Cuento

Cuentos

Marta Cerda

Inventario

Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: “Anda, ve a hacer tus necesidades”. El gato se paseaba imaginariamente por el parque y al cabo de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol. Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.

Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces le llamé: “Minino, minino”, y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla porque se imagina que yo me robé su gato.

 

De generación en generación

No, pues señorita señorita, lo que se dice señorita, yo nunca fui. Ha de ser re bonito que le digan a una: Pase, señorita. ¿Qué desea, señorita? Y señorita por aquí y por allá. Pero, pues para eso se nace, y yo nací señora. Bueno, señora señora tampoco, aunque una vez por poquito me decían: “Buenas tardes, señora”, y eso que no lo busqué, nomás porque la panza se me notaba a leguas. Entonces alguien descubrió que no era casada y al carajo, ni señorita ni señora.

Fui una niña gordita, de esas a las que todo el mundo les pellizca los cachetes. A los nueve años ya me pellizcaban las nalgas y se acabaron las esperanzas de llegar a ser señorita de las que huelen bonito y los hombres no pellizcan, como quería mi abuela: Mira, mija, para cuando seas señorita, me decía enseñándome un vestido blanco lleno de encajes que guardaba envuelto en papel de china, sin saber que yo ya no lo era. Pero para qué desilusionarla, pensé, y cuando cumplí trece años que le digo: Abuela, ya. ¿Ya qué? Pues que ya soy señorita. A la abuela se le salieron las lágrimas, se sonó fuerte y, en cuanto se repuso, me dijo: báñate con jabón de olor y luego vienes. Al rato ya estaba yo frente a ella, toda perfumada. Siéntate aquí, me volvió a decir, arrimando un banquito que usaba para subir sus piernas. Se quedó mirándome, parpadeaba apretando los ojos para que no se le escapara lo que veía, luego dijo suspirando: Ay, mija, cómo te pareces a mí cuando tenía tu edad. Mira nomás que ojotes, y tus dientes parejitos… no te vayas a sacar las cejas como se usa ahora, así juntas se te ven bonitas. A ver —seguía diciendo la abuela casi para ella— levanta más la cara, hum, sí, tienes las orejas de tu padre, lo bueno que el pelo te las tapa, nada más déjame cepillártelo bien. Y empezó a pasar un cepillo al que le faltaban la mitad de las cerdas, de arriba a abajo de mi cabello. Cuando terminó dijo: Levántate y camina. Caminé cuatro pasos, hasta el ropero donde guardaba el vestido blanco, mientras ella me decía: Camina como señorita. ¿Y cómo caminan las señoritas?, le pregunté. La abuela se levantó de su sillón, hacía mucho que no la veía de pie. Era alta y su espalda todavía estaba derecha. Así, mira, dijo dando unos pasitos por el cuarto sin ver al suelo, como si llevara en la cabeza un balde lleno de agua. Aplaudí, se veía tan bonita mi abuela, que hasta se me olvidó que yo no era señorita cuando sacó el vestido del ropero y me lo ofreció: Póntelo, es para ti, yo no fui digna de él, me decía con los brazos extendidos, sosteniendo el vestido por los hombros. Y siguió diciendo, ya sin mirarme: No pude estrenarlo, ese mismito día me quitaron la honra, los muy desgraciados… Clavé mis ojos en los suyos, que volvieron de muy lejos: Sí, póntelo, repitió. ¿Quiénes fueron, abuela? Por toda respuesta la abuela me abrochó los botoncitos de encaje que recorrían mi espalda. A ver, date la vuelta, me ordenó cuando llegó al último. Giré delante de ella. Ay, mijita, volvió a decir en un suspiro. Luego empecé a engordar y ella como si no se diera cuenta de mi embarazo.

Siete meses después murió mi abuela Nicolasa, Nico tenía una semana de nacida. Enterré a mi abuela con el vestido blanco. No tenía caso seguir guardándolo, Nico era igualita a mí, ya habían empezado a pellizcarle los cachetes.

Marta Cerda

Nació en Guadalajara, en 1945. Ha publicado Juegos de damas (1988); La señora Rodríguez y otros mundos (1990, novela) ha sido traducida al francés, al inglés, al griego, al noruego y al italiano; Y apenas era miércoles (1993), sobre las explosiones ocurridas en la ciudad en 1992; Todos los pardos son gatos (1995); este mismo año aparece Cohabitantes/Cohabitants, poemario bilingüe publicado en Estados Unidos; Las mamás, los pastores y los hermeneutas, algunos de estos cuentos han sido traducidos al inglés y al alemán; Cerradura de tres ojos (1997), publicado en Argentina; Toda una vida (1998), novela publicada en España, traducida al italiano y al noruego y seleccionada como El Mejor Libro de Ficción de 1998, por la Asociación de Libreros Italianos; Cuentos y recuentos es una antología personal publicada por Ediciones Arlequín en 2007. Su obra aparece en más de 20 antologías de cuento en EU, Chile, Uruguay y Argentina. Su obra ha recibido elogiosos comentarios y reconocimientos de la crítica especializada. Premio Jalisco 1998 en Letras. Directora de la Escuela de Escritores SOGEM Guadalajara y Presidenta del PEN Club de Guadalajara, ambos instituidos por ella en 1988 y 1994, respectivamente.