prestada, la reacción era siempre: “Usté no chille, cállese”. A los pocos parientes que acudieron al funeral no les extrañó la serenidad con que recibí su muerte. Al año lo siguió mi madre. Ella que era toda dulzura, toda cariño, me prodigó un amor casi secreto, pues en casa estaba estrictamente prohibido que me tratara con ternura. En la infancia me acarició dos veces, ¿recuerdas el olor del mar o del pan recién horneado? Así recuerdo yo aquellas dos caricias. La primera la asocio con una boleta de calificaciones llena de excelentes —no podía ser de otro modo por el miedo a mi padre—: llegué de la escuela y se la enseñé a ella, se sentó a la mesa y mientras la leía pasaba su mano suavemente por mis piernas. Para la segunda caricia fue necesario que me extrajeran el apéndice y se infectara la herida. Entonces en aquel hospital público, mientras la enfermera me extraía líquidos espesos de la abertura apestosa, mi mamá pasó su mano por mi cuerpo. Por aquel tacto tibio bien valía la pena que volvieran a operarme. Dos caricias tuve en la infancia. No hubo más. Pese al profundo dolor, en su tumba no pude dejar ni una lágrima. La amaba entrañablemente, pero no hubo ofrenda de tristeza cuando faltó a mi lado. Papá, en un gesto magnánimo, me había ofrecido estudiar contaduría como alternativa a la carrera militar. Me recibí con honores de una profesión aburrida y monótona en la que pronto encontré un buen empleo. Me casé y formé una linda familia. En casa no había crueldad ni violencia, si acaso una especie de frío constante, que nadie sabía cómo remediar. Los chicos, 8 y 6 años (ya te lo dije) eran callados y serios, iban bien en el colegio gracias a mis cuidados y en casa había orden y silencio. Entonces apareció el gato. Era un gato muy chico, gris con rayas negras: animalillo corriente de esos que tiran a la calle. Una noche maulló en el patio con un maullido largo y lastimero. Ordené que lo corrieran. No fue posible. Salí con una tabla a ahuyentarlo; se recogió en sí mismo en un ovillo de pelo, y por primera vez, la primera de muchas primeras veces, no fui capaz de golpear a un animal: sentí lástima. Ahí déjenlo, dije, que nadie le tire de comer. No fue necesario: fui yo quien apartaba los sobrantes de la comida y los dejaba en el patio. Es preferible dárselos a que se los coman las ratas, me justificaba. Por las noches, en la ventana de mi cuarto, me sorprendía la fosforescencia de una mirada azul. Es hembra, dije a mis hijos, miren su tamaño pequeño y sobre todo vean las visitas que tiene: grandes gatos machos se disputaban a garra y maullido el derecho al apareo. Mi casa, antes silenciosa, se transformó en un continuo concierto de reclamos eróticos. Los niños corrían para descubrir el sexo licencioso de los gatos, reían a carcajadas y yo no encontraba el hilo perdido de la disciplina. Le llamamos Tita; nunca fue nuestra. Vivía en el patio pero no se nos acercaba. Algún vecino explicó que pasada cierta edad el gato pierde la capacidad de ser domesticado, o más bien, los humanos nos volvemos incapaces de domesticarlo. Eso tiene un nombre, son gatos ferales, no salvajes, no silvestres: ferales. Viven a nuestras expensas sin retribuir compañía o cariño. Son desconfiados y tercos. La Tita era feral. No crecía, se mantenía pequeña y huraña. Siempre le guardé comida y ella, tras el vidrio, iluminaba los insomnios conyugales. Una noche escuchamos quejas agudas y aún más fuertes que de costumbre. Estos animales se aman con chillidos de recién nacido, expliqué a mi propia angustia. Me asomé y vi a Tita que se defendía de la monta agresiva de un felino amarillo. Debe estar preñada, expliqué a la sonrisa maliciosa de los niños. Las gatas cargadas no admiten otro macho, así es la naturaleza, váyanse a dormir. Al día siguiente vimos a la Tita enroscada y triste, tal vez lastimada. Quisimos acercarnos, nos tiró un zarpazo de uñas agresivas. Déjenla, animal ingrato. Esa noche no hubo mirada fosforescente tras el vidrio. Dos o tres días después el animal se levantó trabajosamente y con pasos tambaleantes vino a mi encuentro; sólo me miró, me miró a los ojos, dio la vuelta y se echó a mi lado. Era yo entonces más insensible que ahora y aun así sentí una contracción en el pecho, me acerqué y la revisé meticulosamente. Tenía una desgarradura honda en el costado, de la que se desprendía un aroma caliente y negro. La herida llegaba hasta los testículos. Entonces no es gata, me dije y les dije a los niños: no sé por qué se apareaba, eso no es natural, no lo comprendo; está lastimada, hay que curarla. Pasé el fin de semana entre fomentos y antibióticos que prescribió el médico de la familia. El lunes, antes de ir al trabajo, mi corazón temblaba: murmuré palabras cariñosas, le arrimé agua, puse alimento en el hociquito tembloroso. Tita comió, después se arrastró a un rincón del baño y se quedó quieta. Cuando regresé la encontré lívida, tiesa. Recordé la temperatura del cuerpo muerto de mi madre, recordé los ojos ausentes de mi padre, recordé aquellos “Usté no chille, cállese”. Me doblaron los sollozos, un río de dolor salía por mi boca; mis hijos me miraban asombrados, tuve que esconderme en mi cuarto. Lloré por todos los dolores, por la falta de amor, por las dos caricias que me dio mamá, por los castigos inmerecidos, por las tareas duras, porque no tuve una muñeca para jugar, porque no sé dar besos, porque me casé con una mujer buena y tuve dos hijos a los que amo y que nunca he abrazado. Lloré, lloré por muchas horas, entendí muchas cosas, el mensaje de Tita. Y en la muerte le dije a mi padre: Te equivocaste, viejo, los hombres sí lloran, y si no puedo llorar como hombre hoy sé lo que soy, lo que he sido desde siempre. Pasaban los días pero no la pena. Mi esposa me miraba como si no me conociera, los niños se comportaban aún más taciturnos que antes. Decidí cambiar de ciudad. Abandoné hijos y mujer; les hacía daño mi presencia. Estoy aprendiendo a vivir como soy, conociéndome a mí misma. Ya ves, trabajo en el Areopa donde conozco gente linda como tú y estudio una carrera que realmente me gusta.

Limpió las lágrimas de sus ojos profundos.

—Estoy en tratamiento hormonal antes de decidirme por alguna cirugía. Extraño mucho a mis hijos, pero quiero ser honesta con ellos. Espero que más adelante me entiendan. Antes de venir para acá les regalé un gato.

Teresa Figueroa Damián

Poeta, narradora y promotora de lectura. Desde su Centro Cultural Los Ariles, en Tonalá, además de promover la lectura, que impulsa de manera cotidiana, organiza una serie de actividades artísticas y culturales. De su taller de creación apareció el libro colectivo El vuelo del colibrí. Colaboradora de la revista digital www.agora127.com, sus textos narrativos denotan el intenso aliento humano, pasional y emotivo que impregna toda su obra, de una innegable calidad artística. Puedes ver otros textos suyos en los siguientes enlaces: Ágora número 18número 17número 14número 11.

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Teófilo Guerrero

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Qué nos deja Artaud

Las cosas andan mal porque en este momento el mayor interés
de la conciencia alienada es no salir de su enfermedad.
Antonin Artaud

¿Se le podrá seguir considerando loco a Artaud en un mundo en el cual se regresa a los errores del pasado, en el que miles mueren de hambre mientras otros desbordan opulencia, un mundo, una realidad que desprecia al otro por su misma condición de otredad, un mundo que proclama el imperio de la razón y la lógica pero que no es lógico ni razonable? ¿Quién es el loco?

Artaud era un artista absoluto, cuyo fin metafísico estaba quizás más lejos que el objetivo de otros artistas, pero si por eso debía ser considerado loco y ser víctima del electroshock la sociedad que lo sentenció a tal destino no puede ser tan sana. La misma sociedad que ahora, en buena parte, reivindica al marsellés, no sin cierta dosis de tergiversación e ingenuidad, tal y como lo sostiene Derrida:

“¿Bajo qué condiciones puede legítimamente un teatro hoy inspirarse en Artaud? El que tantos directores de teatro quieran hacerse reconocer como los herederos, incluso (así se ha escrito) como los ‘hijos naturales’ de Artaud, es solamente un hecho. Hay que plantear además la cuestión de los títulos y del derecho. ¿Con qué criterios se podrá reconocer si una pretensión como esa es abusiva? ¿Bajo qué condiciones podría ‘empezar a existir’ un auténtico ‘teatro de la crueldad’? Estas cuestiones, a la vez técnicas y ‘metafísicas’ (en el sentido en que Artaud entiende esa palabra), se plantean por sí mismas en la lectura de todos los textos del Teatro y su doble, que son solicitaciones más que una suma de preceptos, un sistema de críticas que conmueven el conjunto de la historia de Occidente más que un tratado de la práctica teatral”. (J. Derrida, La escritura y la diferencia, Anrhropos, Barcelona, 1989, pp. 318-343).

Pero, ¿y qué nos deja Artaud?

Artaud no nos deja nada que nosotros no intuyamos, porque Artaud antes que nada nos invita a revalidar el sentimiento puro, la emoción en crudo, escupe a la sociedad para que se limpie la mugre de la cara, blasfema para recordarnos que debemos orar, se masturba sobre nuestros deseos reprimidos para despertarlos, defeca en nuestras cabezas para obligarnos a sentir, aunque sea odio. Artaud no puede ser ignorado:

“Si hoy en día, en el mundo entero —y tantas manifestaciones lo atestiguan de manera patente— toda la audacia teatral declara, con razón o sin ella pero con una insistencia cada vez mayor, su fidelidad a Artaud, la cuestión del teatro de la crueldad, de su inexistencia presente y de su ineluctable necesidad, adquiere valor de cuestión histórica. Histórica no porque se deje inscribir en lo que se llama la historia del teatro, no porque haga época en la transformación de los modos teatrales o porque ocupe un lugar en la sucesión de los modelos de la representación teatral”.

Uno de sus herederos naturales, Jerzy Grotowsky, lo cuestiona sistemáticamente en el prólogo de Tres piezas cortas pero no puede dejar de reconocerlo como “un poeta de las posibilidades del teatro”, porque a Artaud lo han reflexionado gentes como Jacques Derrida, Susan Sontag, Julia Kristeva, Phillipe Sollers, Peter Brook, Peter Weiss, etcétera, por no decir que una buena parte de la élite del pensamiento occidental del siglo XX.

Artaud está en el Living Theatre, en Robert Wilson, en Peter Brook en Peter Weiss, en la Fura dels Bauls, en el Theatre du Soleil, en todo aquel intento de alcanzar lo infinito: “El espectro de Artaud pasó a ser nuestro mentor”: Julian Beck; “lo que quería en su búsqueda de lo sagrado era absoluto: deseaba un teatro que fuera un lugar sagrado”: Peter Brook; “Artaud era un gran poeta del teatro”: Jerzy Grotowsky; “Artaud aun en su silencio providente se expande, y aun en la plenitud de su frenesí o en su vacío es revelación de fecundidad”: Luis Cardoza y Aragón; “la obra de Artaud niega que exista cualquier diferencia entre arte y pensamiento, entre poesía y verdad”: Susan Sontag; “la solución será un retorno a una existencia primitiva, a la conciencia prelógica… el nombre de Artaud evoca una fórmula: Primitivismo Ritual. Crueldad. Espectáculo”: Christopher Innes.

Artaud es como la conciencia, como su mismo pensamiento, se nos escapa, nos invita a alcanzarlo para después correr, si lo queremos entender podemos sentirlo en los rincones de nuestro pensamiento retorcerse de dolor, el dolor de no alcanzarse, el dolor que puede ser tan grande que no hay lenguaje que pueda expresarlo. Aun así, en su imposibilidad Artaud nos deja el suficiente material para seguir bosquejando el infinito.

Teófilo Guerrero

Guadalajara, Jalisco, 1969. Estudió en la Universidad de Guadalajara casi todas sus carreras: derecho, teatro, guionismo, y no siguió acumulando otras porque ya era demasiado. Cuando concluyó sus estudios de teatro, se percató de que éste no se aprende en las escuelas, sino en el foro. Ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a escribir dramaturgia, lo único que sabe es que lo hizo por necesidad: necesitaba una obra para sus compañeros de carrera, y también dinero. Desde entonces no ha parado, escribiendo y actuando. Tiene varios textos publicados, entre los que se cuentan: Artaud. Bosquejo de sí mismo, Sin respuestas, A+B o el amor por sobre todo, Café para intelectuales. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artísticos de Jalisco y ganador del Primer Certamen Nacional de Teatro Infantil y Juvenil.

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Doy la vuelta, para no dejar ir tu voz al vacío
de los volúmenes olvidados. Abro la bruma, te interno
en la bruma, te doy con la bruma en la lengua
para que tu cabeza cante.

Expongo viejas grosellas de tumulto,
que puedo escuchar bajo el manto frutal del rojo
y sobre el mundo hiperparlante abro la rampa de mi oreja
hipnotizada por las montañas de tu pupila verbal.

Dejarte decir de largo tu aglutinamiento
y poner un ojo que acecha en tus desparramadas películas.

Tu película me deja fría, tu película hierve
en mi ansiedad de oído atento. (Los espacios mudos
son también los gritos gráficos que nos acompañan.)

Cada músculo del vendaval se nutre de mi espera
de párpado extasiado. Cada letra de tu agarrar es voz
subiendo su escalen predilecta. Cada cicatriz de ti
en mi orificio auditivo es una flor de suspenso.

Te escucho porque albergo mil pedazos
que palpan un cerebro interior. Cerebro de hielo
que se funde bajo un cristal conjugado.

Es inútil cerrar el receptor.
Mi receptor es vida que mueve su retícula
para alcanzar su parte de ingreso. Dejar que ingrese
el rojo labor de tu tránsito y abrazada a la paráfrasis vital,
sentirte acceder.

*
Llenarte de culebras cansadas, ha sido mi cuerpo.
Llevar el lodo alado, besar de lodazal en la abierta
química. Esta mordaza lúdica no son mis manos,
son, instante ingenuo de tu calca, las desvanecidas
para llenarte de calvas en la selva, llenarte
como lluvia llorosa en tu pulgar de llave maestra.
Entre la hierba puedo cambiar, yacer, mientras te inundo
de llamadas extrañas de extraer la llanura
sobre el horizonte de tu deseo, sobre la gravidez del golpe
y sobre cuerpos, nuestros y cosificados.
Hay que llenarte como a la olla en la llama,
ponerte de fondo físico mi lunar tan otro.
Este lugar no es mi cuerpo, este cuerpo no es mi labio.
Te lleno para extraviar el huracán.

*
Llenar, ahogar, sembrar, conectar, improvisar en tu luz.
Luz de cuna de lobo de labio. Cambiar, para ti,
la quemadura del cántaro. Y al corresponder
a tu cúspide de ahogo, labio tímido, te mido
al llenar, otra vez llenar tu vacío de río de narciso feliz
en la flauta que no cesa. Musicalizar, incorporar tu nevado
al lomo de la muela. Aquí la muela flota, la curva canta,
la cortina celebra su disfraz y tú te juntas.
Colgar, amar, zafar, aventar aquella voz de mamas mansas
en que ríes río, ruedas en la pena púdica de tu texto,

*
¿cuál es el rostro que roza mi rueda?
¿cuál es la rima que rodea la razón, quién roba?
¿a quién robarle el remo?
¿con cuál amor rascas inútil en riscos de rapiña?
¿con quién restas, cuál reino y qué ritual?
¿cuál es el respiro que rasga el ropero al retrasar
la reuma? ¿ríes?
¿rieles en tu risa de ramillete erizado?
¿el ramaje lo recuerda? ¿como el recital?
¿si tu rostro dejan el rastro, si tu erupción
argumentara el rotavirus, si el rímmel rajara?
¿en qué rincón, con qué resorte?

*
¿abierta te alzas?
¿aérea, como aro de ave te alzas en árboles de asombro?
¿te ampara el adverbio? ¿te abraza el páramo del artículo?
¿te aleja el hiperactivo verbal del hecho?
¿no tienes hechura? ¿no hay hinchazón en el aura?
¿eres alma y músculo y molécula?
¿el núcleo en la erosión del arco?
¿se aleja, te afrenta, te alaba el ardor?
¿te alzas en el ártico del amor, como arcángel domado?
¿te drogas? ¿te doblega el dominio del descuido,
te duplicas, en la disolución del ámbar?
¿del ámbar hambriento?

Laura Solórzano

Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1961. Estudió la carrera de psicología en la Universidad de Guadalajara y después artes visuales en la UNAM. Ha publicado los libros de poesía Evolución (Universidad de Guadalajara, 1976), Semilla de ficus (Ediciones Rimbaud, 1999), Lobo de labio (El Cálamo, 2003), Boca perdida (Editorial Bonobos, 2005), Un rosal para el señor K (Universidad de Guanajuato, 2006), la antología personal El espejo en la jaula (Secretaría de Cultura, Jalisco, 2006), el libro Lip Wolf, traducción al inglés y publicado por Action Books en Estados Unidos en 2007. Ha formado parte de las siguientes antologías: Sin puertas visibles (Ediciones Sin Nombre, Universidad de Pittsburgh), Eco de voces (UNAM-Conaculta), Poesía viva de Jalisco (Universidad de Guadalajara), Pulir huesos (Galaxia de Gutemberg, España, 2008). Su libro más reciente, Nervio náufrago fue publicado por la Editorial La Zonámbula. Trabaja como maestra en el Centro de Arte Audiovisual y en la Sogem de Guadalajara.

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Cuentos

Inventario

Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: “Anda, ve a hacer tus necesidades”. El gato se paseaba imaginariamente por el parque y al cabo de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol. Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.

Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces le llamé: “Minino, minino”, y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla porque se imagina que yo me robé su gato.

De generación en generación

No, pues señorita señorita, lo que se dice señorita, yo nunca fui. Ha de ser re bonito que le digan a una: Pase, señorita. ¿Qué desea, señorita? Y señorita por aquí y por allá. Pero, pues para eso se nace, y yo nací señora. Bueno, señora señora tampoco, aunque una vez por poquito me decían: “Buenas tardes, señora”, y eso que no lo busqué, nomás porque la panza se me notaba a leguas. Entonces alguien descubrió que no era casada y al carajo, ni señorita ni señora.

Fui una niña gordita, de esas a las que todo el mundo les pellizca los cachetes. A los nueve años ya me pellizcaban las nalgas y se acabaron las esperanzas de llegar a ser señorita de las que huelen bonito y los hombres no pellizcan, como quería mi abuela: Mira, mija, para cuando seas señorita, me decía enseñándome un vestido blanco lleno de encajes que guardaba envuelto en papel de china, sin saber que yo ya no lo era. Pero para qué desilusionarla, pensé, y cuando cumplí trece años que le digo: Abuela, ya. ¿Ya qué? Pues que ya soy señorita. A la abuela se le salieron las lágrimas, se sonó fuerte y, en cuanto se repuso, me dijo: báñate con jabón de olor y luego vienes. Al rato ya estaba yo frente a ella, toda perfumada. Siéntate aquí, me volvió a decir, arrimando un banquito que usaba para subir sus piernas. Se quedó mirándome, parpadeaba apretando los ojos para que no se le escapara lo que veía, luego dijo suspirando: Ay, mija, cómo te pareces a mí cuando tenía tu edad. Mira nomás que ojotes, y tus dientes parejitos… no te vayas a sacar las cejas como se usa ahora, así juntas se te ven bonitas. A ver —seguía diciendo la abuela casi para ella— levanta más la cara, hum, sí, tienes las orejas de tu padre, lo bueno que el pelo te las tapa, nada más déjame cepillártelo bien. Y empezó a pasar un cepillo al que le faltaban la mitad de las cerdas, de arriba a abajo de mi cabello. Cuando terminó dijo: Levántate y camina. Caminé cuatro pasos, hasta el ropero donde guardaba el vestido blanco, mientras ella me decía: Camina como señorita. ¿Y cómo caminan las señoritas?, le pregunté. La abuela se levantó de su sillón, hacía mucho que no la veía de pie. Era alta y su espalda todavía estaba derecha. Así, mira, dijo dando unos pasitos por el cuarto sin ver al suelo, como si llevara en la cabeza un balde lleno de agua. Aplaudí, se veía tan bonita mi abuela, que hasta se me olvidó que yo no era señorita cuando sacó el vestido del ropero y me lo ofreció: Póntelo, es para ti, yo no fui digna de él, me decía con los brazos extendidos, sosteniendo el vestido por los hombros. Y siguió diciendo, ya sin mirarme: No pude estrenarlo, ese mismito día me quitaron la honra, los muy desgraciados… Clavé mis ojos en los suyos, que volvieron de muy lejos: Sí, póntelo, repitió. ¿Quiénes fueron, abuela? Por toda respuesta la abuela me abrochó los botoncitos de encaje que recorrían mi espalda. A ver, date la vuelta, me ordenó cuando llegó al último. Giré delante de ella. Ay, mijita, volvió a decir en un suspiro. Luego empecé a engordar y ella como si no se diera cuenta de mi embarazo.

Siete meses después murió mi abuela Nicolasa, Nico tenía una semana de nacida. Enterré a mi abuela con el vestido blanco. No tenía caso seguir guardándolo, Nico era igualita a mí, ya habían empezado a pellizcarle los cachetes.

Martha Cerda

Nació en Guadalajara, en 1945. Ha publicado Juegos de damas (1988); La señora Rodríguez y otros mundos (1990, novela) ha sido traducida al francés, al inglés, al griego, al noruego y al italiano; Y apenas era miércoles (1993), sobre las explosiones ocurridas en la ciudad en 1992; Todos los pardos son gatos (1995); este mismo año aparece Cohabitantes/Cohabitants, poemario bilingüe publicado en Estados Unidos; Las mamás, los pastores y los hermeneutas, algunos de estos cuentos han sido traducidos al inglés y al alemán; Cerradura de tres ojos (1997), publicado en Argentina; Toda una vida (1998), novela publicada en España, traducida al italiano y al noruego y seleccionada como El Mejor Libro de Ficción de 1998, por la Asociación de Libreros Italianos; Cuentos y recuentos es una antología personal publicada por Ediciones Arlequín en 2007. Su obra aparece en más de 20 antologías de cuento en EU, Chile, Uruguay y Argentina. Su obra ha recibido elogiosos comentarios y reconocimientos de la crítica especializada. Premio Jalisco 1998 en Letras. Directora de la Escuela de Escritores SOGEM Guadalajara y Presidenta del PEN Club de Guadalajara, ambos fundados por ella en 1988 y 1994, respectivamente.

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Marco Aurelio Larios

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La búsqueda

Tomó la decisión de dejarlo para que no le pesara a ella el amor sino a él. Cortaba así, de tajo, una relación que había sido intensa: el temor a perderlo era su pálpito de todos los días, un quedarse sin aire por un susto imaginario (¿qué pasaría si él la abandonase?). Mejor decidirse ahora, ella antes que después él.

Duró tiempo en acomodarse a la soledad pues solía besarse con un par de amigos sin que mediara cariño; no sentía nada por ellos ni les prometía nada con hacerlo. Le gustaba sentirse hurgada y mordida por boca de varón pero se hallaba vacía en el silencio de su cuarto. No pensaba en nadie presente, volvía los pensamientos a Salvador y desde allí iniciaba un recuento pormenorizado de dónde lo conoció, cómo atrevió la mano, el olor de su piel, los labios en los suyos, y finalmente él en ella; recordaba sus palabras prometiéndole con pasión: “Ese es tu lugar… siempre, Chava”. Y el recuerdo terminaba por dolerle.

En las mañanas el orgullo la levantaba: “amores así hay muchos, solamente basta con hallarlos”, se decía ante al espejo mientras desesperaba, cepillo en mano, por su pelo grifo. Tenía diecinueve años y la búsqueda apenas comenzaba.

Iba a los parques de la colonia Providencia porque le parecían realmente bellos: lucían su cuidado en las bancas remozadas, el césped podado, los árboles frondosos; las personas de por allí no se inmiscuían con ella propinándole piropos y majaderías como los jóvenes y viejos de su barrio. Al trote, daba varias vueltas en derredor mientras filosofaba sobre la ventura del amor. Como estudiante de psicología le interesaba la inefabilidad del sentimiento amoroso; no bastaban los tantos libros escritos para agotar el tema, menos para encontrar mayor explicación. Últimamente había comenzado a leer poesía pues eran los poetas los que más se acercaban a nombrar esa “deficiencia” del ser humano. “Si empuñamos un instante el cetro del amor, ya creemos vencida para siempre a la otra potestad”, le vinieron a la mente unos versos de Rosario Castellanos y supo que en ello radicaba el engaño de los enamorados. Entonces insuflaba más aire y corría a toda velocidad la última vuelta al parque Rubén Darío.

Por las tardes asistía a la universidad. De un tiempo a acá, había revisado a sus compañeros como posibles contendientes del amor y los eliminó de su posibilidad; tendría que buscar en otros ámbitos de su existencia; tal vez le esperaba un ingeniero o un contador público, un músico o un abogado.

Creía, no sin cursilería innata, en la magia de unos ojos mirándole y ella queriendo anidar en ellos. “Sólo en la mirada que te mira descubres si el amor puede fructificar allí”, afirmaba sabihonda a sus pocas amigas. Pero en lo profundo de sí padecía de tanta mirada lasciva, de tantos ojos bobalicones, de tanto inútil que no sabía mirarle más que las nalgas y los senos. ¡Qué se creen esos idiotas, que somos un par de tetas para su diversión!, pensó en voz alta y tiró con enojo su cuaderno de notas. El profesor de Sexología la vio con enfado: vaya, la neurótica será la futura psicóloga, eh.

Acostumbró escribir frases epigramáticas para condensar en ellas lo que pensaba del amor, sentenciar en pocas palabras su inconmensurabilidad. Fallaba siempre pues nada de lo escrito decía con exactitud lo que nombraba. Gastaba hojas enunciando lo mismo de otro modo, y acababa por caer en cuenta que el lenguaje se afanaba por atrapar la realidad, reducirla a una explicación clara y común, inteligible al mayor número de usuarios de la lengua, sin conseguirlo del todo. En asuntos exteriores, fuera del universo de la vida íntima, la realidad se resolvía con palabras unívocas y valederas para todos; pero al ahondar en lo propio, la inefabilidad y el equívoco menguaban las certezas y acrecentaban las dudas. En todo caso, el mejor epigrama debería partir de la primera experiencia: el amor es una gran duda. Porque eso sentía al recordar a Salvador: ¿debió permanecer con él?, ¿tuvo miedo de no mantener la misma pasión todo el tiempo?, ¿quiso que la defraudación futura no se fincara en su no-lealtad? Escribió en una página limpia: “El amor es el miedo que quisiéramos padecer para contarlo toda la vida”. Y luego en otra: “Constituye la mejor aventura de la existencia, de la que no se salva nadie sino por pura casualidad”. Y se sintió, por un instante, satisfecha de condensar su opinión en tan sabihondas frases.

Muchos meses después, tras el olvido natural de quien había sido con Salvador, fue a un salón de belleza para que le arreglaran la maraña de su largo cabello negro, tres semanas enfadada por la rebeldía de una genética que no la dejaba peinarse uniformemente. Hojeando una de esas revistas frívolas para mujeres encontró un reportaje científico sobre el enamoramiento: mencionaba las alteraciones químicas corporales de quienes se prendían sin remedio de alguien; les inundaban sustancias al besar, morder, abrazar, lamer, tocar, hender y ser hendido por otro cuerpo. El asunto científico era que tales sustancias terminaban por intoxicar al hombre y a la mujer por igual. Ningún cuerpo soportaba esa alucinación química por más de tres meses. Por eso, los grandes enamorados renunciaban a su pasión al cabo de un tiempo límite: más allá estaba morir o matar, bajo una obsesión irreducible. Y pensó en Salvador, en los meses que compartieron la pasión y en su necesidad repentina de huir de él; ella no quiso entonces matar ni morirse a pesar de la disposición de Salvador a hacer cualquier cosa con tal de que el amor los consumiera juntos. Lo lamentable radicaba, según el artículo, en que esto ocurría dos o tres veces en la vida, y ella había gastado ya su primera vez a los dieciocho años con un hombre de treinta. “¿Cuándo gastaré la segunda, y quizá mi última vez, si veinte años todavía son muy pocos?”. Se miró en el espejo grande del salón y lucía peinada, acomodado el cabello. “Todo este cuidado se desvanecerá en la primera lavada… como el amor”. Pagó por la satisfacción de ver una imagen suya adecuada a la idea de ser bella, coqueta, disponible para amar y ser amada, solamente le faltaba un novio, uno a su medida.

Conoció a Armando a los tres años de no ver a Salvador. Estaba el joven con Azucena, una amiga de la preparatoria a quien había citado en el restaurante VIPS de Plaza México. Le dio envidia hallarla tan bien acompañada: alto, delineada su nariz, de grandes manos, aseado e inquieta la mirada. Azucena le devolvió la encuesta que por entonces Rosario hacía “sobre los hábitos sexuales entre los jóvenes de hoy”, datos con que podría redactar en un futuro próximo su tesis de licenciatura.

No era una investigación fácil pues no podía ser abierta y pública —donde habría demasiadas mentiras y fantasías—; confiaría en la sinceridad de las respuestas de algunos amigos y conocidos, lo cual reducía el perfil de la muestra dentro de un gran universo de sujetos posibles. No obstante, se empeñó en que podría conjeturar algunas tendencias y disertar sobre ello a partir de veinte personas encuestadas.

—Te he dicho la verdad, Charito —le dijo cuando entregó la encuesta—. Pero no vayas a juzgarme por ello…

—No te preocupes, todo será confidencial…

—Es que nomás comienzas y no reparas si es bueno, o si está bien hacer eso o no…

… nadie va a saber que fuiste tú.

—…pero a la hora de los hechos una quiere todo, ¿verdad,Armando? —y lo acarició con intimidad.

Rosario intuyó que sobraba en la mesa y se despidió rápido. Volteó a verlo para despedirse cortés y los ojos de él sembraron inquietud en los suyos color miel: fue como escucharle decir a lo que él estaba dispuesto, a lo posible que era; y ella, con la emergencia de la sangre, parpadeando, algo prometió. Armando le dio su tarjeta de presentación, “para cualquier asunto de consultoría fiscal”.

Lo demás fue simple: llamar a su oficina, quedar en algún café de la avenida Chapultepec, ver una película juntos, reír al mismo tiempo, apreciar la luna en el horizonte de la ciudad, gozar de la lluvia de verano cualquier tarde, besarlo con furia en una esquina, pensar en él a todas horas y sentir que de nuevo se enamoraba. ¡Le urgía amar para saber que existía!

—De todos mis encuestados, ¿sabes?, Azucena es la que a sus años más ha experimentado todas las variantes al hacer el amor —le dijo luego de una primera sesión amorosa en un motel por la avenida Alcalde.

—Pues no ha de haber sido conmigo porque en un par de veces no lo intentas todo, ¿verdad?

—Azucena es una zorra… Y me alegro, porque quitarte de ella fue como quitarle un pelo; seguramente andará feliz con alguien.

—Ella no me importa sino tú, Charo —y se le encaramó, enhiesta otra vez su virilidad; Rosario aceptó de nuevo la dulce invasión.

Pero semanas después empezó a sentir que, no obstante la agradable compañía y el enervamiento de ciertas veces, Armando no la sufragaba en lo que ella necesitaba. Su alma volvió a reclamarle al cuerpo: “¿qué buscas, Rosario, si el sexo, en el fondo, no te hace feliz?, ¿estás dispuesta a morir o matar por él?”.

Se interrogó otros días más hasta que le llamó a su oficina para decirle que ya no la buscara, que el amor se le había vuelto nada de la noche a la mañana y le pidió perdón por no ser lo que él esperaba de ella.

Y tuvo pena de sí, de no asir ni ser asidero, inasible que era para el amor. En eso pensaba cuando iba de compras al supermercado, cuando miraba en el aparador unas lindas zapatillas de tacón, cuando ignoraba el programa televisivo y trascendía en pensamiento. Inaccesible en todo caso. Cerrojo sin combinación. Muda explicación de la duda. Cavilaba mientras respondía el examen escrito y el profesor la impelía con sus ojos de mucha prisa, mientras su madre la amonestaba por tantos fines de semana encerrada en su cuarto y sin fiestas ni amigos llamándole por teléfono, mientras consumía la existencia sentada en la banca de un pequeño parque de su colonia Cruz del Sur escribiendo en una libreta sucesos que no le ocurrieron ni le ocurrirían jamás. Escribía, para compensar su escueta realidad, en un diario sorprendente y extraordinario, que alguien la amaba sólo por el énfasis de su ojos al mirar, por la ceja que alzaba al hablar, o por su boca de corazón ofrecido: en un crucero por El Caribe, bajo el encanto de su luna de miel, terminaba enamorándose del camarero que los atendía; en Los Ángeles se dejaba tatuar la Virgen de Guadalupe en el vientre con la promesa de que nadie jamás tocaría su cuerpo; fue la esclava que durmió con Hidalgo, el Padre de la Patria, la noche del día en que abolió la esclavitud en esta ciudad de Guadalajara, antes que los franceses de Nantes y los americanos de Nueva York lo hubieran deseado; llegaba a ser una gran prostituta, más famosa que la legendaria y muy tapatía Rosa Murillo, envidiada y vituperada por santurronas y putonas quienes igualmente iban y venían sin arrepentimiento en el péndulo de la existencia; imaginaba que un escritor se había enamorado de ella perdidamente y no hacía sino escribir historias irreales donde la convertía en protagonista.

Pasó todo un año en esta lánguida efervescencia. Leyó varias veces la poesía de Vicente Aleixandre para detenerse casi siempre en los mismos versos del mismo poema: “Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo; ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo”. Intuía que el poeta, en ese entonces de la escritura poética, se encontraba anegado de toda esa química del amor, de la intoxicación que ponía a prueba la existencia; el alma del hombre y de la mujer se volvían líquidos corporales para penetrar en la sangre, en el músculo, en el tuétano, en la materia gris para cimbrar como un terremoto, como un vendaval, como una explosión, como una tormenta. En el amor, la ciencia no predice, sólo justifica su realidad. No habrá jamás ciencia del amor, acaso arte. “La ciencia nos descubre, el arte nos revela”. Y anotó en su diario que era princesa de un reino indio, del que no pronunciaba su nombre por vergüenza de sí, porque vivía entregada al invasor, al extranjero cruel y asesino de su mismo reino, quien en largas noches le había descubierto que los dioses habitaban dentro de ella. ¡Cómo se consumía entonces! Y supo que mataría o moriría por ello. Arrojó sus palabras de ataque para que murieran los suyos porque ella amaba al extranjero y debía salvarle; históricamente jamás se arrepintió.

Rosario cerró su libreta pensando que en el fondo no podía ser como esa india: ella prefería no amar, no morir ni matar sino sólo transcurrir, devenir sin mayor intención que recorrer su tiempo de vida, ver a la muerte acercarse poco a poco a su cuerpo, rendido ya a la soledad porque ella no quiso amar ni ser amada.

Por ese tiempo comenzó a leer una novela donde la protagonista, joven como ella, se desvanecía por no ser amada, sujeta a una castidad impuesta por la clara impotencia de un esposo paralítico que le otorgaba nobleza y dinero pero nada más. Ella comprendió que esos atributos no hacían feliz a nadie. Dejó de leer la novela sin llegar a su final: no se enteraría que más adelante la protagonista encontraría al hombre que poseyéndola le prodigaría la felicidad, la única que no consigue el éxito ni el dinero y por la que habría que morir o matar, o darlo todo.

A los veintitrés, con los regaños constantes de su tutor por retrasar la redacción de su tesis, iba cada vez menos a la universidad jesuita acaso para encontrarse con alguna ex compañera o consultar la biblioteca. Tras una larga temporada de no tener pareja, de no tocar ni ser tocada, se involucró de manera tonta con el esposo de su amiga Betty, un hombre mayor, de más años que Salvador incluso, un cuarentón pleno. La culpa fue toda suya: lo besó en la boca cortésmente cuando descendía del automóvil luego de que él se había ofrecido a llevarla a medianoche porque su embriaguez era evidente y no podía manejar; tal vez así lo urdió ella para buscar la ocasión.

“¿O no lo desea él también, si cada vez cuando puede se me queda viendo de más?”. La ebriedad no le impidió sentir que de la boca de él manaba una pasión contenida. ¡Pobre, Betty, tan mojigata!, jamás aprendió lo que las monjas en broma decían en la secundaria del Colegio Reforma: “amores sin besos, para qué sirven ésos”.

—Rafael, no. Rafael, no… Búscame mañana… ahora tienes que volver a tiempo —le dijo y corrió a su casa, desconcertada por su atrevimiento. Fue la locura de su vida.

Él pedía que todo fuera discreto y oculto pero Rosario jugó a mostrar las evidencias de su relación:

1) Llegaba a su consultorio de dentista a cualquier hora y exigía verlo inmediatamente en el privado; ella salía satisfecha, enfebrecidos los ojos, acomodándose la cabellera. Y luego él, alisando la bata, abochornado, con pacientes en espera y con la inevitable interrogación de la secretaria.

—Llamó su esposa hace unos instantes y le dije que estaba ocupado. ¿Desea que lo comunique ahora?

—No, no ahora… Al rato yo la llamo… Y no me haga citas el jueves por la tarde porque voy a tener una reunión importante… en la Asociación de Dentistas.

—Tiene la agenda repleta, doctor, para ese día.

—Pues llame a los pacientes y cancele.

—Esa noche, su esposa lo espera en casa de sus suegros…

—Bueno… A esa hora quizás ya esté desocupado.

2) Visitaba con mayor frecuencia a Betty y le contaba del enredo que traía con un hombre casado, de su miedo a quererlo públicamente, de lo terrible que era soportar ser la “otra”.

—¿Por qué lo aceptas, Charito?

—No sé… tal vez porque es muy buen amante en la cama.

—Charito, por Dios, no tienes por qué decirlo así… ¿Acaso el amor debe centrarse en eso para existir?

—¿Acaso no procuras eso con Rafael, Betty?

—No tanto, y es mejor así. No soy una cualquiera como…

—… ¿Como yo?

—Ay, Charito, no te pongas en ese lugar.

3) Lo invitaba a espectáculos públicos en teatros, galerías y bares, a horas en que Rafael debía volver a casa y no podía justificar tardanzas inexplicables por reuniones extraordinarias.

Casi lo amenazaba con su dulce y cándido ruego de que la acompañara. Y él cedía la mayor de las veces, no obstante su miedo a encontrarse con parientes de su esposa y conocidos suyos.

—Doctor, ¡qué sorpresa verlo en el Hard Rock! Nunca pensé que a su edad le gustaran estos ambientes.

—Este… yo tampoco.

—Mi nombre es Angélica. ¿Y el tuyo?

—Me llamo Rosario y soy la sobrina que lo obligó a venir aquí… Mi tío no sabe nada de la vida, más allá del consultorio y las endodoncias.

—¡Qué va! Si fui roquero en mi primera juventud…

—¿En la primera qué…?

—En su primera y, creo, la única juventud… —reía Rosario abiertamente.

Rafael traía siempre un miedo moral antepuesto en su relación con Rosario: la presencia no prevista de su esposa. Cierto, era ardiente pero le daban calambres en algunas posiciones; resollaba desde el inicio del acto amatorio y temblaba al final; se retiraba rápido, inculpándose tal vez; se vestía de prisa viendo el reloj, prometiendo cualquier tontería. Así que ella determinó romper con esa situación a pesar de que los besos de Rafael resultaban ser los mejores en su vida.

Por lo demás, ella nunca fue sino una mera ocasión para él. Betty, intuyese lo que presintiera, lo tenía cogido con todas las ataduras que el amor matrimonial amarra: no sólo existía como esposa en la cama, también se hacía presente en la cocina, el baño, la ropa, la enfermedad, los hijos, los amigos y la familia en común. Rosario, después de todo, era asunto de un par de horas en una semana sí y en otras no.

Sin más remordimientos para nadie, ya que solamente ella se mordía el alma para decidirlo, prefirió sentirse derrotada a dañar del todo a su amiga Betty con una verdad tan relativa pues jamás logró que su Rafael pensase tanto en ella.

—Todo amor, Betty, puede irse a la chingada —corrió a decirle la última vez que la visitó. Y se esfumó de la existencia de ellos.

Durante ese año asistió entonces a una terapia inducida donde fue pintora, poeta, escultora y actriz de teatro. “Soy una psicóloga que necesita irremediablemente de otra psicóloga”, se justificó y no le pareció mala frase; por el contrario, se dijo, convidaba a reputar la profesión.

Vivió en casa de su madre, desempleada, leyendo algunos libros prestados, mirando la televisión abierta con su obcecado punto de vista de hacer interesante lo anodino en programas de concursos, Talk y Reality Shows.

En ese año de vacío amoroso crió los siete gatos que le nacieron a su promiscua gata luego de regresar plácida y mortal a acurrucarse a sus pies, en noches que no mostró culpa por lo hecho con tantos machos.

Salvador ni a recuerdo alcanzaba ya en su memoria. Lo había olvidado como quien sana de un dolor. Más le preocupaba acercarse a los veinticinco años y no tener en claro si deseaba un hijo o no.

Decidió entonces que buscaría un papá para un hijo suyo, amase o no al hombre seminador. Después del todo, Schopenhauer tenía de alguna manera razón sobre la especie humana y la selección natural. Y comenzó a enterarse de los prohombres de esta honorable y leal ciudad: algunos políticos, varios artistas plásticos, tres o cuatro escritores de renombre, muchísimos poetas, arquitectos de vanguardia y moda, diseñadores ocasionales, uno o dos empresarios inaccesibles, algún cantante alternativo del Tianguis Cultural, fotógrafos y periodistas. A todos ellos los estuvo observando, sabiendo quiénes eran los unos y los otros, los tales con los cuales, los vosotros y los nosotros, los aquellos y los aquestos.

La exigencia a su medida. Y prefirió finalmente atrapar a un periodista del diario Público quien entonces se burlaba de los proyectos culturales de los funcionarios del municipio porque creían en la “inteligencia” del arte conceptual; su opinión era ácida y veraz de algún modo.

Rosario se sintió, tras el descreimiento sistemático del periodista por la sociedad y su representación en ideas condensadas, protegida. Estaba ante un hombre seguro de sí y del universo que pisaba; según su prédica, todo círculo tenía aristas y un cuadrado podía ser redondo si se le mirase bien. Cierta de que el desacuerdo con la existencia es una afirmación valiosa, en tiempos que la comunicación masiva unifica vanos criterios comunes, dejó de tomar la píldora anticonceptiva y aceptó el semen de su varón. Quería ser madre ya. Al fin y al cabo, los hombres solamente aportan una célula en la concepción, es la mujer quien fabrica dentro de sí, con su sangre y músculo, una existencia, casi a partir de nada. Por eso las grandes madres, las que consienten en serlo y afirman no necesitar a nadie más para criar, se vuelven universos en sí mismas y habitan la eternidad porque sólo la sangre, la suya, transcurre de un siglo a otro y perdura de un milenio a otro.

Concibió con Daniel una noche de aguerrido placer. Exacerbada por la intención de ser preñada, se manifestó inédita: audaz en la iniciativa, proclive en el deseo, pervertida en la experiencia, gozosa en el disfrute. Lo poseyó con enjundia y arrebato. Y contra su costumbre de recibir de frente lo recibió de espaldas; gritó al acoplarse, dio voces a cada embestida de su hombre; un río manó de sí para lavarse y hacerlo fluir por ella; entonces lo sintió estremecerse, reconvenir en sus entrañas, arrojar su líquido caliente con movimiento de serpiente buscándole la vida; todo fue sentirse extasiada y ausente como cumpliendo un irracional mandato. Poco importó en ese momento si era Daniel, o Salvador, o Rafael, o Armando, quien resoplaba encima de ella; no tuvo noción del tiempo, ni de sí, ni del universo.

Lo demás consistió en prepararse para ser madre. Incluso tomó distancia de Daniel, rechazó verlo seguidamente: un día sí aceptaba acompañarle al cine y comer algún helado, otros más se negaba a contestar el teléfono cuando él la solicitaba. Quería participarle de su ansiedad pero también intuía que él se vería obligado, comprometido más allá de lo que los besos y abrazos pueden atar a alguien. Así que decidió cultivar el amor a su manera, sin exigencias ni necesidades. Cruzó en el calendario los días de retraso de su menstruación y se alegró, al cabo de una veintena de días, de que por ella no sangrara más la existencia. Palpó, en el baño, su vientre con suma delicadeza: no veía hora de mirarlo hinchado, como joroba frontal, anunciándole a propios y extraños su dicha. Entonces se lo comunicó a Daniel, sólo para saber si le acompañaría en esta etapa fundamental de su vida o si, como tantos hombres, emprendería la fuga, a la que no temía pues suyo era entero el deseo de ser madre. Podría, como en los nuevos tiempos del género femenino, ser padre también.

Y se preparó para preguntarle si dentro de todo ese amor y deseo que le prodigaba estaba también el criar con ella un hijo. Daniel era un gran hombre, el mejor quizá de los que había amado, o al menos así le parecía. Su desacuerdo existencial y su irreverencia, plena de ironía, magnificaban el olor de su piel, su complexión física, el carácter de su entrega. Si acaso, la incomodaba su apremio por saber de ella, por lo que hace y piensa. “Si el amor en los hombres es posesión, deben tomarlo todo para sentir que aman”, se dijo para justificar el sutil interrogatorio al que la sometió para indagar lo que había hecho sin él en las últimas semanas.

—Voy a tener un hijo tuyo, Dan… —y sin perderle un solo gesto, oyó su respiración, el despliegue de los labios al abrir la boca, observó el giro de su cabeza y el tocamiento de la barbilla por la mano derecha, su mirada en el horizonte de la plaza comercial y el regreso a ella; descubrió en sus ojos asombro, el desconcierto del hombre joven que duda en ser padre cuando hace poco dejó de ser niño, y no temió a su respuesta:

—Bueno, lo tendremos… si quieres.

Se casaron solamente al civil para no defraudar a la madre de Rosario. Daniel y ella bien hubieran podido vivir en pareja sin el consentimiento de los demás. El amor no es cuestión de firmas en un papel ni una declaración pública en alguna iglesia. El amor resulta de la unión de los cuerpos y las almas en suprema necesidad mutua donde todo puede unirlos y todo, del mismo modo, separarlos.

Ella se dedicó a ser mamá en los siguientes meses mientras Daniel iba y venía de cubrir la nota, hacer el reportaje, la entrevista. La riqueza material era magra pero abundante la felicidad. Noches de amor que se volvieron conversación hasta despuntar el día. Problemas y fracasos fueron resueltos entre abrazos y llantos. Rosario disfrutó su libertad de andar desnuda en el departamento todo el día viendo crecer su vientre milímetro a milímetro. Quemó sus diarios y tiró a la basura cualquier objeto que proviniera de su pasada vida amorosa, tan inconsistente como azarosa. “Verso sin esfuerzo”. Y transcurrió ese año yendo del calor al frío. Guadalajara le parecía la mejor ciudad del mundo para vivir.

Nació Luna, tras un grito de muerte (¿se podrá acaso gritar la muerte?). La llamó así porque la niña, como satélite, giraría para toda la vida dentro de su órbita emocional; porque cuando preguntase cuánto la amaba ella le respondería como medida y cálculo: de aquí hasta la luna, cien veces; además, porque en esta ciudad con tantos nombres de santos entre sus habitantes nadie se atrevería a tal disparate. Daniel fue quien más elogió su elección.

—Si hay Estrellas, por qué no Lunas —y el notario apuntó nombre y apellido sobre el libro de actas de nacimiento.

Rosario quiso entonces detener la existencia para que siguiera por el camino que ella misma había planeado. Pero el Destino o Quien Se Nombre Como Tal, es un ser omnímodo que todo lo vuelca y lo trastoca; no toma rumbo ni predice futuro; inicia donde terminó; alarga, abreva, vuelve, convierte y deforma los deseos y las esperanzas. Un hombre es otro, una mujer es otra, al cabo de los años, en ese Destino. Y eso lo supo Rosario cuando Luna cumplía cinco años y Daniel cada vez hacía todo por no estar en casa; la tocaba lo mínimo a pesar de que ella seguía esbelta, hermosa en su estructura física y joven.

Sintió con rotundidad la ausencia del amor, la que siempre había temido desde que se supo enamorada de Salvador y la que intentó rellenar con todos los hombres que le atrajeron y son ya su historia.

Fue en pos del amor sin remordimientos porque —suponía— no era enteramente suyo el impulso de hacerlo; además la infidelidad se dio dentro de una causalidad irrefutable. Daniel llevaba días hostigándole por su pasado, preguntándole cuántos hombres habían cohabitado con ella, y si había sido más feliz y placentera con ellos que con él; sobre todo la acusaba de seguir frecuentándolos mientras él se iba al periódico a trabajar; nada más faltaba que al volver, al cierre de la edición, a las tres de la mañana, se encontrase a alguien saliendo de su departamento, porque entonces sí, estaba dispuesto a matarla a golpes… Y se lo decía agarrotados los ojos en el frenesí, los puños crispados muy cerca de su rostro… Y ella se preocupaba de que Luna despertase a esas horas de la noche en que la realidad se recrudece y hace mayor su sensación… Negaba todo porque todo, de alguna manera, era mentira; ciertamente Daniel no tenía la sensibilidad erótica de Salvador, ni el porte fino de Armando, ni la seguridad económica de Rafael, pero no significaba que fuera inferior a ellos; nada más era distinto, y la distinción resultaba suficiente para ser único y amable. Sin embargo no podía decírselo así, con tranquilidad, porque la obsesión de él crecía. Sabiendo que no habría palabras para calmarlo, permaneció muda, expectativa, atemorizada de aquel enojo ciego. Y cuando decidió hablar, tras su primera palabra, recibió un fuerte puñetazo en el ojo izquierdo que la desvaneció de inmediato. Consciente, al saberse tirada en el piso, ablandó el cuerpo, suponiendo que, inerme, de esa manera sofocaba la agresión y se protegía. Pasaron algunos minutos casi letales, esperaba cualquier cosa de su furia pues así también era presa que no se defiende del ataque. Luego de un momento de infinita incertidumbre, lo sintió lentamente acurrucarse a su lado, llorando, pidiéndole perdón. Allí supo que ese tipo de amor no querría jamás. Y recobrando su personalidad, no lo dejó entrar más en su cuarto, es decir, no entraría más en su vida.

Por eso se enganchó con un fotógrafo del periódico, amigo ocasional de Daniel, a quien saludó en un punto de abordar el autobús. Acordaron encontrarse al atardecer del siguiente día en una esquina del Parque Revolución, un amplio jardín que, a pesar de contar con su mal prestigio entre los escandalizados ciudadanos por los encuentros gays que allí se suscitaban, asunto que ella no reprobaba pues todos merecían bajo elección una manera de existir; incluso le parecía bonito, propio de esta ciudad. Históricamente era lo que perduraba de las huertas del Convento de las Carmelitas de la Guadalajara colonial. Hoy día casi nada sobrevivía de aquel grande claustro de monjas: una capilla vuelta centro cultural un par de cuadras abajo, con algunas arcadas y galerías; enfrente, tras la avenida central de la ciudad, un templo sólido que ahora servía de culto para las bodas de glamour entre las pudientes clases sociales. De la antigua Penitenciaría del Estado, construida en ese mismo sitio, no quedaba ni un muro que la recordase, acaso el nombre de la calle que diera a su portón. Además, el Parque Revolución le recordaba las tantas tardes en que había esperado a Salvador en sus bancas, en cómo le creció la decisión de pertenecerle entonces y en cómo había imaginado la primera pertenencia; por los besos y abrazos que se dieron mutuamente en aquel tiempo supo de todas las cosas que se harían cuando la intimidad no tuviera testigos. Pero hasta ella misma se sorprendió por la audacia y desvergüenza que mostró en dejar hacerse y hacer sin ningún recato lo que debió sonrojarla por ser primeriza en ello. Tendría entonces dieciocho años cumplidos y Salvador treinta, y el amor resultaba la única emoción que los igualaba… Se sacudió el recuerdo para estar presente ante Javier.

El fotógrafo llegó en un volkswagen viejo, abollada una salpicadera y sin defensas. Era el automóvil de un artista que no pretende las cosas materiales y se empeña sólo en los asuntos que dignifican el espíritu. Ella lo abordó con decisión.

—¿A cuál café iremos? —preguntó por incitar el atrevimiento.

—He pensado que a lo mejor podríamos ir a un lugar más íntimo para platicar.

—¿Por ejemplo?

—No sé… A mi taller de fotografía.

—¿Es también un taller de “plática”?

—No exactamente, pero podría tomarte algunas fotos para justificar tu estancia.

—No traigo el atuendo apropiado para posar…

—Puedes posar como quieras, porque al fin y al cabo estás hermosa siempre…

—¿Y si poso desnuda me respetarás?

—Claro. Yo solamente toco con el obturador.

Pero ella no posó en verdad ni él respetó su desnudez. Rosario hizo que se desnudaba para posar y Javier preparó la cámara para fotografiarla. Luego se miraron el atrevimiento. Ella lucía su piel morena, oscurecida en las partes que el sol le daba todos los días, largo el talle y de hermosas piernas. Javier se desnudó de prisa. Se tiraron sobre una colchoneta de mucho uso, y ella lo recibió plena, sin condón, sin practicar el sexo protegido. Nada sustituía a la sensación de la piel suave, frágil, ardiente, y sin pensar en el bien y el mal sino en su más allá, sólo quiso sentir que era ella y estaba en ella, en sí como lo mismo. Pero se frustró finalmente cuando Javier, luego de insistir por un largo tiempo, no llegaba a las sensaciones que Rosario había llegado y perdido desde hace rato; el placer se le volvió de pronto irritación. Ella supuso que no le provocaba mucha excitación, pues entrar y salir parecía habérsele vuelto un ejercicio, un deporte, un estado de presunción; así que prefirió retirarse. Con asombro, y sin que lo visto la erotizara de alguna manera, observó cómo él terminaba haciéndosela con la mano. Pensó: “Javier es amante de sí pero no de las mujeres con las que se acuesta. Es un pinche egoísta, como cualquier eyaculador precoz”. Y volvió a su departamento, fracasada. No pensó entonces si los líquidos lubricantes de él, libres en los suyos, portarían algún esperma que la embarazase o algún virus que luego le deprimiría sus defensas corporales. Más tarde tuvo enojo porque debió ser precavida en ambos asuntos.

La venganza inconsciente, con su pasión real, la había orillado a ser indefensa. Prometió no recibir jamás a nadie. El resto de su vida lo dedicaría a Luna, su único y verídico amor, por quien podría matar o morir.

En esas noches de desconsuelo, cuando Daniel y ella se encerraban en sus respectivos cuartos, luego de acordada la separación, Rosario comenzaba a reconstruir la historia de los hombres a quienes les había abierto su cuerpo y alma para reaccionar en la vida con ellos. Supo, en el detalle de como se dieron las cosas, que nadie estuvo dispuesto a morir o matar por ella; pero igual había sido su decisión: nadie merecía su muerte o su condena. Y se consoló pensando que el amor en forma de enamoramiento todavía estaba por venir, solamente habría que seguir buscándolo.

Así lo creyó durante meses hasta que un buen día irrumpió de nuevo en su mente Salvador. Se dio cuenta, en el fondo de su ser, de que por él hubiera podido matar o morir. Y deseó con todas sus fuerzas verlo nuevamente. ¿Dónde encontrarlo en esta creciente y multiplicada ciudad? Si el amor sólo tiene un espacio y un tiempo para existir, cómo buscarlo en los sitios que ya no existen, en las horas y los días que ya no son. Se aferró a una certeza vaga e imposible: visitaría con dedicación plazas comerciales y parques públicos, cuyo número es finito en el mapa de la ciudad (aunque la hora y la presencia del encuentro hacen infinitas las posibilidades de la coincidencia). No obstante acostumbró desde entonces ir a todos esos lugares en fines de semana para ver si Salvador aún vivía en esta ciudad. Sobre todo, para saber lo que era más importante: si todavía la amaba para morir o matar por ella. Rosario estaba dispuesta a darse toda, si Salvador decidía lo uno o lo otro, o si lo hacían juntos. Todo sería amarse, al fin y al cabo.

Marco Aurelio Larios

Guadalajara, Jalisco, México, 1959, es doctor en filosofía por la Universidad de Viena, Austria. Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara. Ha sido profesor huésped en la Universidad de Viena, Austria (1991-1994) y en la Universidad de Rennes II, Francia (1997-1998). Ha publicado en revistas y periódicos locales y nacionales. Como escritor obtuvo el Premio Nacional para Primera Novela Juan Rulfo 1998, otorgado por el INBA y el gobierno de Tlaxcala con El cangrejo de Beethoven (Fondo de Cultura Económica, 2002). Es autor del libro de cuentos La música y otras razones para contar (Editorial Universidad de Guadalajara, 1994, 1997, 2000 y 2003) y del divertimento verbal Erato. Ars amatoria en Guadalajara (Arlequín 1998, 2003). En 2007 La Zonámbula publicó su libro La oportunidad y otros relatos. Y se considera Académico de lo Ficticio.

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