El asesinato de Juárez

Cuento

El asesinato de Juárez

Benito recuerda la historia:

—El maestro comenzó el relajo casi desde septiembre. Por eso estaba tan nervioso, y por eso al final se puso como loco.

Repasa los preparativos y las ideas que se le fueron ocurriendo al maestro.

Al principio, sólo un cuadro que representara los hechos de Palacio: los Pelamuerto como soldados —escogidos por su catadura de matones, esculpida en sus nocturnas andanzas de pandilleros—, Conrado en el papel de Juárez, por su facha de miseria e ingenuidad —todos la teníamos, pero él más acentuada—, “el perfecto retrato del prócer”, decía el maestro; y Quico, con el porte de Prieto, se pone sus barbas de algodón y como si estuviéramos viendo la escena tal como ocurrió hace ciento veinte años. El maestro se entusiasmó tanto que, en ese momento de inspiración, se le ocurrió organizar a toda la escuela: cada grupo representaría un cuadro para que el Gobernador pudiera apreciar completa la vida de Juárez.

Para informar a los padres de familia y a la Sección 47 del Sindicato de Maestros de tan encomiables e inéditas actividades (Benito reproduce las palabras del profe) que fomentaban el gusto por la historia y el fervor patrio, el maestro mandó imprimir una hojita (su periódico) que llamó El Reformista, pagada con las cuotas de los burros de quinto y de sexto. A los únicos que no forzó a cooperar fue a los participantes del cuadro.

Y el remate: los ensayos, que se le ocurrieron casi de última hora: “Nuestro grupo”, dice Benito, “no iba a representar un cuadro estático, iba a dramatizar la escena, tal como había ocurrido: los Pelamuerto con sus rifles de aire al hombro, a punto de fusilar a Conrado, y Quico, valientemente, se interpondría y evitaría el magnicidio”.

—Es tan fácil —los animaba el maestro— que hasta los de primero pueden hacerlo. No es necesario ensayar mucho, pero hay que poner mucha atención para que todo salga a la perfección.

—A nadie dejaron entrar a los ensayos —recuerda Benito—, y los que participaban eran tan brutos que nunca se acordaban, o tal vez el maestro, para que la sorpresa fuera más impactante, les exigía silencio. Eso sí, estaban felices porque no tenían la obligación de entrar a clases.

*

El día de la presentación —como siempre, son palabras de Benito— todo salió muy bien. Hasta el día: con un sol tibio, agradable, que nos dejaba correr a gusto por entre los árboles y la gente.

La verdad, estábamos nerviosos. Aunque podíamos presumir ante los curiosos que caminaban por la plaza que nuestros compañeros representarían el mejor cuadro, el maestro no dejaba de molestar: “Ustedes, dejen de jugar”, nos regañaba. “Pónganse derecho el gorro”, les recriminaba a los soldados. Se esmeraba en ajustar la corbata de Juárez. “Déjate la barba en paz”, demandaba exasperado a Guillermo Prieto. Él era el más nervioso de todos.

Yendo de aquí para allá, apenas veíamos lo que habían montado los otros grupos: un pastorcillo con un palo forrado de celofán en la mano y asustado de ver tanta gente y a los borregos que cuidaba. Un muchacho que se pasaba todo el tiempo metido entre libros, a la sombra de un árbol de utilería. Un señor de traje con el dedo levantado como si le hablara a un gran auditorio y con un letrero a sus espaldas que decía “Leyes de Reforma” (aunque ni era muchacho ni era señor, eran de los más viejos de cuarto y de quinto, que encajaban como guante en el papel que representaban).

Y al final nosotros. Cómo no íbamos a ser los mejores: con los Pelamuerto (que se habían bañado y se habían cortado el pelo, aunque al más remolón nada más se lo recogieron con pasadores y se lo metieron abajo de la gorra) vestidos de soldados y con sus rifles resplandecientes; con Quico de traje y barbas de algodón, y Conrado, con los gallos controlados, que ni se parecían a sí mismos. Ahí sí que se lució el maestro.

También éramos los mejores porque cuando llegara el Gobernador se ejecutaría la última ocurrencia del maestro. Sería breve, pero sólo nosotros reproduciríamos los hechos históricos con diálogos y movimientos.

La gente paseaba de un cuadro a otro, expectantes por la llegada, desde la capital, de su Gobernador.

Me detuve frente a mis compañeros, que ya casi estabas listos. El maestro daba, más nervioso que al principio, las últimas indicaciones: “A ver ustedes, los de los rifles, se paran aquí. Tú —el Pelamuerto se rascaba la cabeza porque los pasadores le picaban— vas a ser el capitán. Les das la orden de fuego. Es muy fácil”, y explicaba cómo hacerlo. “Tú te paras aquí —les hablaba a Quico y a Conrado— y tú aquí. Antes de que el capitán diga ‘fuego’ tú te pones enfrente de los rifles y dices tu frase. ¿Te acuerdas?” Quico no se acordaba. El maestro, exageradamente nervioso, sobre todo porque se escuchó el rumor: “Ya llegó el Gobernador”. “Mira —le decía en el colmo de la exasperación— debes decir: ‘Alto, los valientes no asesinan’. ¿No se te olvida?” Y Quico empezaba a asustarse, y a tocarse la barba de algodón, deformándola.

El maestro saca un papel y escribe. Se lo da a Quico y por último pone a todos en su lugar. Sale del cuadro cuando toda la gente se arremolina y hace valla al Gobernador. “Empiecen”, murmura el maestro para que lo escuchen los del cuadro. El Pelamuerto levanta la mano y grita, en su papel de capitán del pelotón: “Preparen, apunten…” Quico pelea con su barba de algodón y no encuentra el papel, que se metió en una de las nueve bolsas del saco o del pantalón. Conrado mira primero a los soldados y después a Quico, que todavía no recita la frase salvadora.

El Pelamuerto grita “fuego” antes que Quico recuerde que debe decir “alto” y los soldados, fusil al hombro, lanzan su descarga de aire. Conrado cae al pasto cuando el Gobernador pasa rápido, se detiene un momento y sigue caminando hacia Palacio, entre aplausos que espantan a las palomas. Mientras el Gobernador continúa sin detenerse, la gente ríe a sus espaldas, viendo el cuadro: Juárez muerto en el pasto, el Capitán satisfecho por su obra consumada y el resto de los soldados recargando su rifle, por si hay que dar el tiro de gracia. Guillermo Prieto por fin encuentra el papel, y con la barba pegada a la camisa, concluye tartamudeando: “Los valientes no asesinan”. El maestro grita y casi llora. Los de sexto aplaudimos porque la gente, que empieza a retirarse, está divertida, riendo a carcajadas.

Entonces —éramos unos escuincles— ni yo, ni Conrado, ni Quico ni los Pelamuerto entendimos por qué esa actitud del maestro, si todos se divirtieron y el Gobernador pasó justo en el momento en que dispararon los soldados.

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Después del amor y al fin del partido

Cuento

Después del amor y al fin del partido
Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que
todos sentimos después del amor y al fin del partido
Eduardo Galeano

Mi interés por esta historia nació del aburrimiento. Llegué a la recepción del periódico y, tras leer las órdenes del jefe de sección (el Maistro Cis, un infumable que vivía de sus glorias pasadas, cronista de hechos en los que hacía creer que había sido el héroe, sucesos en los que ni siquiera había participado) consideré por enésima vez que me hallaba en el lugar y en el momento equivocados: “Cubrir entrenamiento de las Chivas. Entrevistas con los jugadores sobre su perspectiva del clásico contra el América. Rueda de prensa en el Club Santo Toribio Descalzo sobre la carrera en beneficio de los niños en situación de calle. Cubrir sus fuentes”. Un año y cinco meses con la misma rutina. Y llevaba la cuenta exacta no porque me entusiasmara el trabajo, sino porque al ingresar al periódico conocí a Amelia, y casi desde los primeros días iniciamos una relación que hasta el momento no ha hecho más que subir de intensidad. Pero esta no es mi historia y la de Amelia, perdón por el exabrupto.

Pregunté si había correspondencia o algún pendiente, y en lo que el de recepción trajinaba en su pleito de perros llegó el Ojos, fotógrafo de la sección y camarógrafo en los días de partido.

—Quiubas mi Willy, ¿ya se va al club? Véngase, ándele, ya nos está esperando el choferoz.

—No hay nada —me dijo el recepcionista. Le di las gracias y me fui tras el Ojos, que ya se encaminaba al estacionamiento del periódico.

—Por qué la urgencia —lo interrogué mientras me adaptaba a su trotecillo de perro neurótico.

—Porque yo sí chambeo… No que usted, la tiene refácil: puede llegar al final, agarrarse a dos o tres pelados, hacerles una pregunta pendeja y ya tiene su nota… Yo no: lo mío es arte. Tengo que estar desde el principio, atento a todo, esperando el momento justo para capturar lo que esculpe la luz, para eternizar el momento…

—¿Escupe la luz, dijo? No sea mamón, mi Ojos, de cuál fumó ahora o con quién quiere quedar bien —me burlé, aunque debo reconocer que de los mediocres (por no decir malitos o pésimos) fotógrafos de los medios locales él era el mejor y más de alguna de sus instantáneas tenía una calidad más que notable.

Ya nos aguardaba el vehículo e inmediatamente nos fuimos al club. Continuamos el diálogo con las bromas que solíamos gastarnos y en algún momento el Ojos recordó una conversación incidental y me dijo:

—Oiga mi Willy, usted que aspira al Nobel, le tengo una historia que le puede interesar. Un compa del barrio se le va a lanzar a su novia en el clásico; bueno, más bien le va a pedir matrimonio. Me pidió que lo transmitiera en cadena nacional…

—¿Y lo va a transmitir? ¿Es usted la madre Teresa o la doctora Corazón? Ni lo van a dejar andar de buena gente con sus compas ni ser el Cupido de la lente.

—Oh pinche Willy, usted siempre de aguafiestas. Quién se va a enterar, a menos que usted vaya de chiva. Lo voy a pasar como el color del partido y nadie me la va a hacer de tos. Pero qué, le interesa la historia o no.

—La neta es algo muy visto. Y le apuesto que el pobre pendejo se le lanza y ella le da calabazas.

—Qué le digo que con usted pura negatividad… Nel, yo los conozco de toda la vida y son de esos tortolitos que se creen aquello de que hasta que la muerte los separe.

—No, pues qué cursi. Y para qué quiero la historia si ni me la van a publicar. Ya ve al Maistro Cis, cualquier frase que no sea ramplona, o un lugar común del periodismo, le da patrás.

—¿Pues no que estaba escribiendo un libro de cuentos? Total, no escriba nada, y yo no le vuelvo a regalar historias, quién me manda andar de ofrecido.

—No sea chillón… Se le agradecen sus buenas intenciones y hay luego me presenta a su compa y a su futura para echar una platicada.

—No, ya no… primero anda de fruncidito y ahora dijo mi mamá que siempre sí.

Y así seguimos de cábulas hasta llegar al club y cada uno se dedicó a sus menesteres.

Nos volvimos a ver hasta el día del partido, yo resignado a soplarme noventa minutos de la mediocre exhibición a la que nos tiene acostumbrados nuestro pervertido futbol nacional, él firme en su puesto en mitad de la cancha, hacia la zona oriente.

—Quiubas mi Ojos, ¿qué dieciséis la vida? ¿Ya tiene ubicados a sus tortolitos?

—Pues claro, yo soy un profesional, no un improvisado como otros.

Y me hizo una señal mostrándome a los aficionados a los que en ese momento achicharraba el sol. Por supuesto que en el mar de fanáticos que se arremolinaban en el centro de las gradas no los distinguí. Hice un gesto vago y me despedí, a ocupar mi lugar como diligente cronista de las glorias de nuestro balompié nacional.

El partido transcurrió sin mayor cosa qué reseñar, salvo las metidas de pata de estos profesionales de alto rendimiento, con un salario que ni en sueños podría ver en mi noble trabajo de informar, el infumable cero a cero y la trifulca que se armó al final por una pifia arbitral.

Platiqué tras el último pitazo con el entrenador y con algunos de los jugadores. Me fui al periódico a aporrear las teclas y terminé la jornada con Amelia. En ningún momento me pasó por la cabeza la historia del compadre del Ojos.

El lunes por la mañana, al pasar a recoger mis asignaciones, no me encontré a nadie, y fue hasta la noche, cuando regresé al periódico a redactar mis notas que me enteré del suceso. El Ojos presidía un corrillo en el que escuché, conforme fui acercándome:

—Pues claro que está agüitado —decía en el tono doctoral de quien explica lo evidente—. Imagínense, hacer el oso ante millones de aficionados. Y yo también me siento mal… como que yo fui el que lo exhibió. Es más —dijo cambiando de semblante y de tono y señalándome con dedo flamígero al darse cuenta que me integraba al grupo—: el responsable es este, ave de mal agüero, que en cuanto se lo conté echó la sal y dijo que ella le iba a dar calabazas.

Me agarró en fuera de lugar y lo único que atiné a balbucir fue un obvio “de qué habla, mi Ojos”. Me pusieron al tanto. Durante el medio tiempo, el Ojos había enfocado a su vecino y a su novia, y en cadena nacional se vio el movimiento, entre los gritos y los chiflidos de la muchedumbre, del pobre diablo mostrando el anillo y el gesto de contrariedad de ella antes de salir de la toma.

Siguió un diálogo animado en el que cada uno apostillaba con filosóficas frases del sentido común, sin faltar los inevitables chistes de ocasión.

Al poco rato inició el noticiero de la noche, y cuando llegaron a la crónica del clásico inevitablemente pasaron las imágenes que eran la comidilla del momento, sobre todo porque se trataba del conocido de un conocido, y se notaba a leguas que había afectado al Ojos.

En el centro de la toma, entre fanáticos que gritaban, que levantaban y agitaban los brazos y se ahogaban en enormes vasos de cerveza, un fulano insignificante sacaba de su bolsillo un objeto, en un gesto ceremonial, lo acercaba a una mujer atenta a lo que ocurría en la cancha, lo abría con la otra mano (era obvio que se trataba de un estuche) y ella por fin prestaba atención, se daba cuenta de qué iba el asunto, negaba en un movimiento apenas perceptible y se abría paso entre los aficionados, dejando al pobre sin saber cómo reaccionar. Corte a comerciales.

El Ojos me platicó después que por la noche, al llegar al barrio, se enteró que la pareja, cada uno por su lado, se habían encerrada a piedra y lodo, y ni los más íntimos habían podido hablar con ellos, o por lo menos no soltaban prenda. Yo le pedí que me mantuviera al tanto, y que en cuanto hubiera oportunidad me los apalabrara para entrevistarlos. A esas alturas las bromas ya se habían agotado, y se comprometió a contarme cualquier novedad.

Comenzamos la semana y todo transcurría a su ritmo normal. Hacia el miércoles me contó que a ella se la había encontrado en algún momento de manera incidental, y se saludaron como siempre y que no había visto en ella nada fuera de lo común; él seguía atrincherado en su depresión, suponía. Pero el viernes lo vi con los ojos más saltones que de costumbre. Inmediatamente me abordó y me contó lo que ya toda la redacción sabía.

—¿Qué cree, mi Willy? Pues ándele que la fulana se peló. Ya traía, muy calladito, su asunto desde sabe cuándo. Que por la mañana llegó por ella un bato en un auto de lujo… mi jefa vio cuando treparon sus maletas, cuando se subió al carro y desaparecieron. Entre que mi jefa habló con la de ella y los chismes y las conjeturas de las vecinas, al parecer era un compañero de trabajo.

—¿Y entonces le hacía de chivo los tamales a su compadre?

—Ahora que lo pienso como que me doy cuenta que en esa relación había algo raro…

—¿Pues no me dijo el otro día que eran de esos de que hasta que la muerte los separe?

—Pues le he estado dando muchas vueltas al asunto y como que descubro cosas que antes no tomaba en cuenta. Su relación era anormal, pero como así son todas las del barrio, no nos parecía extraño. Desde que iban a la primaria siempre andaban juntos; en la secundaria se hicieron novios y, como todo el mundo, se peleaban, se separaban, volvían… Y así hasta que la muerte los separe, pensábamos todos. Yo platicaba más con él, y me contaba un poco de sus cosas; siempre que se separaban a él le afectaba mucho, era de pasarse borracho un día sí y otro también, de platicar sus penas a los compas, de gritar que ella era el amor de su vida y que sin ella no podía vivir y cursilerías por el estilo, como dirían algunos amargados que yo conozco… y ella, por compasión o por amor o yo creo más bien que por costumbre, regresaba con él. Pero no crea, mi Willy, ahora que lo pienso me acuerdo que ella tuvo más de una movida. Mi compa siempre ha sido fiel, nada más con ella, pero a ella yo le conocí dos o tres galanes en los ratos en que se separaban. La neta no creo que haya sido tan agradable andar con él, porque aparte de ser medio depre era encajoso y violento; incluso le echó bronca a uno de esos galanes cuando se enteró.

Y siguió contándome santo y seña de la relación, y en un paréntesis le pregunté sobre la posibilidad de entrevistarlo, y respondió que no lo había visto, pero que en cuanto hubiera algo me avisaba.

Pasó el fin de semana sin novedad, y hasta el martes se me acercó el Ojos para decirme que acababa de hablar con su compa, que todavía estaba agüitado pero que como que la iba librando; le mencionó mi interés por entrevistarlo, y aunque al principio se hizo el remolón, lo convenció con el argumento de que le haría bien desahogarse. Aceptó verme al siguiente día por la tarde.

Pero cuando llegué en la mañana a recoger mis asignaciones me di cuenta que el Maistro Cis me enviaba a Ciudad Guzmán a cubrir un encuentro nacional de jaripeo. Contacté al Ojos y le pedí que me disculpara con su compa y le pidiera otra fecha para vernos. En el transcurso de la tarde me mandó un mensaje y dijo que nos veríamos el sábado al mediodía. Lo agendé y me olvidé del asunto.

El sábado me levanté tarde (Amelia y yo nos habíamos ido de juerga y mi cuerpo aún resentía los estragos de la desvelada) y en cuanto revisé los pendientes me di cuenta que apenas tenía tiempo de llegar a la entrevista. Llamé al periódico por si había algún evento, pero hasta la tarde tenía un partido de beisbol. Llegué a la Consti (el barrio del Ojos) a la hora, y al irme acercando al domicilio que me había indicado, me sorprendió ver un vehículo del periódico. De la casa iban saliendo el Ojos y el Pollo, el reportero de la nota roja.

—¿Y usté qué hace por acá, mi Willy? ¿Viene a bajarme la chamba o qué? Usté es de deportes, así que úchala, zapatero a tus zapatos.

El Ojos se veía más desencajado que el día que transmitieron el desplante de su compa.

—Lo siento, mi Willy —me dijo al borde del llanto—, aquí ya no hay historia, llegamos tarde a la entrevista.

A su compa lo hallaron ahorcado en el baño. Me quedé sin palabras. Todos regresamos en silencio al periódico. Me vino a la memoria una frase de Eduardo Galeano, de su libro El futbol a sol y sombra. Sin duda, esto es lo que queda después del amor y al fin del partido.

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Por un six

Cuento

Por un six

Me contó que el sábado al mediodía recibió un mensaje del Orejas. Le desea feliz cumpleaños (que había sido el viernes) y que él y el Chivo están puestísimos para festejar su mono. Nomás acabo un bisne y nos vemos, contestó. Los papás del Chivo habían salido, así que su casa, cerca del Parque de la Solidaridad, estaba disponible.

Comenzó el huateque como a las cinco. A la una de la mañana se les acabó el alcohol. Ya se habían emborrachado y se la habían bajado con un perico, así que estaban sedientos. Vamos por un six, propuso. No podía terminar su cumpleaños apañado por la ley seca, me dijo después. Además, tenía que regresar a su casa porque sus papás le habían organizado una fiesta para ese día, es decir, el domingo; quería llegar un rato a descansar y estar listo para la tarde, a la hora que llegaban los compadres y los demás gorrones.

Salieron por el six en la moto del Orejas, y cuando llegaron al Oxxo se dieron cuenta que ninguno llevaba dinero. Se les hizo fácil tomar las cervezas, trepar a la moto y salir disparados. Iban riendo la gracia cuando a las dos cuadras los detuvo una patrulla.

Los detuvieron. Lo que pasó después le resulta confuso. Solo vuelve a tener imágenes claras cuando está como en un sótano, esposado con las manos en alto, prácticamente colgando de unos tubos del techo; casi tenía que estar parado de puntas, a los pocos minutos ya no aguantaba. Estuvo solo no sabe cuánto tiempo; había poca luz y no se veían puertas ni ventanas. Desde donde estaba, y en su posición, solo veía una parte del sótano.

Luego trajeron a otro. Se parecía al Orejas, me dijo, y se refería a su estatura, pero más calote (fornido), orejón y de grandes narices. Estaba loco. Desde el principio no paró de gritar. Mentaba madres y decía que se las iba a partir a todos. A él le dio todavía más miedo. Trató de irse a un rincón, alejarse lo más posible. El Loco se dio cuenta y comenzó a insultarlo. Empezó a tirarle patadas. Por suerte la distancia que los separaba era mayor que el largo de sus piernas. Al otro le dio más coraje. Comenzó a sacudirse, tratando inútilmente de zafarse de las esposas. El sótano se llenó con el estridente ruido metálico de los eslabones y los tubos, los gritos del Loco. Comenzó a llorar, me dijo, no se pudo aguantar (aun ahora que me lo cuenta, que lo evoca, no puede evitar que sus ojos se aneguen).

El Loco seguía sacudiéndose, y colgándose de los tubos empezó a acercársele. Por fin la primera patada hizo blanco. Apenas le rozó el costado derecho, pero le ardió como si le hubieran arrancado la piel. Siguió gritando y tirando patadas al aire. Tuvo que hacer una pausa para tomar aire. Los poros de la nariz se contraían y se ensanchaban. Echaba espuma por la boca. Parecía que las orejas aleteaban. No paraba de gritar entre estertores. Luego, un silencio, apenas se oía la respiración entrecortada del Loco y sus sollozos y sus esfuerzos inútiles por escapar. El dolor en las muñecas era insoportable. Un silencio que parecía un presagio funesto, porque al poco rato estallaron de nuevo los ruidos metálicos y los gritos. El Loco avanzó un poco más. Quiso evitarlo pero reaccionó tarde. La patada lo alcanzó de lleno. Por la boca expulsó de golpe todo el aire, y creyó que se le iban también las entrañas. La vista se le nubló y el dolor de la siguiente andanada se recrudeció después, cuando estaba en su celda, con todo el cuerpo molido y lleno de moretones. Perdió otra vez la noción del tiempo. Su cabeza era una confusión de ruidos, como si en ese instante se hubiera concentrado todo lo que había entrado por sus orejas en las últimas horas. Volvió a tener noción de la realidad cuando el Loco, por quién sabe qué acrobacias de la violencia y el deseo insano de dañar, se había acercado lo suficiente para pasarle las piernas sobre los hombros. Le apretaba el cuello entre los muslos y él sentía que el aire y la vida se le iban. No aguantaba las manos. Parecía que agujas y el filo de mil puñales le cortaban cada milímetro de la piel. Ahora no era nada más su peso, sino también el del otro que parecían lanzarlo a un abismo en el que cada parte de su cuerpo era víctima de un dolor insoportable.

A sus espaldas, como entre la neblina de la inconsciencia, escuchó un golpe sordo (una puerta que se abre) y lo que le parecieron unas voces alegres. Habían entrado al sótano un par de policías que al captar la situación, en lugar de tratar de ayudarlo se burlaban de él y se reían a sus costillas. Por fin, cuando pensaba que ya no resistiría alejaron al Loco, no sin un gran esfuerzo y tras propinarle sus buenos macanazos.

Se lo llevaron a una celda y ahí lo tuvieron hasta que medio se borraron las marcas de los moretones y el escozor de sus muñecas. El Orejas y el Chivo salieron pronto, y no sufrieron nada de lo que él padeció. La única ocasión que se vieron le pidieron que se echara la culpa de todo; argumentaban que como el día de su detención todavía era menor de edad, lo soltarían pronto, y si los culpaban a ellos, mayores, los mandarían a la penal. Sí, es un imbécil, aceptó.

Evocaba con dolor esos días negros, lloraba en silencio. Desde la primera vez que nos vimos después de que salió, no se cansaba de prometerme que se iba a regenerar, pero cuando fue a despedirse del Orejas y del Chivo (a pesar de todas las que le hicieron) los de la Soli les echaron bronca y se armó gruesa, hasta hubo muertos. Todavía está prófugo. Hace un año que no lo veo y que no tengo noticias suyas. No creo que vaya a cumplir su promesa.

Este cuento se publicó en el número 6 (año 1) de la revista Engarce y en el 14 de www.agora127.com.

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I can’t get no

Cuento

I can´t get no

Alex era fanático de los Rolling Stones. Sara odiaba esa parte oscura de su personalidad, y otras más, pero se lo callaba. El odio le venía desde el noviazgo, y se recrudeció cuando gastó todo el reparto de utilidades en el equipo de sonido (el año de la reforma fiscal, cuando el contador de la empresa no pudo hacer los ajustes para darnos nada más dos semanas de sueldo, como hacía nuestro tacaño patrón desde el origen de los tiempos), reparto que equivalía a lo que habíamos recibido en los últimos cinco años. Para esos tiempos, una fortuna, por lo que nuestra existencia, que giraba en torno al trabajo y al salario de hambre que ganábamos, se dividía en antes y después del aguinaldo.

Alex, por supuesto, nada sabía de ese odio (ni de los otros). Solo notaba su cambio de humor, su gesto hosco y la búsqueda de cualquier pretexto para huir de la casa. Él también se ponía de malas, pero luego de despotricar contra lo complicadas que son las mujeres ajustaba su cerebro a otras frecuencias y comenzaba, a todo volumen, su selección de los Rolling. A veces nos invitaba y, si podíamos, nos echábamos juntos unos alipuses. Antes de nuestro arribo, se servía su güisquito y ya no escuchaba los remilgos ni las quejas de Sara, y al final ni siquiera se enteraba de si se había ido con Ana, su confidente y mejor amiga desde la secundaria, con su madre o quién sabe si con algún considerado compañero de trabajo, especializado en consolar a mujeres incomprendidas. Con los acordes de Waiting on a friend imaginaba recursos para alejar la soledad (aquí entrábamos Mané y yo), y al suave ritmo de Angie fantaseaba con el amor perfecto.

Porque eso había imaginado al principio de la relación: que la vida le había entregado el amor perfecto. Pero desde las primeras semanas de matrimonio el sueño se desmoronó. Dejaron de compartir los momentos y los espacios que antes los entusiasmaban como pareja y primero con amabilidad e incluso con un dejo de remordimiento comenzaron a vagar cada uno por su lado, aunque no pasó mucho tiempo sin que las molestias y las incomodidades por los deseos del otro se convirtieran en una carga onerosa que se entrometía en los anhelos e intereses individuales.

Y sin darse cuenta, sus vidas fueron tomando rumbos opuestos. No solo la música y los espacios y los momentos que ya no compartían, sino esas pequeñas cosas que nos hacen amar la vida y a los otros. La comida mala y a destiempo, las promesas incumplidas de salidas al cine, a un buen restaurante e incluso a caminar, el chantaje y las mentiras por el dinero… La cortesía y el interés por el otro de repente se transformaron en gestos de contrariedad que sin mucha transición evolucionaron a enojos apenas reprimidos, a palabras duras e, inevitablemente, a gritos e insultos que los dejaron en la frontera de la violencia.

Y precisamente en el momento en que se asomaron a ese abismo oscuro e irracional, en que sus cuerpos a punto estuvieron de ser ultrajados, un destello repentino les mostró la amarga realidad de su relación. Evocaron entonces el instante único en que sus almas se conectaron. Se arrepintieron del punto hasta el que los había llevado su egoísmo, y derramando palabras de perdón cayeron en los brazos del otro. Fue una reconciliación momentánea que, algunos meses después, reconocerían como el peor de sus errores.

Porque esa noche, en el ardor de la pasión que buscaba resucitar sensaciones que hacía mucho los habían abandonado, engendraron a Alejandra. Este acto les daría un respiro y una justificación amarga para no separarse, aunque poco a poco irían convirtiéndose en extraños. En algún momento nos contó que le dedicó, con resultados desastrosos, Can’t you hear me knocking; lo imaginaba (y después supe que Mané albergaba en su mente la misma imagen patética del desconsuelo) cantando a voz en grito el estribillo “help me baby, ain’t no stranger” mientras ella, arrepentida como tantas veces de compartir el mismo techo con ese loco y preguntándose por qué soportaba aquello, preparaba a toda prisa la pañalera de Ale y se largaba con su madre dando un portazo que él no escuchaba porque ahora, olvidando el rato amargo con el bálsamo de la música, a todo volumen coreaba Start me up.

Alex nunca se detenía a meditar sobre estas cuestiones. Es más, me atrevo a creer que ni siquiera era consciente de su situación. Simplemente renegaba del matrimonio, de las mujeres y de los hijos. Seguía su vida y sus responsabilidades laborales por inercia y se refugiaba en su colección de los Stones y en el güisqui. Mané y yo filosofábamos al respecto observando su relación con Sara a distancia, escuchando en ocasiones confesiones fragmentadas que él vomitaba a trompicones cuando el nivel de alcohol en la sangre embotaba su entendimiento y diluía sus emociones.

Los dos eran nuestros compañeros de trabajo. Mané lidiaba con él todos los días, porque ambos eran los responsables del área de sistemas de la empresa, y yo los frecuentaba porque debía hallarle la cuadratura a un cacharro electrónico que ellos debían alimentar continuamente con códigos ilegibles (para mí). Sara era un poco mi vecina, secretaria del jefe de mi jefe, así que todos los días por lo menos intercambiábamos saludos. Ella era menos hosca que Alex, amable pero impermeable a la intimidad con los compañeros de trabajo, yo incluido. A veces me daba la impresión de que también albergaba cierto odio por mi simpática personalidad, consciente de mi complicidad etílica con Alex.

Ana trabajaba en el mismo departamento, y fue por ella que pude conocer otros detalles de la historia, que me contaba mientras aguardábamos el sueño luego de alguna noche de intensa pasión, cuando nos escapábamos a mi departamento, y poco antes de que ella negara y renegara de esos años que con tanta intensidad conservo en mi memoria.

Alex andaba como a la deriva. Cuando los conocí, a él y a Mané, su amistad era antigua (fueron compañeros desde la secundaria, me parece). De alguna manera, me platicó Mané, don Neto, hermano mayor de Alex, se lo había encargado. Ambos estudiaron la carrera de informática, a donde Alex entró solo para hacer rabiar a la familia, rompiendo la tradición generacional de abogados. Don Neto, gracias a sus contactos, sus transas y su falta de escrúpulos, había llegado a los altos niveles del sindicalismo oficial, y velaba celosamente por los intereses familiares. Pero Alex no se dejaba ayudar. A Mané le impresionó la entrevista con don Neto (me lo topé en una ocasión en una reunión sindical, cuando lo enviaron para calmar las aguas de un conato de huelga en la empresa; con sus ademanes enérgicos y su gesto adusto era imponente), quien lo increpó la primera vez que lo llevó a su casa borracho como una cuba. Alex acababa de perder su enésimo empleo, y Mané, por apoyarlo, también había sido despedido. Luego de acomodarlo en su recámara, don Neto retuvo a Mané y le expuso la situación: desde pequeño, el benjamín de la familia (Alex) había sido un rebelde. Él (don Neto) siempre había procurado estar al pendiente, pero ahora se hallaba ahogado de responsabilidades y no disponía de tiempo para continuar de chaperón (no fue el término que utilizó, por supuesto), así que él (Mané) le haría un gran favor a la familia si se ocupaba del asunto, a fin de cuentas llevaban tantos años como amigos. Mané lo consideró como un ofrecimiento que no podía rechazar y se volvieron más unidos. Tuvieron la oportunidad de acomodarse en una buena empresa, pero Alex, siempre a contracorriente de las decisiones de don Neto, eligió el trabajo más ignominioso y en donde el patrón era más pichicatero, y más porque sabía que era con el que más problemas tenía el sindicato, y por lo tanto su hermano (problemas de intereses, desde luego, no laborales, pues cuando quisimos promover la huelga llegaron primero a convencernos de que desistiéramos de nuestros propósitos, para pasar después a la coacción y a la intimidación). Mané conoció algunos detalles de la vida de Alex que le permitieron entender y justificar parte de su comportamiento caprichoso e irracional. Don Neto era impositivo y controlador, irascible e impaciente, difícil de soportar. Le enumeró todos los defectos de Alex (el peor, ser fanático de los Rolling Stones, en una familia conservadora en donde la canción más acelerada que se escuchaba era El mariachi loco) y gran parte de sus desplantes desde la infancia.

Algún tiempo después de esta entrevista fue que nos conocimos. Y fue en esta época también cuando Ana y Sara comenzaron a trabajar con nosotros. Como dije, Sara y Alex llevaban muchos años juntos, y este fue el colofón de su largo noviazgo; a los pocos meses se casaron, estableciendo una relación que a los ojos de la mayoría resultaba ejemplar, pues derrochaban amabilidad y cortesía con todo el mundo, y nunca los vio nadie discutir ni expresarse uno al otro siquiera una muestra de contrariedad. Solamente quienes conocíamos la relación en su intimidad vislumbrábamos su desenlace; para todos los demás resultó una triste y fatal sorpresa.

Su comportamiento de las últimas semanas fue la señal de alerta que muy pocos vimos. Exactamente un mes antes, a finales de noviembre, Mané tuvo que ir por él al departamento que conservaba desde sus años de soltero, en donde se refugiaba cuando los pleitos con Sara alcanzaban un nivel insoportable. El patrón le había exigido, por quedar bien con Don Neto, que se encargara de que Alex no siguiera acumulando faltas, pues de nuevo peligraba su estabilidad laboral. Lo encontró a media mañana, durmiendo la borrachera de la víspera. Estaba la puerta de la entrada abierta, me contó después, y a la vista el desorden habitual: botellas y vasos por todos lados, ceniceros desbordantes, algunos de sus compañeros de parranda echados aquí y allá, incluso sobre la alfombra, semidesnudos y hundidos en un mar de suciedad y caos que revelaba hasta qué punto Alex se encaminaba al precipicio. El equipo de sonido, programado para reproducirse al infinito, tocaba a todo volumen Tattoo you, el disco favorito de Alex. Mané se preguntaba cómo esta punta de gorrones podían dormir la mona tan campantes; en cuanto a los vecinos, la mayoría cojeaba del mismo pie, y en el edificio eran frecuentes las fiestas estridentes y los escándalos. Apagó el estéreo y empezó a correr a los que comenzaron a dar señales de vida. Encontró a Alex en la habitación del fondo, y aunque con mucha dificultad le hizo comprender la situación. Tuvo que esperarlo a que se tomara algo para la cruda, a que se bañara y estuviera presentable.

A los pocos días nos reunimos los tres. En el ambiente ya se respiraban aires decembrinos. Alex estuvo más melancólico que de costumbre. Nunca lo había escuchado hablar con tanta amargura de su fallida relación con Sara, lamentarse por el error de haber engendrado a la pequeña Ale, despotricar con encono tan intenso contra su familia, en particular contra sus padres y Don Neto. No encajo con esos hipócritas, se lamentaba, estúpidos de doble moral, amantes de las apariencias, burgueses de pacotilla que creen tener una vida perfecta. Esa velada (la última que compartimos juntos) la selección de los Rolling no incluyó ninguna canción jacarandosa.

El 24 de diciembre puedo reconstruirlo por conjeturas a partir de información de Mané, quien compartió con Alex su última jornada laboral; por testimonios de Ana, que no se separó de Sara y algo pescó de las frases sueltas e incoherentes que sus remordimientos le hacían lanzar entre sollozos y muestras de rencor.

Lo imagino levantándose tarde, indiferente a su entorno y su futuro, harto de los afanes inútiles en los que desgastaban su tiempo su suegra y su madre, esforzándose por tener la velada navideña perfecta; considerando, no ya con odio, sino con un cinismo irremediable, los arreglos en lo oscurito de Don Neto para las próximas elecciones sindicales; recreando en su mente, en fin, la imagen de cada uno de los que conformábamos su universo, todos vistos como un hato de egoístas incapaces de comprender lo que ocurría más allá de nuestras narices.

Y mientras Sara se preparaba para irse con su madre, donde se verían a la hora de la comida para cumplir el ritual de cada año, él comenzaba con su selección especial de los Rolling Stones y se preparaba el primer güisqui del día. Cuando su mujer, con Ale en brazos, cerró la puerta de la calle, se sintió feliz, sin duda, sabiéndose solo y completamente libre de toda atadura.

Sara llegó a casa de su madre, y mientras la ayudaba en la cocina se quejó, como todos los días, de la indiferencia de Alex, de sus desatenciones, de las discusiones violentas, de la imposibilidad de seguir adelante con la relación. Ana me contó que durante el velorio el remordimiento más insistente la llevaba a lamentar que ese mediodía, por primera vez consideró, por recomendación de su madre, el divorcio como única alternativa para retomar su vida y procurarse una felicidad que desde hacía muchos años consideraba como un sueño remoto.

Abrumada, Sara se retiró a su vieja habitación con Ale, y durante un tiempo en que se abstrajo por completo de su entorno, meditó y maduró la idea del divorcio. Solo encontró argumentos para dar ese paso. Se reconectó con el mundo hasta que unos golpes y la voz de su madre le indicaron que era hora de la comida. Al bajar al comedor notó un ambiente extraño en la mesa. ¿Su madre habría mencionado la posibilidad de su separación? Pero no: en cuanto ocupó su lugar cayó en la cuenta: ¿Y Alex? A estas horas ya debería estar aquí. Sin embargo, no era un retraso tan grave, en cualquier momento llegaría. Comió con desgano, aunque la distrajeron las bromas, los pleitos y la cháchara que era el pan que aderezaba y complementaba estas reuniones cada año. Hacia la tarde, el retraso de Alex comenzó a preocuparla. Su madre trataba de tranquilizarla diciéndole que, de seguro, andaría emborrachándose con los baquetones de sus amigos y escuchando esa música de locos. Sara trataba de convencerse de que así era, pues tampoco respondía al teléfono ni contestaba su celular, lo que hacía con relativa frecuencia, sobre todo cuando no quería tener ningún contacto con ella. Pero en cuanto anocheció le pidió a uno de sus hermanos que la acompañara a buscarlo. Ya había arraigado en su ánimo la idea del divorcio. Se lo plantearía a Alex apenas cumplieran el ritual navideño tanto en su casa como en la de sus suegros.

Por su parte, Alex nunca pensó en el divorcio como una posibilidad. Su vida estaba tan amoldada a los fracasos, su temperamento a ir siempre contra la corriente, que le daba lo mismo un desenlace u otro. De cualquier manera, la decisión que tomara despertaría reacciones encontradas que no dejarían satisfecho a nadie. El suicidio era la salida natural. Su cuerpo lo encontraron colgado en el baño. Mané y yo coincidimos en que, sin duda, el equipo de sonido reprodujo, en el último momento, el disco Satisfaction.

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Sin Alma

Cuento

Sin Alma

Una ráfaga de viento sacudió las palmeras que se insinuaban a través de la ventana. La temperatura bajó de golpe, provocándole un estremecimiento que le trajo a la memoria el instante fatal que lo había recluido en esta aséptica habitación. Quiso reforzar la coraza de su ánimo pero algo se rompió en su interior. Un llanto que había contenido por años brotó y lo hundió en una profunda melancolía. Las emociones tantas veces reprimidas parecían cobrarle la factura de una vida regida por el comportamiento de un macho insensible.

Aquella mañana de verano la brisa marina lo había hecho desconectarse de su entorno. Acababa de estrenar el jeep, un lujo que se permitía después de años de privaciones. Y el último sacrificio: las vacaciones en la playa… este pensamiento lo volvió a la realidad: en los asientos traseros, sus hijas también disfrutaban el paseo matutino. Las miró en el espejo retrovisor y no pudo esconder un gesto de contrariedad: hubiera preferido viajar solo; ese primer paseo de sus vacaciones, un símbolo de su libertad, lo había imaginado sin compañía. Al menos Alma se quedó en el hotel. Algo maliciaba, sin duda; en los últimos días se había mostrado retraída y molesta en respuesta a su propia actitud, pues no ocultó desde el principio su desagrado ante la insistencia de tomarse también las vacaciones.

Antes del viaje más de una vez discutieron al respecto, él necio y aferrado al argumento de la necesidad que tenía de las vacaciones, alejado de las presiones y los problemas (entre los que incluía a Alma y a las niñas), considerando como un hecho irrebatible que se las merecía, mucho había trabajado y se había sacrificado por esta familia. Alma, por su parte, también le reprochaba su egoísmo. ¿Acaso ella misma no se había sacrificado por él, por las niñas, por la relación? Y seguía una retahíla de reproches, y de traer a la discusión historias para él ya olvidadas, para rematar con su llanto y su furia contenidos. “Claro, por eso te quieres largar solo, te quieres dar la gran vida de soltero. Quieres darle vuelo a la hilacha… pero no, aunque no quieras y aunque te pese, aquí tienes una obligación, tienes esposa e hijas”. El diálogo era imposible. Sobre todo porque luego de su inamovible resolución de ir también de vacaciones, salían a relucir conflictos sin resolver que se remontaban incluso a la lejana época del noviazgo.

Mucha razón tuvo El Negro cuando, al regresar de su luna de miel, en su primer día de trabajo le auguró seis meses de felicidad. Algo se rompió entre ellos a las pocas semanas, aunque tal vez desde el comienzo de su relación nunca existió un vínculo sólido, verdadero. ¿Por qué continuaron, entonces? Por convención primero, por las niñas después, por displicencia y por las malas costumbres al final.

Su rostro se volvió a endurecer. La humedad de una lágrima rezagada le cosquilleó en la barbilla. Se la limpió con furia de un manotazo, con el que hubiera querido borrar todos esos años de riñas constantes, de odios y de infelicidad.

Afuera comenzaba a oscurecer. Las ráfagas de viento se hacían más constantes y más intensas, en breve se soltaría el aguacero. Qué contraste con el sol de la mañana del accidente, que ahora lo consideraba como parte de una maldición que alguien que lo odiaba a muerte le hubiera lanzado (¿Alma?). La penumbra que iba apoderándose de la habitación lo reconfortaba, le permitía hundirse en una inconsciencia salvadora. Aquella luz ahora le resultaba molesta, dolorosa. Dibujó con horrorosa nitidez cada instante, cada movimiento, cada gesto de las niñas.

El punto de arranque lo sitúa sin duda en el momento en que, al verlas por el espejo retrovisor, volvió de golpe a la realidad de un pasado al que contra su voluntad estaba atado, un pasado al que quisiera renunciar, a una relación que consideraba sepultada desde un tiempo que, de tan remoto, había olvidado.

El sol que ya derramaba sus brillantes e intensos rayos los bañaba por el costado izquierdo. La ira y la frustración de no haber podido realizar en solitario este viaje le obnubiló la conciencia un instante, que coincidió con una curva inesperada y un vehículo que circulaba en sentido contrario.

Perdió el control del jeep, que se abalanzó contra las rocas de la pendiente y, como una reacción instintiva, pisó a fondo el pedal del freno. Le pareció que la luz de la mañana era más brillante y más intensa. Miró con total nitidez y como si se movieran en cámara lenta los cuerpos de las dos niñas, y le pareció como si ingresaran a un espacio de luz que fuera absorbiéndolas y cubriéndolas con su brillantez, hasta difuminarlas.

Su memoria conservaba, como un sello indeleble, el gesto de cada una, como un rostro que se mira en un espejo repitiendo la misma expresión que, en primer lugar, borra las muestras de felicidad por el agradable paseo, para dar paso al estupor a causa, sin duda, del estridente rechinido y la violencia de los acontecimientos que termina con ellas por los aires y sus cuerpos por último esparcidos entre las rocas.

Como una mala película que parodia de manera grotesca la realidad mira sus movimientos repetirse, en un avance y retroceso como si un espectador aburrido rebobinara y adelantara las imágenes en un juego que ahora le parece absurdo y producto sin duda del estupor que le provoca la magnitud de la tragedia que apenas comienza a entrever.

El aturdimiento que viene después le impide dar continuidad a los hechos subsiguientes. Apenas conserva imágenes sueltas, como en una película que estuviera editándose y sólo dispusiera de tomas aisladas. La luz intensa… ¡cómo odió esa luz! ¿Por qué no una oscuridad reconfortante como la de esta habitación, ahora que a la enfermera se le ha olvidado cumplir incluso con las más elementales de sus responsabilidades?

Él, abandonando el jeep, tambaleante y aturdido (bendito cinturón de seguridad), cayendo después como fardo a la orilla de la carretera. El conductor del otro vehículo que corre hacia ellos con expresión de angustia y gritando frases incomprensibles. Los curiosos (¿de dónde sale tanta gente, incluso en sitios aparentemente solitarios?)… De la llegada de las autoridades y de Alma no recuerda nada. De repente se ve levantado en vilo y en el interior de la ambulancia y por último en ese cuarto de hospital, a donde ella se ha negado a poner los pies. Natural: lo culpa del accidente y de la muerte de las niñas. Es la ruptura definitiva, mejor así.

Entre el sinfín de pensamientos confusos que han llenado su mente en las últimas horas lo inunda una sensación agradable: la certeza de que ellas se salvaron de sufrir el martirio del matrimonio y todas las torturas que implican crecer y ser adulto.

La oscuridad es total. Se echa la almohada sobre la cara, en previsión de que la enfermera entre a encender la luz y rompa con la tranquilidad que tanto le ha costado conseguir. Afuera la lluvia cae como un diluvio. Antes de hundirse en el laberinto de la noche piensa en Alma: está seguro que ahora sí la perdió definitivamente y (piensa mientras comienza a hundirse en la reconfortante nebulosa de sueño) ni siquiera la verá para los trámites del divorcio. Él no tendrá que preocuparse por nada: todo se arreglará en los juzgados. Su conciencia comienza a difuminarse, y una sensación de que se hunde en un blando abismo invade palmo a palmo su cuerpo. Siente que cae, leve como una pluma, en el vacío. Le parece que todos los objetos a su alrededor se transforman en una nada confortable. Los contornos se difuminan. La memoria de las últimas horas se transforma en una niebla luminosa. Antes de hundirse definitivamente en ese sueño sin fronteras, como un relámpago le llega la revelación de que, a partir de este momento, y hasta que la muerte lo reciba como una amante imperiosa, vivirá hundido en una soledad irremediable, sin las niñas, sin Alma.

Este cuento fue seleccionado e incluido en la antología Mar de voces, publicado por la Editorial Universitaria.

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Bicicleta

Cuento

Bicicleta
Viernes, 19:23 horas. San Celso

La calle, en la pereza del fin de semana, va oscureciéndose. Agotamos los juegos, las burlas, la charla languidece. Estamos a punto de despedirnos, resignados a dejar que llegue el sueño a trazar otra línea del inevitable camino que nos conduce a la muerte. Llega el Indio, a bordo de una bicicleta de segunda mano y parece iluminar la noche, la vida. Resucitan las bromas, los diálogos, nos disponemos a nuevos juegos. Por turnos paseamos en la bicicleta, cuesta arriba y cuesta abajo por la calle de San Celso.

 

19:39. Mesa del Norte

Cierra, con furia, el cofre. Está mal la batería, la banda ya es vieja, este armatoste necesita un cambio de aceite y una afinación. Pero le urge llegar, deberá partir bajo el riesgo de quedar tirado a mitad del trayecto. Sube al vehículo y enciende el motor, que pese a las quejas y a los ruidos extraños (a estas alturas, ordinarios) del motor, arranca a la primera. Comienzan las sacudidas a las que ya está acostumbrado; quita el embrague, pisa el acelerador y avanza. Todo bien hasta aquí. Cambia de velocidad y respira con cierto alivio. Renace la confianza de llegar a su destino.

 

19:43. San Celso

Ser el último es denigrante, pero no me importa. Aprendí a andar en bicicleta gracias a la lástima del Checo, el de la casa rica, pese a la acritud y las malas caras de su madre. La rebeldía del Checo y la tolerancia de su padre nos permitían disfrutar de ciertos lujos que de otra manera hubieran estado fuera de nuestro alcance en ese barrio de medio pelo. La bicicleta fue uno de ellos. Nunca tuve una propia. El salario de vendedor callejero de mi padre apenas alcanzaba para las necesidades básicas, y en ocasiones ni para eso. A tumbos y zapotazos, con las intermitencias de la generosidad del Checo aprendí en tardes ocasionales y solo muy de cuando en cuando tenía oportunidad de practicar lo aprendido. Así que esa noche sentí que rodaba por la pista del cielo. Tan arrobado estaba mirando de reojo las fachadas pasar como ráfagas, ufano de mi fortuna ante ojos que imaginaba corroídos por la envidia, sintiendo el aire en el rostro, que olvidé un pequeño detalle, una advertencia del Indio: la bicicleta no tenía frenos. Lo recordé en una brusca transición (sentí que me precipitaba al infierno) al darme cuenta de que, conforme descendía la pendiente, aumentaba la velocidad. Entré en pánico.

 

19:46. Mesa del Norte – San Celso

“Voy en pos del amor”, canturreó olvidándose por unos instantes que viajaba en una carcacha de cuarta. Pero no tardó mucho en bajarse de su nube, al escuchar un chasquido estridente. Una furia incontenible comenzó a turbar su ánimo. Miró su ruta y descubrió que apenas estaba llegando a San Celso. Se concentró en la palanca de velocidades y en los pedales y se desentendió del entorno. Pisó el embrague y trató de cambiar de velocidad. Avanzó con un brusco acelerón.

¿Qué hacer? La inercia de la pendiente incrementa cada vez más la velocidad de la bicicleta, dándome la impresión de que en cualquier momento perderé el control y me estamparé en el primer obstáculo o me romperé la crisma en el pavimento. Trato de calmarme y pensar en la mejor solución que no implique morir. Comienzo a zigzaguear, en un intento desesperado de dar vuelta en U e ir cuesta arriba. Se me acaba la calle y a punto estoy de toparme con el borde de la banqueta. Giro el manubrio y me dirijo, a toda velocidad, a la orilla contraria. Así continúo, como un conductor ebrio, yendo de un extremo a otro, salvándome por no sé qué milagro de dar con mi humanidad en el otro mundo. Pero me siento perdido cuando descubro, a unos metros, el cruce con Mesa del Norte. Cualquier vehículo, que circule en uno u otro sentido, será mi pasaporte al más allá. La buena noticia es que, con mayor espacio, podré maniobrar y vivir para contarla.

El vehículo dio un salto, como caballo encabritado, se escuchó una explosión y se quedó quieto, como muerto. Iba a maldecir su suerte cuando una figura, como bólido, lo sobresaltó: un escuincle, en bicicleta, bajaba por San Celso a toda velocidad, daba una vuelta espectacular y pasaba a unos centímetros de la trompa de su porquería de carcacha. Miró la cara de espanto del mocoso y pensó, con alivio, que si el carro no se hubiera descompuesto el chamaco no la contaba.

Escuché un acelerón, un frenón brusco y alcancé a mirar el vehículo que se sacudía y quedaba como muerto. Al llegar a la esquina giré aprovechando toda la amplitud del cruce de calles. Por un pelo no golpeé a esa cosa que, lo comprendo ahora, me habría matado si no se hubiera descompuesto. Ese día salvé mi vida y murieron mis ganas de andar en bicicleta.

Este cuento se publicó en el número 6 (año 2) de la revista Engarce y en el 18 de www.agora127.com.

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