Diez razones para ser científico

Ensayo

Diez razones para ser científico

Aunque no necesitaba presentación, el historiador y narrador Jorge F. Hernández subrayó la “erudición sin pedantería”, la humildad y la capacidad para navegar por “ese mar de los sargazos que es la ciencia en México” de Ruy Pérez Tamayo, durante el encuentro que el científico sostuvo con mil jóvenes (“no es cierto”, matizaría enseguida, “ya los conté y faltan 127”) en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Y así, sin más preámbulos y en ese tono de socarronería, broma y relajación —que uno pensaría ajeno por completo al ámbito de la ciencia— comenzó la charla, con una pregunta del propio Hernández: “¿Cuáles son las razones para ser científico? Que a mí me gustaría serlo”, añadió entre dientes, “al menos para adelgazar”.

Para responder, Pérez Tamayo evocó una anécdota en la que una vecina, amiga de una conocida de una directora de escuela, lo recomendó para que diera una charla a los estudiantes “de secundaria y de prepa” sobre orientación vocacional, en particular relacionada con la ciencia. “Y como yo soy muy disciplinado y obediente”, respondió a la carta que le enviaron y en la que le pedían que expusiera “diez razones para ser científico”, y así, junto con la charla, nació el libro que escribió con ese título.

Antes de exponer, ante el auditorio de preparatorianos, algunas de esas razones, rememoró aquella por la cual él se volvió científico, 71 años atrás, y subrayó el dato, “a pesar de mi aspecto juvenil”, minimizando sin embargo esta circunstancia, “pues apenas tengo 90 años”. Se dedicó a la ciencia por seguir los pasos de su hermano mayor, quien entró a la carrera de medicina. “Yo no quería ser médico, yo quería ser como mi hermano”, y lo mismo ocurrió con su hermano menor, quien también estudió la carrera. “Así matamos tres pájaros de un tiro: como los libros estaban en francés y eran muy caros, los tres estudiamos con los mismos libros”.

En la Escuela de Medicina conoció a Raúl, hijo de un médico y a quien su padre montó un laboratorio de fisiología, en donde ambos comenzaron a realizar observaciones y experimentos en gatos, a los que atrapaban en las azoteas del vecindario. Detalló enseguida el instrumental requerido y el procedimiento para conseguir sus fines, aunque sus compañeros consideraban que más que gatos, se dedicaban a cazar gatas.

Después de unos tres años de trabajo de observación y recolección de datos, presentaron la información a un profesor y la dejaron lista para un artículo, para publicarla y para presentarla en un congreso, y así comenzó su carrera científica. Al evocar a uno de los profesores que más admiraba, señaló que quería aprender de él, y aprendió a fumar, “aunque yo no fumaba con la misma elegancia, y además fumaba cigarros Delmon”. Después dejó ese mal hábito, aclaró enseguida, “como abandoné muchas de las estupideces que uno hace en la juventud”.

Al evocar a otro de sus profesores mencionó al fisiólogo Arturo Rosenblueth, quien también experimentaba con gatos, y solía decir: “Aquí en el laboratorio el único que tiene la razón es el gato”.

Luego de este preámbulo, se enfocó en las razones para ser científico, y para hablar de la primera recurrió a las palabras de su hijo, quien señala que quien se dedica a la investigación científica nunca envejece, se mantiene en la juventud eterna, pues cuando establece una hipótesis y la comprueba, se siente rejuvenecido.

Para no tener jefe, fue la segunda razón que expuso. Se tiene independencia intelectual. El propio científico establece sus hipótesis, se plantea sus propias preguntas de investigación y decide los experimentos que quiere realizar.

Tercera razón: para no tener horario de trabajo. El científico no se pregunta a qué hora comienza o termina su trabajo, sino que más bien se pregunta a qué hora no va a trabajar, ya que su trabajo consiste en pensar, y las ideas siempre están ahí, a toda hora y en todo lugar.

La cuarta razón es porque uno siempre hace lo que le gusta. “Lo que uno hace bien le gusta, y si lo hace mejor, le gusta mucho más”. Recordó entonces otra anécdota: “A mí me gustaban las matemáticas, porque me gustaba mi maestra de matemáticas. Pero me dejó de gustar cuando me enteré que me engañaba con su marido, aunque no me dejaron de gustar las matemáticas”. Hay que hacer entonces lo que nos gusta.

La siguiente razón para ser científico es porque se usa el cerebro. “A los diputados y a los futbolistas les estorba”, aclaró. Cuando uno usa el cerebro, continuó, es difícil que le tomen el pelo. El científico en todo momento está alerta, y si lee, por ejemplo, en una pasta de dientes, que contiene calcio, se ríe y se pregunta “¿y eso para que me sirve?”, o si escucha del maravilloso shampoo que “controla la caída del cabello, comprobado científicamente” vuelve a reírse y se pregunta que dónde están las evidencias de tal aseveración; en síntesis, que no cree en aquello para lo que no hay demostración.

La sexta razón (y fue la última que expuso, pues señaló que las siguientes ya las abordaría durante las preguntas de los estudiantes) es para hablar con otros científicos. No con los que aparecen en las películas de James Bond, que quieren conquistar el mundo y le pegan a su mujer todos los sábados, sino con los que se dedican a la ciencia en verdad. Aunque su número es reducido (en México hay uno por cada diez mil habitantes) es indispensable el contacto.

Los datos al respecto le sirvieron para exponer el lamentable estado del país en este sentido. “México está subdesarrollado porque su ciencia y su tecnología están subdesarrolladas”. El himno, expuso, debería decir “un científico en cada hijo te dio”, en lugar de “soldado”. Estamos, entonces, a una distancia enorme de tener el mínimo de científicos para convertirnos en un país desarrollado.

Vino a continuación la primera pregunta por parte de los asistentes, y como ocurriría en cada intervención, Pérez Tamayo se quejó de no entender el sentido de la pregunta porque, efectivamente, el planteamiento de la misma era ambiguo y poco claro. Al final el cuestionamiento consistió en si se necesitaba dedicarse a otra actividad para subsistir, además de la ciencia.

Respondió el científico que se dedicó durante 25 años a la medicina, “y después me dediqué sólo a la ciencia, para no dañar a mis pacientes”. Aconsejó, sin embargo, dedicarse a algo más que también interese a los jóvenes. “Diez pesos por autógrafo”, informó luego de que, aprovechando su intervención, quien le planteó la pregunta le solicitó que le firmara su libro.

La siguiente interrogante (“¿por qué a los jóvenes no les interesa la ciencia?”) también lo llevó a cuestionar a su interlocutor: “¿Cuáles son tus datos para afirmar que no les gusta?”, para añadir enseguida que ello se debe a la ignorancia, ya que nadie les ha dicho en qué consiste la ciencia y qué posibilidades tienen para desarrollarse en una carrera científica. Hay además, una grave deficiencia en la divulgación científica.

“¿Cómo aumentar el número de científicos?”, se escuchó, y dijo Pérez Tamayo: “Qué buena pregunta, yo también me la planteo”. Agregó: “Falta una mayor divulgación científica, explicar cuál es el espíritu de la ciencia, cómo se hace, y su contenido: es decir, el qué y el cómo del quehacer científico”.

Tomó de nuevo la palabra Jorge F. Hernández, para interrogarlo sobre la existencia de un libro que inculque el amor a la ciencia, y le planteó si no le interesaba descubrir crímenes por el método científico, y aludió específicamente a Sherlock Holmes. “Usted se vería bien de pipa. Yo sería su Watson”.

Expuso entonces Pérez Tamayo el método que utilizó su maestro de inglés para enseñarle esta lengua, una de cuyas actividades consistía en leer un libro de Bertrand Russell. “¿Cómo llega el amor? A mí me llegó por medio de este libro”. Y de aquí describió enseguida su método de trabajo: “Cada proyecto de investigación se divide en muchos proyectos”. Los problemas son complejos y deben reducirse para estudiar cada parte (método reduccionista); otro método es el holístico, que pretende resolver todo de un golpe. “Yo admiro a los que pretenden hacer eso, porque están locos”, señaló. “No existe un método científico, hay muchos métodos científicos”.

Siguió Hernández su proceso indagatorio: “Yo escribo cuento y novela” (replicó Pérez Tamayo: “Nadie es perfecto”) “y me interesa el qué, cuándo, cómo, dónde… pero le tengo mucho respeto al por qué. En la relación de pareja, por ejemplo, es peligroso; cuando se llega al por qué: ¿por qué hiciste esto?, todo acaba en divorcio”.

“Hay tres preguntas clave: qué, por qué y para qué. La primera consiste en describir el fenómeno de la manera más completa posible; la segunda se refiere a los mecanismos de los fenómenos, y la tercera corresponde al área de la teleología, es decir, pretendemos que existe un propósito que nos explica la razón de los fenómenos, pero éste ya no es el terreno de la ciencia”.

La charla tomó a continuación los cauces de la ciencia y la estética, en las afinidades que tienen ambas como creación humana, y el tema le sirvió a Pérez Tamayo para mencionar el hecho de que Arthur Conan Doyle demostró que la supuesta cura que Robert Koch encontró para la tuberculosis no fue sino una estafa. Le permitió también ahondar en sus puntos de vista sobre la obra de Russell, a quien calificó como un autor magistral y quien se refiere de una manera brillante sobre cuestiones de la ciencia y la realidad.

Se permitió también apostillar sobre la importancia del dominio del idioma. Calificó incluso como “misteriosa” nuestra capacidad de comunicarnos mediante la articulación de sonidos. Aprovechó para exhortar a los jóvenes a esmerarse en su forma de comunicación, la cual no sólo debería ser clara y coherente, sino incluso elegante, “y si no pueden o no saben comunicarse, estudien”.

Ya casi para cerrar la charla, a pregunta expresa habló de dos de sus libros, de los que conserva recuerdos más entrañables: El viejo alquimista, publicado en 1971, cuento que expone el tema de la ciencia explicada a niños y jóvenes. El otro es un tratado sobre patología, el cual se lleva como libro de texto en muchos países latinoamericanos, y que fue incluso traducido al inglés. Pérez Tamayo cuenta que en cierta ocasión recibió un juego de té desde Osaka, regalo de un profesor japonés en agradecimiento por su tratado, el cual utilizaba en sus cursos. “Luego de algunos años viajé a Japón, y el día que llegué se celebraban los funerales del profesor”.

Algún joven despistado continuó con el tema de la rentabilidad de dedicarse a la ciencia. “Si quieres ganar dinero”, contestó el científico, “dedícate a la política”, aunque aclaró enseguida que con su sueldo como profesor de carrera, y con el de su mujer, les alcanzó para vivir con decoro, y viajar cada año a Europa, “a escuchar en Alemania las óperas de Wagner”.

Al final, como un homenaje a Ruy Pérez Tamayo, se realizó una dramatización sobre su obra, con mención especial de El viejo alquimista. El público lo despidió con una merecida ovación de pie.

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Habitantes

El hombre de mañana se burlará de tiy de tus gritos petrificados goteando estalactitas¿Quién eres tú habitante de este diminuto cadáver estelar?¿Qué son tus náuseas de infinito y tu ambición de eternidad? Vicente Huidobro I La Eternidadse burla de tu sombra:tus ojos...

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I Soledadlunaa veces soledad tiempo agonizanteinmóvil noche: una imagen ausente en la distanciadía: imágenes falsas derribadas por el viento mi alma sin edadsin sollunadíanoche mi vida sin tiempoen ruinaspolvomi vida soledad.   II Un hombre solitario moldeasobre...

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I Tu mundo es blanco y negroy sin embargoalberga un furtivo arco iris.   II Tu historia se escribió con sangre y sudory con un río infinito de lágrimas.Una infancia dolorosa,una adolescencia turbulenta y gris,la juventud llena de horizontesde mundos por habitary...

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Habitación Hay días luminososdías de caricias y de sueños. Y hay otros, opacos, indiferentes,en los que el tiempo arrojósus granos de olvido. En los primeros habitamoscomo en la casa de la vida.   Niebla Apagamos la luzpara encender los sueños. Erradicamos las...

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Nervio náufrago

Ensayo

Nervio náufrago

Poemario de Laura Solórzano

Percibimos el mundo a través de los recuerdos. El pasado es una entidad vacía que sólo puede poblarse y existir cuando se recupera por algún medio. El mejor de éstos, sin duda, es la palabra escrita. Es con el lenguaje como los recuerdos, el pasado y nuestra existencia se vuelven un presente perpetuo.

Sobre esta premisa descansan los versos de Nervio náufrago, libro de Laura Solórzano. El título evoca los recuerdos, el pasado, como el espacio donde las pasiones y las emociones viajan a la deriva, sin brújula, navegando sin rumbo entre las memorias y los recuerdos de los seres queridos, de una infancia lejana.

Y esta trayectoria, aunque errática, difusa, se vuelve un presente vivo por el hechizo de la palabra, que convoca y actualiza los recuerdos para fijarlos en la memoria. Leemos: “Mi recuerdo levanta sus alas como sábanas que buscan resucitar”.

La vida se vuelve entonces un recuerdo, y la palabra el instrumento que permite su perdurabilidad: “Pregunto al poema por el pasado”. Así los recuerdos, la poesía, la palabra, se abren a un ámbito existencial que amalgama la esencia del ser (el antes, el ahora, el después): “Camina la conciencia por la pregunta”.

Pero el espacio que se evoca no es sólo el del individuo. Es decir, el individuo no existe, no vive en la soledad, sino en el contexto de la familia, del universo cotidiano que conforma su esencia. La vida también se vive a partir de recuerdos ajenos.

Los poemas presentan, por tanto, los recuerdos de personas, lugares, actos insignificantes que son los que conforman la existencia, la vida de todos los días, los instantes fugaces pero vitales que nos definen.

Y es la palabra (se insiste de manera constante en los versos) la que nos permite transitar, la que nos lleva en este vaivén de memorias, vivencias, instantes, personas y lugares recuperados: “¿Se puede preguntar a la poesía por la postura de la persona / y amar la dinamita del desorden en la duela del párrafo?”

Pero todo fenece. Somos testigos de pérdidas, separaciones, muertes que de la misma forma constituyen una sustancia fundamental de los recuerdos, y es el canto (la poesía, la palabra) lo que permite que esos recuerdos perduren. “¿Es una historia / el lugar donde paseo mi pensamiento con un prisma de palabras / y la razón se rompe?”

Es pues, la poesía de Laura Solórzano el espacio donde navegamos a la deriva, entre los recuerdos fugaces y los instantes perdidos de la memoria, recuperados por el testigo más fiel: la palabra.

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Mujer rota y continente

Ensayo

Mujer rota y continente

Poemario de Margarita Hernández Contreras

Mujer rota y continente, poemario publicado en fecha reciente por la Editorial La Zonámbula, nos muestra, desde el título, una evidente una paradoja que yo calificaría como existencial, la cual subraya la vitalidad e intensidad de las pasiones, en particular la del amor. Paradoja más que comprensible en el plano de las emociones (¿la psicología, por ejemplo, sería capaz de darnos respuestas?) pero inasible para la razón (paradoja, por tanto, de la que nunca podrán dar cuenta las ciencias exactas).

Esta paradoja es recurrente a lo largo de varios poemas, en los cuales domina el tono de las evocaciones. En este ámbito aparecen dos personajes, una niña y una mujer en diálogo continuo, observándose, reconociéndose, amándose. Aunque para el lector no queda claro si es la mujer adulta que le habla a la niña que fue (ésta adquiere una existencia real), o si se tratara de una relación madre-hija. El poema “Tan como ella” (incluido en esta edición) abunda al respecto.

La paradoja del título se presenta también en el poema Cántaro roto y continente (ver), que lleva implícita un arte poética transparente para quienes conocemos la trayectoria profesional y vital de Margarita. En la transición de los 80 y los 90 se fue a radicar a Estados Unidos, su lugar de residencia actual y donde transcurrió también parte de su infancia. Ese ir y venir infundió en ella el amor por los dos terruños, y su partida definitiva al norte provocó en ella sin duda un desgarramiento que se percibe en sus textos. Se va pero su esencia permanece intacta. Su mexicanidad no sufre menoscabo. Y es este amor por la tierra, por la gente, por los recuerdos, lo que la lleva a lamentarse por la dura realidad que se vive en este país de contrastes, de paradojas: roto pero a la vez receptáculo de tantas vivencias.

La organización del libro, dividido en cuatro partes, muestra una trayectoria vital que arranca en la infancia, evocada en ocasiones por múltiples voces; la segunda, aborda algunos aspectos de la adolescencia; la tercera parte está dedicada a Alejandro: la evocación de un amor (el primer amor) pasado: “quiero reconstruir la luz / quiero reconstruir los sonidos / del tiempo que ya no habito” (70); “recuerdo tu risa / viajaba por mi cuerpo / provocando temblores y rumores / que descomponían mi topografía / la volvían menos árida y triste / con tu risa me brotaban manantiales / y frondosos árboles” (71, de “Canción para Alejandro”); la cuarta habla de su última etapa. Entre ésta y la anterior se da una especie de transición entre dos amores: el de Alejandro y el de Raúl (a quienes está dedicado el libro: “Para Alejandro y Raúl. Ellos saben por qué”; la dedicatoria se completa con un tercer nombre, el de su padre).

Se presenta entonces, de manera transparente, un ciclo existencial que va de la infancia a la pubertad, pasa por el primer amor y llega al momento actual. El primer amor se presenta como el paso de la inocencia al descubrimiento del mundo, sobre todo en lo relacionado con lo sexual; este primer amor se enturbia por la intromisión de otro (tema de la cuarta parte). Este segundo amor es un amor de madurez, de un compañero para los últimos días: “ya sólo falta depositar el féretro / pensar en las exequias” (92).

De vuelta al título, y luego de repasar los textos, una pregunta es inevitable: ¿en qué momento comienza la vida a fragmentarse? Y la respuesta se encuentra desde las primeras líneas: en la infancia. El libro abre con un texto muy fuerte sobre los eventos que marcan la vida de la mujer: los prejuicios sobre lo que se considera sucio: espacios, seres (insectos, personas), eventos, principalmente relacionados con el abuso sexual: “niñas vejadas en lo oscurito […] / niñas aterradas de tus pesadillas niñas ultrajadas mientras a ti te ponen / una pistola en la sien / niñas con la entrepierna cubierta de semen y los ojos vacíos / niñas temerosas del diablo niñas a las que les chingaron la madre / niñas con el alma muerta muertas de miedo niñas comevergas niñas petrificadas / niñas con el culo adolorido” (11-12).

En este contexto resulta lógico sentir la vida fragmentada, padecer la pérdida de la identidad, el anhelo del olvido: “Mi historia se ha borrado / las ruinas siguen desmoronándose / las lágrimas que no lloro / se van en busca del alma que he extraviado” (13). Otro elemento presente, y que contribuye a esta ruptura, se lee en “El diario de la desprotegida” (14 y ss.), el cual enfatiza el trauma de ser gorda, carga que se lleva (al parecer) hasta los 37 años (“arrancarse el corazón / llevarlo en las manos / expuesto, abierto, latiendo / y más: temblando de miedo”). Pero por sobre todo esto, destaca la incapacidad de expresar la intensidad y profundidad de estas emociones contenidas: “y luego este silencio / vivir sin palabras para nombrar los miedos y las rabias / la garganta inútil, muda / acaso a veces balbuceos desesperados sin efecto” (16). El silencio como sepultura de la identidad.

Una vez superada esta etapa, se encuentra el consuelo en uno mismo. La voz de la niña cede ante la de una mujer que busca rescatarla de sus traumas (“mi gordita hermosa, te enaltezco / me sobran brazos para abarcar tu volumen”, 17), aunque no queda claro si es ella hablándose a sí misma (ella adulta-ella niña) o si es a su madre a quien le habla, o ella-adulta volviéndose madre para rescatar a la niña que fue.

El silencio también se convierte en otro de los elementos que configura los traumas. Es decir, la incapacidad de externar todo lo que pugna por estallar, corolario natural en un universo machista en el que la mujer sólo tiene como recurso el silencio. Aunque este silencio sólo se refiere a ella, pues por otra parte se perciben múltiples voces que la compadecen o que se burlan de ella. Entre esas voces destaca la del padre, que la considera hermosa: “[martes] lloro ahora, gordita mía / siento tu pena, tu desolación / tu hambre de pertenencia / ay, cómo duele, gordita / tu temor de no merecer / me cierra la garganta / este miedo atroz de que tus bendiciones / se conviertan en tragedias / para convencerte de que no mereces / ni la felicidad / ni ‘la normalidad’ / ni la maternidad” (22). Pero a pesar de la situación (sus traumas, sus sentimientos) hay momentos de paz: “mi niña se ausenta de toda duda y absurda / se busca en la música que sola se explica / niña y música / no más” (28).

Resulta natural, por tanto, encontrar una y otra vez las siguientes palabras: abandono, llanto, desconsuelo, callarse, pena, desolación, dolor, temor, miedo, soledad, esconderse, compasión: “pobre gorda / ilusa gorda / tonta gorda / ingenua gorda / patética gorda / gorda” (20). Se destaca el hecho de sentirse rechazada, diferente, ajena, de no encajar en la normalidad de los otros. El aspecto positivo de esta situación es que la incomprensión de los otros es un buen pretexto para escribir poesía: “Pídeme que te hable de mi infancia y mientras lo hago, déjame llorar. Pero no me abraces. Quiero sentir nuevamente en su plenitud esa desolación que nadie me ha entendido” (42).

Otro tema recurrente, y que se percibe desde los títulos (“lloro lo que no soy”) es la paradoja del ser y no ser, lo que soy y lo que pude (o quise) ser: “la niña que fui busca refugio en mi regazo tibio / y se amamanta con fruición de la dulzura de mis senos mojados” (27). Esta percepción, que se convertirá en nostalgia, permeará gran parte de los poemas, y saltará una y otra vez a lo largo de los versos. Más que ser, se habla del no ser en el mundo (tema del poema “La palabra ausencia”, incluido en esta edición). El lector percibe una especie de obsesión por ese no ser en el mundo, y así la palabra nostalgia adquiere un significado fundamental (“Ansias de horizonte”). La nostalgia también se da por lo que no es.

Las alas aparece también en algún momento (“tengo alas que no brotaron; atrofiadas / baten contra mis costillas y duelen”, 25; “se alegran mis alas y baten el aire vuelto cascada”, 27). Representan los anhelos inalcanzados, y se convierten en un símbolo opuesto a la libertad: “frenético batir de alas / sin despegar el vuelo” (29).

Una vez pasado el trago amargo (la ruptura) y tras el éxito (por llamar de alguna manera a la capacidad de superar esos momentos de la existencia) de la mujer adulta de reconfortar a la mujer niña, la vida transcurre sin sobresaltos, rutinaria, y lo que la vuelve intensa es la angustia, la soledad, el desamparo que proyecta el alma hacia el exterior.

Al leer los poemas, como lector no puedo despojarme de las largas pláticas que sostuve con Margarita cuando fuimos compañeros de trabajo. Contaba entonces (ahora entiendo que esta inconformidad con el exterior proyectaba todo ese bullir interno, esa contención emocional y vital: a la vez rota y continente) su incapacidad para resistir el calor, la incomodidad que le produce, su desagrado por los bochornos del verano, su gusto por los paisajes grises, lluviosos, nublados, de otoño. Estas descripciones, externas, se transparentan en sus poemas, y expresan y proyectan eso que su ser alberga, que contiene y desborda más allá de ella misma.

Un sueño ilustra la síntesis de todo lo anterior: “Mi mente tiene mil cámaras. De algunas nunca me he aventurado a abrir la puerta; las imagino llenas de penumbra y telarañas, mecedoras desvencijadas donde una anciana se hace niña y sonríe desdentada mientras llora lágrimas púrpuras. Tiene el pelo blanco, largo y enmarañado; en él se anidan serpientes inocuas y flores amarillas que destilan hiel con azúcar. En sus manos hay un abanico de plumas de pavorreal. Viste harapos de terciopelo morado por donde la piel pálida se asoma curiosa, siente las telarañas y se eriza. La mecedora rechina y los ojos indolentes se fijan en la parsimoniosa e inconsecuente labor de una araña solitaria” (42-43).

Mujer rota y continente describe con intensidad, con pasión y emotividad un tránsito existencial que va de la infancia a la última etapa de la vida. Y tal descripción se da en el contexto de la paradoja, de amor-dolor, angustia-paz, el yo y los otros en una relación de aceptación y rechazo, de vituperio y exaltación, de rupturas que generan al final una historia vital que contiene el amor a la vida.

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El amor que fluye y se detiene

Ensayo

El amor que fluye y se detiene

Sobre El agua inmóvil de Raúl Caballero

Todos los sentimientos, las emociones, son camaleónicos, proteicos. Y los rasgos infinitos que adoptan permiten al artista (y, para estas notas, me interesan los poetas) abordarlos desde cualquiera de sus innumerables aristas, caras, vértices o cualquier otro recoveco indefinible. El amor, la amistad, el odio, la indiferencia, tan viejos como la conciencia del hombre, nacen a cada instante, en cada nervio y en cada piel que los experimenta. Y sin embargo, no dejan de ser amor, amistad, odio e indiferencia. Estáticos en su mutabilidad.

El agua inmóvil, poemas de Raúl Caballero, exploran el territorio antiguo del amor, inmóvil en su infinitud (¿hace cuánto nació la primera pareja que por primera vez se enamoró, cuándo morirán los últimos amantes?) y fluctuante en su regeneración: el amor es nuevo en cada relación, en cada aniversario, en cada instante que los amantes se tocan y se separan.

El tono general de los poemas permite al lector imaginar una relación nueva pero ya consolidada. Todavía el titubeo y el asombro de los descubrimientos —del ánimo, del carácter y aun del cuerpo del otro— aunque también la certeza de un amor perdurable, a pesar de los reveses del humor y del destino. La conciencia del amor como un viejo camarada pero a la vez como un inocente que apenas se asoma a la intensidad emocional que lo aguarda.

Como debe ser —cuando no existen terceros en discordia— aparecen en un primer plano dos protagonistas, aunque se desdoblan. Primero, la amada, que se transforma en una presencia constante, en la razón de ser del amante. Ella es todo: lo bueno, lo malo, lo indiferente, el olvido, el recuerdo: “Tu voluntad recorrerá la distancia de las contradicciones”.

Ese recorrido se volverá el espacio vital que compartirán y que dará sentido a su existencia, la cual se define en esa duda y en esa certeza del amor nuevo y consolidado, y que se convierte en un estado anímico agradable, acogedor. Insiste la voz poética: “Eres la abandonada que abandona, la deseada que excluye sus deseos, / la invisible que se muestra. / Eres la extraña que conozco, que amo y que bendigo. / Eres la mujer que no tendré jamás, / la que habita sus misterios, la que comparte cosas falsas”.

El otro protagonista, el amante, asume la voz poética y es quien nos comunica su asombro, sus descubrimientos, su emoción vital. Pero su existencia depende del alimento que recibe de ella, a través de sus imágenes, su percepción, sus sentimientos del pasado y del instante presente: lo que le permite construirla y construirse.

Y aunque la relación comienza a partir del desconocimiento y del asombro, el atisbo de los amaneceres futuros los funde en uno: ambos protagonistas se transforman en uno: el nosotros que permite al amor renovarse, nacer en cada instante, en cada mirada, en cada caricia.

Así, el amor se define como la contradicción: la partida como el momento del encuentro, el olvido como el espacio de la memoria. El amor es placer y es dolor: “Lo perverso de tu fidelidad / es la raíz del desistimiento”.

La contradicción abarca todos los espacios, todos los momentos, todas las emociones: lo extraño, lo hermoso, la memoria, la soledad, y sus contrapartes: “Lo anormal es el origen de la belleza. […] Somos el recuerdo de los que conocen el olvido /somos los que se encuentran en los desiertos”.

Este universo amoroso, nuevo y antiguo, se percibe con los sentidos, no con la razón, como ocurre en toda poesía que apele a las emociones, a la necesidad de vivir y dejarse arrastrar por la intensidad de la existencia. Se conceptualiza sin definir: no conocemos explícitamente el rostro, las formas de la amada, pero durante el recorrido poético el lector lo descubre.

Junto con el amante —la voz poética— el lector intuye la exploración de la amada, su desdoblamiento que permite ir conociéndola, verla siendo ella misma, multiforme: “Mil formas tiene el cuerpo de tu vida”.

El agua inmóvil es el amor que fluye pero permanece. Y la poesía da testimonio de su constancia inagotable.

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Inquilinos del infierno

Ensayo

Inquilinos del infierno

Sobre El pobrecito señor X de Ricardo Castillo

Si me pidieran definir el concepto de “tapatío” respondería: “Yo soy tapatío”. Y no necesitaría cientos de páginas para remover y enrevesar los conceptos, para escribir estudios sesudos y profundos basados en miles de autoridades. Afirmarme y definirme como tal me basta. Esta palabra englobaría toda mi existencia, con sus emociones, sus reflexiones y dudas, su pasado y sus aspiraciones. Lo que yo soy, en suma: un asunto en realidad complejo.

Esta fue la primera reflexión que me vino a la mente tras la relectura del libro El pobrecito señor X, de Ricardo Castillo, escrito en los setenta, en los lejanos años en que yo cursaba la primaria. Una de las muchas sorpresas de sus páginas fue que la afinidad que me provocó la primera vez que me sumergí en sus poemas —poco después de la adolescencia, aún con el estigma de su resentimiento— se enraizó aún más, sintiéndome más tapatío que entonces.

“Nací en Guadalajara” no sólo es el verso que abre el poemario y sintetiza su contenido, sino que engloba y matiza el conjunto de los temas que se desarrollarán a lo largo de sus páginas. La voz poética va contra la corriente, y corresponde a la de un adolescente que descubre el dolor de la existencia y de las mentiras de la familia. El lenguaje es visceral, directamente relacionado con la perspectiva de esa voz poética. El “alma en los testículos” no es una afirmación que se apegue a las convenciones, y desde esta perspectiva se subvierte el lenguaje.

El humor, elemento básico de los poemas, no se fundamenta, como pudiera pensarse en una primera lectura, en las “malas palabras” o en las alusiones sexuales o escatológicas (simples elementos inevitables de la existencia): se basa principalmente en el contraste entre la realidad ficticia que las convenciones (la familia) tratan de imponernos y la realidad que debemos sufrir a diario; en lo ridículo, en donde estas convenciones transforman el amor, convirtiéndolo en pura cursilería, en contraste también con la intensidad de la pasión sexual; en la irreverencia de la voz poética, que hace de tales convencionalismos blanco de su mordacidad.

En este tono humorístico va revelándose la radiografía del tapatío (y la tapatía): el odio reprimido de la mujer, el desamparo sexual, la cursilería y el paso inútil por la vida. Descubrimos cómo el guardar las formas nos lleva a la represión, a la indiferencia, a la monotonía: “la joda de a diario” es la que mantiene el estado de cosas, es la que configura nuestra esencia. Las imágenes no expresan un mundo agradable; derivan hacia lo escatológico, a lo soez. El odio y el miedo se presentan como protagonistas naturales en este contexto.

“Todo hombre come un plato diario de confusión”. Leemos los poemas y los sentimos nuestros: captamos la angustia, la impotencia, el aburrimiento, la desesperación y el miedo que nacen de existir, y de existir en este tiempo y en este lugar específicos. “Es mentira lo que tú crees de ti”, resume como natural conclusión la voz poética.

Hacia el final del libro, los poemas se convierten en una apología y una exaltación del placer sexual, poniendo énfasis en los encantos femeninos. Igualmente, durante todo el libro se ha matizado respecto de la vida de represión (en el ámbito sexual) que padecen las tapatías, así como sobre su frigidez y su frivolidad.

En el itinerario que se sigue en el laberinto de los versos de El pobrecito señor X se encuentra la identidad tapatía en muy diferentes matices. Uno de ellos, el espacio que habitamos como sinónimo del infierno, lugar hostil y carente de esperanza. Sin embargo, la vitalidad inherente a la existencia nos ayuda a seguir adelante: “Y me cae que eso dolía y daba vida”. Como la voz poética, los tapatíos podríamos considerarnos “inquilinos del infierno”, y como añade en otro momento, “farmacodependientes del miedo”.

¿Qué herencia recibimos los tapatíos? El alcoholismo, la inconsciencia y la resignación; la vida como desperdicio. “La vida poco tiene que ver con el álbum de familia”. El único deseo ante la fachada de estabilidad familiar es la muerte: “Propongo cerrar puertas y ventanas / y abrir la llave del gas”. Cada poema es una reiteración de los temas mencionados hasta ahora. Las ventanillas “nos enseñan a distinguir la vida de la teatral muerte”.

El espacio familiar se funde con el ámbito de la ciudad (de Guadalajara) y ambos comparten esa ruptura entre el ideal y la realidad. “En esta casa duele el aire”. No se trata pues más que de una mentira que se superpone a la verdadera esencia de la existencia, una pugna entre la familia y sus convencionalismos y el entorno oscuro y deprimente que habitamos.

Aunque tales espacios resultan familiares (la calle Obregón, la avenida Alcalde, el cine Park, el jardín del Santuario…) ello no les resta su calidad de zona hostil: “La ciudad no da la mano, no abre las piernas, tira patadas como monito de futbolito”. Y más adelante: “La calle tiene devastados los adentros”. Los tapatíos, insisto, desde la perspectiva de estos poemas, somos inquilinos del infierno.

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