autores mexicanos

José Agustín

No pases esa puerta

Cuauhtémoc había escapado a tiempo. Unos meses antes Alba, su esposa, supo que la dictadura desataría el terror, y planearon huir. Ella lo hizo primero, para ver a sus amigos y encontrar un sitio adecuado en el que pudiesen trabajar. Él se quedó, siempre con la idea de que Alba exageraba y de que las cosas no resultarían tan mal. Sin embargo, al poco tiempo ocurrieron los primeros secuestros; la gente desaparecía, ya no la volvían a ver nunca más y el terror dominaba a los pobladores. Cuauhtémoc comprendió entonces cuánta razón había tenido su mujer. Logró salir de la ciudad la noche que empezaron los arrestos masivos y a duras penas logró evadir las tropas que marchaban por todos los barrios. Su corazón se ensombreció al ver que no había avisado a ninguno de sus familiares y amigos, que para esas alturas debían hallarse prisioneros del tirano. Pero ya no había nada que hacer, salvo alegrarse de que al menos ellos se habían salvado. Alba se estableció en la ciudad de G., donde su familia tenía buenos amigos. Le fue muy bien, pues encontró ocupación para ella y para su marido, además de que pudo hospedarse en la legendaria Casa del Sol Poniente, donde residían ancianos jubilados y gente joven que, como ellos, podía entender y apreciar el tipo de vida que se acostumbraba allí. La casa en realidad era un viejo e inmenso palacio. En los techos había fuentes, jardineras y una vista formidable de los volcanes y de las puestas de sol.

Allí la gente mayor descansaba a la sombra de las enormes terrazas. En la planta alta se hallaban los grandes salones de la vida en común, los comedores, las salas de estar y de juegos, las cabinas de proyección, las estancias de los festejos y de las grandes reuniones, además de las oficinas de la administración. En la planta alta estaban los pequeños departamentos en donde vivían los ocupantes, todos con recámaras amplias, estancia, cocina, baño y un pequeño jardín con su fuente.

¡Es perfecta!, exclamó Cuauhtémoc, radiante, cuando Alba le mostró la casa. Y aún no conoces los jardines, en realidad son un bosquecito con todo y arroyos y estanques. Y los sótanos, Cuau, son interminables. Un verdadero laberinto. Dicen que en alguna parte, en lo más oscuro, hay una puerta con un cuatro de oro y que por ningún motivo puedes abrir, por nada del mundo. ¿Por qué? No sé, pero está prohibidísimo. Pues entonces no se diga más, afirmó él, vamos a buscarla. ¿Ahora mismo? Sí, ¿por qué no? Bueno, suspiró Alba, pero nos vamos a perder, es que no los conozco bien, y una vez de plano me perdí. De pura suerte oí que alguien andaba cerca, me puse a pegar de gritos y me encontraron. Cuauhtémoc pensó que en realidad su mujer siempre había sido más bien torpe para orientarse, “’medio despistadilla”, decía, en cambio él se ubicaba a la perfección en cualquier parte. Salieron ambos del departamento en donde vivirían y llegaron a la puerta que conducía al sótano. En realidad era una soberbia escalinata de mármol que descendía hasta un arco con portón. Oye, es impresionante esto, ¿eh?, comentó Cuauhtémoc. Te dije, sonrió Alba, un tanto nerviosa. Bajaron al portón, que se hallaba abierto, pero, antes de que pudieran traspasarlo, una de las muchachas de la administración los alcanzó y les dijo que los coordinadores de la Casa querían hablar con ellos. Otra vez será, comentó Alba. Cuauhtémoc miró largamente la entrada de los sótanos, y se prometió explorar “ese fascinante subsuelo”.

La ocasión se presentó pronto, y Cuauhtémoc descendió por la escalinata, franqueó el portón y llegó a una estancia de la que salían varios pasillos; tomó uno, al azar, y vio muchos cuartos llenos de libros y mesas para leer o trabajar; algunas personas lo hacían en ese momento y lo saludaron silenciosamente al verlo pasar. Avanzó con rapidez por el pasillo poco iluminado, fascinado por los libros que también había en el pasillo y por los cuadros de las paredes, encantado por la limpia humedad del aire y con la vaga aprensión, ¿a qué?, se preguntaba, pues a perderme, claro, pues el pasillo condujo a una nueva bifurcación, y el camino que tomó lo llevó a otra y él ya no sabía por dónde andaba. Se había perdido por completo, demasiado pronto, se quejaba, herido en su amor propio. Por donde avanzaba todas las puertas estaban cerradas, pero ya no sentía curiosidad por asomarse a los cuartos, sino, más bien, cierto temor. Lo hizo en algunos y casi no vio nada por la oscuridad enrarecida que los velaba, apenas se distinguía algo que semejaba maquinaria por los mortecinos destellos metálicos, o imprecisables muebles de madera oscura y húmeda. Pero nada de eso le importaba gran cosa, pues comprendía que lo que quería era hallar el cuarto con un cuatro de oro en la puerta.

La oscuridad era cada vez mayor. Cuauhtémoc abría puertas y ya ni siquiera se asomaba. Una de ellas llevaba a un nuevo pasillo, más oscuro, y ante él se detuvo. Se quedó muy quieto y trató de que la intuición le dijera si el camino era correcto. El nuevo pasillo se perdía en la oscuridad a los pocos pasos y el sólo enfrentarlo avivó la sensación de angustia calcinante que desde momentos antes lo carcomía suavemente. Advirtió un silencio denso y cargado, sólo a lo lejos le parecía oír un goteo y lo llenó una necesidad irracional de cerrar la llave que goteaba. Comprendió, con desesperación creciente, que se hallaba al borde del pánico cuando, para su estupor, con toda claridad sintió que algo lo sujetaba de los hombros, lo hacía girar cuarenta y cinco grados y lo alejaba de ese camino. Avanzó de prisa entre la oscuridad total, rebasando lo que parecía nuevas puertas, penetró en otro corredor, casi corriendo, para entrar en calor porque se congelaba por dentro, se maldecía por haberse metido en ese laberinto interminable. No quería detenerse porque estaba seguro de que escucharía goteos y tictacs; con su estado de ánimo, la oscuridad y el silencio eran una vía regia a las alucinaciones, y ya veía pequeñas explosiones luminosas que se desgranaban en líneas destellantes y hacían más negra la oscuridad al desaparecer.

De pronto Cuauhtémoc detuvo lo que para entonces era una carrera frenética. El silencio. Era un tenue zumbido que quién sabría de dónde llegaba, pero sí, emanaba de sí mismo, porque las cosas allí tenían su propia forma de silencio. El de Cuauhtémoc hervía, era un estrépito sordo que por fuera con mucho cuidado podía percibir como un flujo uniforme y denso. Estaba aterrado. Allí había algo terrible. Su cuerpo se había comprimido, y Cuauhtémoc lo sentía especialmente en una punción dolorosa en los testículos. Aguzó la mirada. Apenas se distinguía un número cuatro de oro en una de las puertas. Su cuerpo no quería moverse, pero se desplazó y sí, allí estaba el número. Lo tocó y tuvo que retirar el contacto al instante porque sintió una descarga que en fracciones de segundo lo llevaba a perder el sentido. El terror era muy vivo y a él sólo se le ocurría vomitar lo más posible y luego salir corriendo de allí. Con toda claridad escuchaba una voz ordenándole que no pasara esa puerta. Sin embargo, Cuauhtémoc convocó las últimas fuerzas y tomó la perilla. ¡No lo hagas!, decía la voz en su interior. Pero él abrió.

Dentro encontró a una mujer completamente desnuda, muy joven; el cabello se le ondulaba sobre los hombros, se perdía en la espalda y realzaba la blancura y la suavidad de la piel, de los pechos, llenos de dureza, de la pendiente de la cintura, del pubis con su dulce vello, y de las piernas; toda ella parecía frágil y poderosísima a la vez, había algo rotundo y conmocionante en su perfección, algo insoportablemente glorioso que no se debía ver, y Cuauhtémoc apenas podía retener un hilillo de vida ante la presencia de la mujer, que irradiaba su propia luz cegadora y cuyo rostro perfecto parecía el de una joven y de una anciana, de la eternidad misma.

Los ojos eran terribles, allí había un espacio negrísimo, el vacío total, pero también calor calcinante, una mirada muy dura y severa con una llama de compasión, esto lo vas a pagar, le decía la mirada, no sabes lo que te costará haberte atrevido.

Cuauhtémoc cerró la puerta de golpe. Sabía que estaba a punto de desplomarse como edificio de cenizas si la continuaba viendo. Sintió que infinidad de fuerzas poderosísimas tiraban en todas las direcciones de su cabeza. Se iba a desintegrar. Se hallaba suspendido en una frontera fragilísima. En ese momento de nuevo sintió que algo o alguien lo tomaba y lo hacía girar ciento ochenta grados hasta quedar de espaldas al número cuatro. Cuauhtémoc salió corriendo a toda velocidad por la oscuridad, en medio de tropiezos y golpes. Conforme se alejaba advertía que al fin cedía lo que desgarraba su interior. Había un poco más de luz cuando de súbito tropezó y quedó bocarriba en el suelo helado, jadeando ruidosamente, aún con deseos de gritar, de aullar. Una profusión caótica hervía en él y lo hizo levantarse, correr de nuevo por los pasillos cada vez más iluminados hasta que encontró la salida del sótano.

José Agustín

Nació en Acapulco en 1944. Junto con Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz, Juan García Ponce, entre otros autores, inauguró una corriente conocida como literatura de la onda, influenciada por el rocanrol y cuya temática principal aborda los problemas de la adolescencia. Narrador, dramaturgo, guionista de cine, periodista y traductor. Estudió Letras Clásicas, dirección cinematográfica, actuación y composición dramática. Perteneció al taller literario de Juan José Arreola y al círculo literario Mariano Azuela. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, de la Universidad de Iowa y de las fundaciones Fulbright y Guggenheim. Recibió el premio Dos Océanos del Festival de Biarritz, Francia (1973), el Latinoamericano de Narrativa Colima (1982), el Nacional de Literatura Juan Ruiz de Alarcón (1993), el Mazatlán de Literatura (2004). Al hablar de Inventando que sueño, una de sus obras, el narrador Luis Humberto Crosthwaite, en la “Introducción vaquera” a los Cuentos completos de José Agustín, señala: “No era [la de José Agustín] literatura convencional (no podía serlo), era maliciosa y juguetona, palabras que podría encontrar bebiendo cerveza y echando desmadre en las calles. Era un libro para navegar por la ciudad, para contarle mis rollos: un libro compita, entendedor, carnalito de los buenos”.

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