Los farsantes de la literatura

Ensayo

Los farsantes de la literatura

Reflexiones en torno a la creación poética

¿Qué lenguaje habla la naturaleza? ¿Qué mensajes indescifrables nos lanzan los pájaros cuando cantan a la aurora o a la noche? ¿Qué comunican el amanecer, el atardecer, las manchas multiformes de nubes? ¿Qué música interpretan la lluvia y el trueno, las olas del mar y el arrullo del viento?

¿De qué manera los sentidos del hombre traducen esas sensaciones infinitas? ¿Y cuando se enamora, cuando odia, o cuando deja pasar la vida dándole la espalda? ¿De qué manera el hombre se conecta con los otros y con su entorno? ¿Dónde habitan sus pensamientos más íntimos o sus emociones más intensas?

Las respuestas se hallan en la poesía. Y muchas más, incluso las de aquellas interrogantes que aún están por plantearse y de aquellas que nunca podrán resolver ni la ciencia ni la razón humana.

Estas dudas y las emociones sin nombre que nos asaltan en todo momento —y con mayor intensidad durante de la adolescencia—, la necesidad de indagar y de darle un sentido a nuestra existencia nos convierte en poetas. Malos poetas o simples encadenadores de palabras que creemos intensas, vitales y estéticamente aceptables.

Por suerte, el tiempo, el pragmatismo y la materialidad de la vida nos curan de este mal, y los poetas adolescentes se convierten en periodistas, maestros de literatura (o de lo que se pueda), abogados, médicos, taxistas, merolicos… Pero hay muchos que perseveran, y si tienen la fortuna de convertirse en compadres o amantes del director de un periódico o una revista, o del dueño de una editorial, o si poseen los recursos suficientes y las ganas de invertirlos, pueden incluso publicar, aunque sean malos poetas o, como diría yo, simples farsantes de la literatura.

La corrupción en la política, las estafas empresariales, la voracidad, la pugna sucia y malévola por puestos y canonjías, la denigración, el engaño, la hipocresía, la mentira y todos los daños imaginables de la sociedad contaminan el mundo de las letras. Aunque en escala menor, porque los recursos a repartir son ínfimos comparados con los de la política o los de los grandes consorcios internacionales.

Y eso se refleja en las obras que se publican. Premios, becas, publicaciones y algunas presentaciones con bombo y platillo, hijas del amor mercantilista de las editoriales, no garantizan la calidad de la obra. Ni siquiera los millones de copias vendidas.

Y si las obras impresas muchas veces no son más que una estafa, el mayúsculo engaño lo sufre la poesía. Arropados en la subjetividad, en la interpretación íntima y personal de la existencia, en las metáforas arriesgadas y experimentales, se escriben y ven la luz innombrables galimatías que no son más que palabras huecas e inútiles.

Y cuando uno cree que el ritmo, la musicalidad de los acentos salvan los versos que el poeta con tanto esfuerzo forma, borra, quita, añade, deshace y torna a hacer en su memoria e imaginación1 el lector ingrato no encuentra sino un abismo de vacuidad, textos carentes de pasión y de intensidad emocional.

Hace unas semanas escuché una frase que sin duda se ha vuelto un lugar común de nuestra cultura: en Guadalajara, si levantas una piedra, ahí te encuentras un poeta. Pudiera haber algo de razón en el adagio, pero no refiere nada sobre la calidad. Yo diría que en la mayoría de los casos ni siquiera se alcanza el grado de la medianía.

Recuerdo que en mi infancia, durante mis correrías por los campos de mi Cajititlán natal, cuando levantaba piedras sólo aparecían alimañas. ¿Pero por qué digo todo esto, si se supone que debo invitarlos a la lectura? Y debo confesar que de los géneros, el menos leído es el de la poesía —ah, ya respingó la gente del teatro: ellos quieren arrogarse el derecho a ser los menos leídos—; ¿por qué entonces esta desinvitación?

No: se trata de una simple advertencia: circulan un sinfín de obras que Felipe Garrido califica como “literatura chatarra”, y si bien en el ámbito de la narrativa —sobre todo novelas— un lector inteligente puede identificarlas sin mucho problema, en el ámbito de la poesía el discernimiento resulta harto complicado.

¿Qué leer, entonces? Yo apelo a la complicidad. He leído cientos de libros de poesía y de ésos me quedaría con menos de la mitad. Pero para serles sincero, no me arrepiento de haber leído la otra parte, porque éstos me permitieron valorar e intimar con aquéllos, impulsándome a perseverar en la lectura.

Uno aceptará los libros de poesía con los que sienta alguna cercanía o afinidad, aceptación que muchas veces no coincidirá incluso con su mejor amigo o su amante. Recuerdo que en cierta ocasión compartía yo una lectura que me había dejado las emociones al borde del estallido; el cómplice al que se lo presté se quedó frío como si observara el cielorraso de su habitación que ve cada mañana.

Hay que leer poesía para aprender a organizar, conocer, valorar e intensificar las emociones y las sensaciones propias. Aunque parezca increíble, a veces un mal poema (o un mal poeta) puede dejarnos algo. Simplemente, recordemos nuestras lecturas (nuestros textos) adolescentes: ¿habrá algo peor que eso? Y sin embargo, oxigenaron nuestra psique y nuestra existencia en esos años difíciles, y sin ellas nos habríamos ahogado de depresión o de aburrimiento.

¿Y qué digo de los poetas jaliscienses? Incluyo a varios de ellos en el grupo de los amigos excelentes; a otros, no les regalo ni el saludo. A aquéllos, en ocasiones los he leído con indulgencia, y de su obra mejor no hablar; a esos otros, ni en estado de locura extrema tomaría sus obras. Por supuesto, en nuestro terruño hay poetas de alta calidad, o cuya obra me agrada; de ellos hablaré en alguna ocasión. Vuelvo al adagio citado párrafos atrás: si en verdad bajo las piedras tapatías se encuentra un poeta, muchos de ellos harían bien en permanecer sepultados.

1 Frase del Quijote, en el momento de nombrar a su rocín.

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Vísperas del 28 de enero

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La obra de José Agustín

Ensayo

La obra de José Agustín

La tumba, 1964

Mi lectura de esta novela, pasadita la adolescencia, me dejó una impresión de asombro: por su madurez narrativa, por su coherencia estructural, por su lenguaje y por la manera de abordar los temas. Cuando supe que su autor la terminó a los 17 años, la impresión se ahondó. Con ella, José Agustín inaugura toda una corriente literaria, conocida en México como la literatura de la onda. Su protagonista, un joven estudiante de preparatoria, despierta al momento la simpatía de sus lectores (los de su generación, o más exactamente, los de su edad). Los temas (algunos de ellos planteados por primera vez en nuestra literatura) serán recurrentes a lo largo de su trayectoria: el rock, los conflictos generacionales, el sexo, la capacidad de disfrutar la vida al máximo. En particular, esta novela se divide en cuatro partes, que corresponden más o menos a las relaciones que el protagonista, Gabriel Guía, sostiene con algunas mujeres. A la par, se plantean las diferencias (en ocasiones irreconciliables) entre jóvenes y adultos, y la posición de aquéllos (de rebeldía) ante las figuras de autoridad. Subraya sobre todo el rechazo, en ocasiones hostil, hacia el mundo torcido e hipócrita que las generaciones pasadas pretenden heredar a las nuevas. Y como telón de fondo, los problemas de identidad, la búsqueda del yo y, sobre todo, la angustia de saber que vamos solos por la vida y la resolución de los conflictos depende de nosotros mismos.

 

Círculo vicioso, 1972

Sobre la obra, en una especie de epílogo, su autor cuenta las vicisitudes de su montaje. A principios del 72, comenzaron los trámites para que el gobierno del Distrito Federal diera el visto bueno para su representación. El burócrata que debía expedir el documento correspondiente, luego de “analizarla”, señaló que estaba “llena de obscenidades”, que era ofensiva y “un insulto para un público de buenas costumbres”, además de plantear “una visión negativa de la sociedad mexicana”. La obra se desarrolla en una celda del entonces famoso “Palacio Negro”, la cárcel de Lecumberri, y los protagonistas son los presos y los carceleros. A pesar de la negativa oficial (que no censura, pues el presidente acababa de proclamar, en Chile, que en México existía completa libertad de expresión), el 21 de abril se realizó un “ensayo público” ante unos 900 espectadores, en el auditorio A, en Zacatenco, del Instituto Politécnico Nacional, bajo la dirección del propio autor. En mayo se realizaron cinco representaciones en el teatro anexo a Arquitectura de la Universidad Nacional de México (sic). La posición oficial siguió la línea de no “censurarla” pero de no extender el permiso correspondiente para su presentación. Gracias al apoyo de Mario Alcántara (director del nuevo montaje) y de Emilio Carballido, se estrena en el teatro el Galeón en julio de 1974 y permanece en cartelera por un mes, con el pretexto de que no se cubre la cuota de taquilla de mantener al menos el 40% por semana. Por último se montó en la Sala Villaurrutia, y el 25 de octubre se develó la placa por las cien representaciones, a pesar de la censura oficial.

 

Ciudades desiertas, Premio Latinoamericano de Narrativa Colima, 1982

Novela fiel al estilo ameno, ágil y desenfadado de su autor. Y como otros textos suyos, plantea el tema de la relación de pareja. En esta ocasión se trata de una escritora y un actor. Como ocurre con esta clase de personajes (tal como los vemos en otros cuentos y novelas de José Agustín) cada uno vive la vida a su manera, preocupándose más por la satisfacción personal (en todos los sentidos) que por mantener una relación que, a ojos de la sociedad, mantenga el equilibrio y se preocupe por cuidar las normas establecidas. La historia se desarrolla en una ciudad de Estados Unidos a donde ella, hastiada de su cotidianidad, de su matrimonio y tal vez de sí misma, arriba para disfrutar una beca que le dará mucho más que la proyección académica y profesional implícita en el apoyo recibido. Una novela que se disfruta de principio a fin.

 

El rock de la cárcel, 1988

Texto de corte autobiográfico, que permite asomarse no sólo a la vida y a las experiencias del autor, sino que también documenta parte de la vida en México en los años sesenta y su contexto cultural, así como el ambiente intelectual en que se mueve José Agustín, junto con los artistas y compañeros de viaje durante estos años de rock, drogas y contracultura.

 

La miel derramada, 1992

Como es frecuente en este autor, este libro recupera material publicado previamente. La miel derramada es una selección de textos eróticos (más bien de corte pornográfico, según la definición de Mario Vargas Llosa, pues el tema de las relaciones sexuales se expone de manera explícita), bien cuentos o bien fragmentos de novelas en los que se describe, con detalle, encuentros sexuales de diferente índole. Cuando apareció, la editorial debió añadir una portadilla para cubrir la imagen de la portada, pues algunas cadenas se negaron a exhibirla.

 

La panza del Tepozteco, 1993

Texto catalogado como libro para niños y adolescentes. Relata la historia de un grupo de estudiantes de la Universidad de Puebla que, durante un periodo de asueto, van de excursión al cerro de Tepoztlán. Al llegar ahí, ingresan a una cueva y, de manera inesperada, son testigos de un combate entre los dioses aztecas. Valioso documento sin duda, ya que permite a las nuevas generaciones acercarse, de forma divertida y amena, a nuestro pasado prehispánico, a la vez que conocer parte de la cosmovisión de nuestra herencia indígena, tan menospreciada por disposiciones gubernamentales hijas de una pésima política educativa.

 

Dos horas de sol, 1994

Para definir esta novela habría que pensar en una fiesta en Acapulco. Fiesta en la que abunda la música, el alcohol, las drogas y el sexo. Una vida pensada como una fiesta. La vida de un personaje anodino, y sin embargo agradable. Pero fiesta al fin, más bien sirve sólo para pasar el rato.

 

Los grandes discos del rock (1951-1975), 2001

Contra lo que pudiera pensarse, no se hace un recuento ni una crítica sesuda a los grandes discos del rock. No. Simplemente se trata de unas cuantas historias en las que, en ocasiones, los protagonistas son estrellas del rocanrol, como Buddy Holly o Eric Clapton. Cuentos agradables, divertidos, en el estilo desparpajado de José Agustín.

 

Cuentos completos (1968-2002), 2002

El libro reúne los textos de este género publicados a partir de 1968. Excelente oportunidad para conocer a fondo el estilo, las tendencias, preocupaciones, intereses, odios, amores y desamores de su autor, y junto con él el de toda una generación. Quienes han seguido de cerca la trayectoria de José Agustín lo reconocerán y se reconocerán sin mucha dificultad. Rock, drogas, sexo, alucines están presentes, junto con una serie de personajes que definen un momento particular de la vida y la historia en México.

 

Tragicomedia mexicana, tomo I, 1990; tomo II, 1992; tomo III, 1998

Divertida, desparpajada y a la vez documentada historia de México, de 1940 a 1994. Dividida en tres tomos, está organizada por sexenios. Junto con anécdotas divertidas, ridículas e incluso grotescas de los presidentes, conocemos los entretelones del México posrevolucionario, presentándonos la radiografía de un país que nos ha tocado padecer, cada vez más deteriorado.

 

Amor del bueno, 2013

De reciente aparición, como otras obras del autor sólo se trata de la reedición de textos publicados previamente. Incluye Cuál es la onda, Quién soy, dónde estoy, qué me dieron, La tumba y la novela que le da título al volumen.

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Una lectura para locos

Ensayo

Una lectura para locos

Sobre la obra de Jorge Ibargüengoitia

No les recomiendo la lectura de Jorge Ibargüengoitia en lugares públicos. A menos que quieran terminar en una casa de locos. Yo estuve a punto de ser recluido en un manicomio en cierta ocasión que se me ocurrió leer La ley de Herodes en un minibús.

Me senté junto a una mujer madura y decente que, muy circunspecta, me cedió el paso al asiento de la ventanilla. No sabía lo que le esperaba. Comencé con una ligera sonrisa al imaginarme “los movimientos de la carne propios del caso” que se describen en el cuento “La mujer que no”. Emití después algunos sonidos guturales cuando la madre les frustra a los amantes la posibilidad de “aplacar sus más bajos instintos”.

En este momento, la mujer de aspecto decente me miraba de reojo con un ligero arqueo de cejas. Llegó el momento, claro, en que no pude contener la carcajada y a mi acompañante circunstancial no le quedó más remedio que, horrorizada, huir hacia sitios menos insanos.

(Lo positivo fue que pude acomodarme a mis anchas en el asiento ahora vacío; de hecho, descubrí que también el de adelante, el de atrás y el de al lado estaban desocupados; todas las miradas, concentradas en los extremos del vehículo, convergían en mi humanidad con el mismo asombro y pavor. Por suerte llegué a mi destino, si no, quién sabe dónde habría terminado mi lectura, a juzgar por las sospechosas llamadas que se hacían, entre dientes y en susurros, a través de los celulares.)

No les contaré la pena ajena que hice pasar a mi hija, en cierta ocasión en que tuve que recogerla al final de una fiesta con sus amiguitas. Como llegué antes de la hora, aún seguía en su apogeo la reunión, por lo que discreto me senté en un lugar apartado. Abrí las Instrucciones para vivir en México y no tardó en manifestarse un incontenible ataque de risa.

Tan abstraído estaba que no reaccioné hasta que descubrí a toda la concurrencia atrincherada en un rincón, dispuesta en orden de batalla; mi hija, queriendo que se la tragara la tierra, no atinaba de qué color ponerse. Por fin reaccionó, y tomándome de la mano literalmente me sacó en vilo del lugar. Perdió todas sus amistades.

Bueno, pues tampoco les recomiendo la lectura de Ibargüengoitia a los historiadores. Me parece que arrugarán la nariz al descubrir la irreverencia con que son tratados los héroes patrios en Los pasos de López, Los relámpagos de agosto, Maten al león, Las muertas (novelas) o en El atentado (teatro).

Tampoco les agradará, me imagino, el desparpajo con que se describen sucesos tan trascendentes y sacrosantos para el devenir de nuestra historia patria. Qué decir de la burla descarada a la solemnidad y a la grandilocuencia de nuestras instituciones y nuestros discursos, que con tanto esfuerzo y empeño han levantado nuestras honorables autoridades.

Ahora que si usted es un mexicano consciente, amante de sus tradiciones, del apego a su terruño y del folclor que nos define como nación, sáltese la obra ensayística que se recoge en obras como La casa de usted y otros viajes, Sálvese quien pueda, ¿Olvida usted su equipaje? Autopsias rápidas, e incluso su teatro —donde el blanco perfecto lo constituyen las familias y las parejas convencionales, aburridas y ridículas—, como Susana y los jóvenes, La lucha con el ángel, Los buenos manejos, Clotilde en su casa, Llegó Margó… Y si usted es político o intelectual, o ama de casa o estudiante, evite también estas obras.

Y una advertencia todavía más escandalosa —en ningún punto la corrosión del humor y la ironía ibargüengoitianas alcanzan niveles más elevados—: si usted es católico, apostólico y guadalupano irredento y de hueso colorado, por ningún motivo vaya a posar su vista —y nunca las deje al alcance de sus hijos— en la ya citada Ley de Herodes (cuentos), mucho menos en Dos crímenes o Estas ruinas que ves (novelas).

Por eso le digo que mejor no lea las obras de este escritor guanajuatense: no se trata más que de una lectura para locos. Yo, por mi parte, quisiera pedirles, de la manera más atenta, que si me encierran en un manicomio, que sea por favor con las obras completas de Jorge Ibargüengoitia.

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Arreola, mi cómplice

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Arreola, mi cómplice

¿Es un orgullo afirmar que fui alumno de Juan José Arreola? ¿O una pedantería? En todo caso, lo enseñado nadie me lo quita.

En alguna ocasión, entre las múltiples maestrías que iniciaba y nunca concluía, Juan José Arreola impartió un curso del que poco puedo decir que los demás ignoren: era un ocupar mi lugar en el auditorio y permanecer treinta, cuarenta y cinco o —si había suerte— sesenta minutos ininterrumpido escuchando el hilo discursivo que podía dispararse hacia los tópicos más insospechados.

No estoy seguro si los cinco o seis alumnos que asistimos a ese curso fuimos los últimos que pudimos escucharlo con cierta regularidad y a cinco metros de distancia. En todo caso, a partir de ahí le perdí la pista porque debió recluirse a causa de sus achaques (de hecho ese famoso curso tuvo bastantes interrupciones por las indisposiciones de Arreola, motivadas por su precaria salud).

Juan José Arreola fue una persona a la que muchos debimos llamar maestro, y en mi caso no sólo por las referencias previas; de hecho, fue más lo que aprendí en mis lecturas juveniles que en ese curso de pocas y truncadas horas.

¿Cómo lo conocí? ¿Como dramaturgo? ¿Como novelista? ¿Como cuentista? ¿Como lector o como conversador? Porque Juan José Arreola fue todo eso, y mucho más. En algún momento supe que en su juventud fue actor, en Francia, y que allá se relacionó con los intelectuales más destacados de la época. Y en lugar de equipaje, se regresó a México con las innovaciones artísticas que habrían de caracterizar su obra.

Y de todo eso aprendí: de sus obras teatrales Tercera llamada, tercera, o empezamos sin usted y La hora de todos, dentro de la corriente denominada del absurdo; de su novela La feria, un mosaico de la vida de un pueblo —su Zapotlán— cuya existencia gira en torno a la organización de la fiesta religiosa permeada por lo profano; de sus cuentos reunidos en Confabulario, de su antología Lectura en voz alta, y desde luego de su persona.

En estas circunstancias, hablar de Juan José Arreola se vuelve una labor complicada: son múltiples las facetas que se pueden abarcar. Como conversador, la televisión comercial le abrió sus puertas. Como dramaturgo, estudió, actuó y dirigió en México, en París, en Cuba; como narrador destacan su novela y sus libros de cuentos, de los que se debe resaltar el rasgo innovador en la manera de contar las historias, enraizadas en el ámbito mexicano y a la vez universal del hombre; y como maestro, impartió numerosos talleres y dirigió revistas, en las que los jóvenes tuvieron un espacio generoso para formarse.

Pero lo que más aprendí de Juan José Arreola fue la pasión por la lectura. En este ámbito me considero su cómplice, y estoy seguro que él me hubiera considerado, de igual manera, su cómplice.

Arreola entendió que la lectura es la mejor forma de comunicación. Que es a través de las historias escritas —maravillosa forma de perdurar— como el hombre puede entender al hombre, y amar y relacionarse con todo lo que le rodea y, lo más importante, en las historias ajenas es donde uno puede encontrar lo que le falta, donde se puede integrar el ser incompleto que somos. En la lectura somos nosotros mismos y somos los otros. Somos la unidad, la humanidad, la universalidad.

Y así, de todas las enseñanzas que Arreola transmitió, yo me quedo con la más permanente, la del lector, en la que lo considero, más que mi maestro, mi cómplice.

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Borges y la ficción

Ensayo

Borges y la ficción

Aunque cause un poco de pena confesarlo, reconozco que raras veces tengo la oportunidad de abandonar el agujero libresco en que vivo recluido. Así que cuando recibo una invitación, como en días pasados, para charlar con un público cautivo, no desaprovecho la oportunidad. Mi entrañable amiga y cómplice Atzimba Mondragón me invitó a su “Abadía” de la Preparatoria 12 de la Universidad de Guadalajara, para hablar sobre Borges. Pretexto más que suficiente para matar varios pájaros de un tiro: en primer lugar, desempolvar una serie de extensas y añejas notas de un autor que cautiva a todo lector de respeto. Compartir la fascinación que una de las obras de mayor genio y brillante imaginación ha despertado en varias generaciones no sólo de lectores, sino también de creadores (aquéllos, a fin de cuentas, complemento necesario de estos).

Invitar, sobre todo a los lectores jóvenes, deslumbrados muchas veces por los temas de moda, los cuales sólo revelan el cinismo y egoísmo material (poco propicio a los juegos de imaginación borgeanos), a que se acerquen a una obra de un profundo valor humano y por tanto de perdurabilidad más allá del fárrago informativo virtual y de otras viles y turbias naturalezas. Me limitaré a organizar y tratar de dar un poco de coherencia a tales notas, siguiendo la sugerencia temática que sirvió de guión para la charla con los bachilleres.

Como es natural, no puede sintetizarse a un autor como Borges, por lo tanto pongo entre comillas las citas correspondientes, tomadas del libro Ficciones, obra abordada durante la velada. Por su extensión, divido mis notas en varias partes; esta es la primera entrega.

* * * * *

El libro de Ficciones ncluye El jardín de senderos que se bifurcan (con los cuentos “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería de Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel”, “El jardín de senderos que se bifurcan”) y Artificios (“Funes el memorioso”, “La forma de la espada”, “Tema del traidor y del héroe”, “La muerte y la brújula”, “El milagro secreto”, “Tres versiones de Judas”, “El fin”, “La secta del Fénix”, “El Sur”).

* * * * *

¿Por qué el título Ficciones?

Toda literatura es ficción, y toda realidad es susceptible de volverse fantástica, una vez filtrada por el tamiz de la literatura. En particular, los cuentos finales de Artificios (“El fin”, “La secta del Fénix”, “El Sur”) enfatizan este rasgo: bajo un velo de supuesto realismo se cuela el concepto de literatura del autor: la fantasía (la ficción) es un pretexto para reflexionar sobre la realidad.

Todos sus temas (el laberinto, lo circular, la metafísica, la filosofía…) no son más que un viaje de ida y vuelta de la realidad (la vida) a la fantasía (la literatura). La realidad es fantástica, y las especulaciones sobre mundos posibles, sobre fauna, flora, la invención del lenguaje, las reflexiones filosóficas, no son más que otra manera de pensar la realidad.

La ambigüedad de la existencia de Tlön juega con este concepto de ficción: se dan pruebas tanto de la existencia como de la irrealidad del planeta (Orbis Tertius): “Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional”; hay “tigres transparentes” y “torres de sangre”. “Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real”, cuenta el narrador para enfatizar el flujo de vasos comunicantes de la realidad y la ficción. “De las diversas felicidades que puede ministrar la literatura, la más alta era la invención”.

* * * * *

Los “cuentos” sobre los cuentos de Ficciones

Sin duda, una de las razones del fanatismo que despierta Borges en cierta clase de lectores (aquellos que se consideran, con arrogancia, por encima de la medianía) se debe a las sugerencias que da sobre “argumentos” de historias. Tal es otra de las muchas virtudes del argentino: la lectura de sus textos despierta, estimula, enriquece la imaginación, a tal grado que mientras lo leemos no dejamos de imaginar un sinfín de historias.

Estas sugerencias narrativas aparecen de manera explícita en el prólogo de “El jardín de senderos que se bifurcan”: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario”.

Al vuelo, podemos pescar frases como la siguiente: “Mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres” (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”). Antes de Adán de Jack London, Avatar y un montón de libros y películas aprovechan este argumento para fascinar al lector-espectador.

“Examen de la obra de Herbert Quain” expone el proyecto de una novela; “El milagro secreto”, de una obra de teatro; al hablar de los sorteos de “La lotería de Babilonia” se sugiere el argumento de un cuento de Ray Bradbury, convertido en película y parodiado por los Simpson: ¿Cómo se alteraría el futuro si, al viajar al pasado, lo afecto con un acto tan insignificante como matar una mariposa?

“El prólogo de Quain prefiere evocar aquel inverso mundo de Bradley, en que la muerte precede al nacimiento y la cicatriz a la herida y la herida al golpe”; “los Hijos de la Tierra, o Autóctonos que, sometidos al influjo de una rotación inversa del cosmos, pasaron de la vejez a la madurez, de la madurez a la niñez, de la niñez a la desaparición y a la nada. También Teopompo, en su Filípica, habla de ciertas frutas boreales que originan en quien las come, el mismo proceso retrógrado. Más interesante es imaginar una inversión en el Tiempo: un estado en el que recordáramos el porvenir e ignoráramos, o apenas presintiéramos, el pasado”: Tales ejemplos, germen para creativas historias, hacen pensar en el cuento “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier.

En este mismo cuento se define a los lectores como “una especie ya extinta”, pues todos son escritores “en potencia o en acto” (“imperfectos escritores”); para ellos Quain redacta relatos que “prefigura o promete un buen argumento, voluntariamente frustrado por el autor”. Borges, convirtiéndose en blanco de su propia ironía, señala que comete “la ingenuidad” de extraer de aquí “Las ruinas circulares”. “El lector, distraído por la vanidad, cree haberlos inventado” (eso es lo que pasa con sus malos imitadores).

En otra parte (“La biblioteca de Babel”, un universo de libros infinitos) leo: “Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita”. Esta imagen me trajo a la memoria un cuento de Bradbury, de unos astronautas a la deriva en el espacio oscuro e infinito; vagarán hasta que cesen sus funciones vitales, muertos de inanición o de sed o de quién sabe qué otra muerte espantosa e inimaginable.

“Yo he visto dos [vindicaciones] que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias”; al traducir parte de la novela del abuelo del narrador de “El jardín de senderos que se bifurcan” se mencionan dos historias análogas, de un ejército victorioso, en el que sólo se modifican algunas circunstancias, es decir, más argumentos para el escritor estéril, desesperado por hallar historias para narrar.

* * * * *

Delimitación de la literatura fantástica

Difícilmente podrá conseguirse este propósito (la delimitación). Nos enfrentamos al problema de los géneros, el cual, por definición, es complicado y casi imposible de dilucidar. Los críticos nunca se han puesto de acuerdo (y nunca lo harán). Más bien me sugieren un sinnúmero de interrogantes: ¿Por qué, por ejemplo, en su Antología de literatura fantástica Borges incluye un cuento realista de Saki? ¿Es más fantástico “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” que “El Sur”? ¿Qué diferencia hay entre un relato netamente fantástico y otro de tono realista que sólo de manera incidental incluye un elemento fantástico? Otro aspecto que dificulta la cuestión: distinguir, diferenciar los conceptos de “ficción” y “fantástico”: ¿un cuento que incluye elementos como el sueño es fantástico aunque el sueño se genera en el cerebro de un sujeto? ¿El enfoque metafísico o esotérico, temas de Borges en cuentos “realistas”, no es fantástico por sí mismo? Según ciertas percepciones, ¿la intervención de una divinidad no pertenece al reino de lo fantástico? El inefable genio de Borges multiplica las interrogantes hasta el infinito.

Poemas

Cara oculta

Nuevo mar Vértigo.No hay palabras: sólo imágenes, sensaciones.Una mano en la oscuridad:una piel corre a su encuentro.Todos los sentidos en alertaatentos al menor indicio de la explosión.Jadeos, humores:las olas en la pared del abismoel mar en la lengua.¿Y...

Vísperas del 28 de enero

I Cuántas veces la vidacomo un laberinto ciegonos arroja a callejones oscurosCuál es la salidalo sabremos despuésdel primer paso   II La oscuridadenciende fuegos sonorosMis oídos siguen los pasosde un hilo tendidopor manos invisiblesque me llevaránal final del...

25 palabras

1. Columpio            ISube y bajamovimiento en la quietudnos empujaa través de la nochey el díahacia la primera palabra            IIRemueves tus tristezasen un sube                      y                          bajainterminable Recuerdosde vida y muerteque...

Cuentos

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Sobre Ray Bradbury

Ensayo

Ray Bradbury, literatura sin decepción

¿Crónicas marcianas o Fahrenheit 451? No recuerdo cuál de estas dos obras de Ray Bradbury dejó en mi ánimo de lector contumaz la certeza de que me encontraba ante un escritor excepcional. Lo que sí registra mi memoria, al paso de los años, es el placer que página tras página me proporcionó este acercamiento.

Los momentos gratos que disfruté entonces me inclinaron a curiosear en otros títulos de este autor estadounidense. Aunque ciertos prejuicios me detuvieron —la literatura gringa, comercial, es incompatible con mi temperamento; el género de la ciencia-ficción me parece, por lo general, pseudoliteratura…—, el mayor de todos, el riesgo de que su segundo libro resultara una obra mediocre, sobre todo porque el primero nos ilusiona con la posibilidad de que el autor sea capaz de superarse a sí mismo.

Pero mi curiosidad siempre supera mis prejuicios, y ahí voy a tomar por asalto algunas bibliotecas, la más completa de todas la de Rogelio Rodríguez Galván, uno de los lectores que más admiro y quien pasa sus días en las mezquinas jornadas de las galeras de corrección de El Occidental… En fin, sus estantes me dieron para semanas completas de ocio, perdido en la inagotable fantasía de Bradbury.

Y no: la segunda lectura no fue una decepción, todo lo contrario. Luego vino una tercera… y así, como cuento de nunca acabar. Por suerte, la decepción nunca llegó. Por el contrario, aceptando los rasgos positivos de la literatura comercial y las ventajas de la ciencia-ficción, Bradbury se reveló como un escritor capaz de ubicarse por encima de las limitaciones de la mercadotecnia y de los géneros.

¿Por qué seduce tanto a los simples mortales esa literatura que se vende a carretadas? Por su ligereza, por su amenidad, por su espectacularidad. Porque los escritores de ese tipo de obras eligen temas de moda y los explotan con el morbo que lleva a las masas a interesarse por las cuestiones intrascendentes de la vida. Se trata de libros seductores, pero con escaso —si es que poseen alguno— valor literario y sin un solo grado de vitalidad existencial. La obra de Bradbury no es ligera, es ágil; es amena y espectacular sólo cuando la trama o el carácter del personaje lo exige.

Desde que recuerdo, la ciencia-ficción ha estado de moda. O más bien, los medios sensacionalistas han sabido explotar el morbo de una posible invasión extraterrestre, los encuentros con seres de otros planetas u otras galaxias… Y con ese pretexto se han escrito millones de libros, la mayoría mediocres, si no malos.

En cierta ocasión, tras una larga y penosa lectura de los autores más afamados del género —autores que, por cierto, las nuevas generaciones no conocen, y las viejas apenas recuerdan: su obra no resultó digna de atesorarse en la memoria— escribí por encargo un artículo para una revista especializada: hablé de las tramas insólitas y absurdas, de la fantasía descabellada y fuera de lugar, de las atmósferas ilógicas e incongruentes, de los personajes mal construidos, del lenguaje muchas veces denso y excesivamente descriptivo. Por supuesto, mi artículo fue rechazado: se trataba de fanáticos a ultranza del género.

Entonces conocí la obra de Bradbury. Ni literatura comercial ni ciencia-ficción. Simplemente literatura. En efecto, cualquier obra de calidad lo es al margen de cualquier clasificación. Los géneros, las etiquetas, no son más que herramientas que utilizan los investigadores y los maestros por comodidad.

Bradbury —la conclusión es obvia—, por supuesto, está por encima de todos estos defectos que acabo de enumerar. ¿Pero cuál podría ser su mayor virtud? Quizá el hecho de que mientras se lee cualquiera de sus cuentos o novelas uno no piensa que se trata de historias de ciencia-ficción. No se percibe la artificialidad del universo literario que se crea; el lector tiene la certeza de que deambula por un mundo cotidiano, por su mundo, el que habita día a día.

Y ese mundo, así se trate de un astronauta a la deriva en el espacio infinito, del primer terrícola que se encuentra por primera vez con un marciano, es un mundo vital, emotivo, cargado de una intensidad existencial que difícilmente encontramos en otros autores del género.

El lector se identifica con las historias, con los personajes, con los universos de ficción que van creándose ante sus ojos. Es el aspecto humano, con todas sus grandezas y mezquindades, el que cautiva, que seduce, que obliga a conocer una segunda, una tercera obra y mucho más, como cuento de nunca acabar. Y la última certeza: en Ray Bradbury no hay decepción: hay literatura.

Poemas

Cara oculta

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