Juan José Arreola

autores jaliscienses

Juan José Arreola

El lay de Aristóteles

El lay de Aristóteles

Sobre la hierba del prado danza la musa de Aristóteles. El viejo filósofo vuelve de vez en cuando la cabeza y contempla un momento el cuerpo juvenil y nacarado. Sus manos dejan caer hasta el suelo el crujiente rollo del papiro, mientras la sangre corre veloz y encendida a través de su cuerpo ruinoso. La musa sigue danzando en la pradera y desarrolla ante sus ojos un complicado argumento de líneas y de ritmos.

Aristóteles piensa en el cuerpo de una muchacha, esclava en el mercado de Estagira, que él no pudo comprar. Recuerda también que desde entonces ninguna otra mujer ha turbado su mente. Pero ahora, cuando ya su espalda se dobla al peso de la edad y sus ojos comienzan a llenarse de sombra, la musa Armonía viene a quitarle el sosiego. En vano opone a su belleza frías meditaciones; ella vuelve siempre y recomienza la danza ingrávida y ardiente.

De nada sirve que Aristóteles cierre la ventana y alumbre su escritura con una tenue lámpara de aceite: Armonía sigue danzando en su cerebro y desordena el curso sereno del pensamiento, que se jaspea de sombra y luz como una agua revuelta.

Las palabras que escribe pierden la gravedad tranquila de la prosa dialéctica y se rompen en yambos sonoros. Vuelven a su memoria, en alas de un viento recóndito, los giros de su dialecto juvenil, vigorosos y cargados de aromas campesinos.

Aristóteles abandona el trabajo y sale al jardín, abierto como una gran flor que el día primaveral abastece de esplendores. Respira profundamente el perfume de las rosas y baña su viejo rostro en la frescura del agua matinal.

La musa Armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje.

Vuelve el filósofo a la celda, extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y llora en silencio la pérdida del don de juventud. Cuando mira de nuevo a la ventana, la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Aristóteles decide escribir un tratado que destruya la danza de Armonía, descomponiéndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos. Humillado, acepta el verso como una condición ineludible, y comienza a redactar su obra maestra, el tratado De Armonía, que ardió en la hoguera de Omar.

Durante el tiempo que tardó en componerlo, la musa danzaba para él. Al escribir el último verso, la visión se deshizo y el alma del filósofo reposó para siempre, libre del agudo aguijón de la belleza.

*

Pero una noche Aristóteles soñó que caminaba en la hierba a cuatro pies, bajo la primavera griega, y que la musa cabalgaba sobre él. Y al día siguiente escribió al comienzo de su manuscrito estas palabras: Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía.

Juan José Arreola

Nació el 21 de septiembre de 1918 en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, Jalisco. En 1930 empezó a trabajar como encuadernador. En 1937 se marchó a vivir a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Teatral de Bellas Artes. Publicó, en 1941, su primera obra, Sueño de Navidad. En 1945 colaboró con Juan Rulfo y Antonio Alatorre en la publicación de la revista Pan, de Guadalajara y pudo viajar a París. Un año después regresó a México. A su vuelta empezó a trabajar en Fondo de Cultura Económica como corrector y autor de solapas y obtuvo una beca en El Colegio de México gracias a la intervención de Alfonso Reyes. En 1949 apareció su primer libro de cuentos, Varia invención. En 1950 recibió una beca de la Fundación Rockefeller. Su obra maestra, Confabulario, fue publicada en 1952 y recibió el Premio Jalisco de Literatura, a este le seguirían el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes y el Premio Xavier Villaurrutia. A partir de 1964 dirigió la colección “El Unicornio”, y se inició como profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1972 se publicó la edición de Bestiario, que completaba la serie iniciada en 1958, con Punta de plata. Su prestigio fue ascendiendo y en 1979 fue galardonado con el Premio Nacional en Letras, en la Ciudad de México y en 1992 el Premio Juan Rulfo, al que seguirían el Alfonso Reyes y Premio Ramón López Velarde. En 1992 participó como comentarista de Televisa para los Juegos Olímpicos de Barcelona. Murió el 3 de diciembre del 2001

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El nido en la rama

“En mi sueño, al final de mi brazo entre mis dedos, reposaba el nido en el que Diana era un tierno polluelo que me pedía de comer. Yo era un árbol de follaje generoso, mis hojas tremolaban y con ellas entonaba una dulce canción. Luego comprendí que le cantaba su destino. Y ahora mi hija llora, llora porque su suerte no es como la de todas. ¡Oh!, los sueños deberían ser tomados en cuenta en su justa medida. No basta con ser un árbol de espeso follaje; con una hija como Diana, una debe ser también el gavilán y la ratesa. Todo junto, para salvarla de sus pesadillas. Ahora mi Diana llora, y yo estoy triste por ella”.

Suspiró hondamente Karen Tejedora, mientras contemplaba desde su ventanal abierto la misteriosa fronda del ficus, en la que siluetas de pajarillos se movilizaban entre las ramas. El olor profundo a humedad llenaba su nariz. Todavía podía oír los sollozos de la chica en su recámara. La madre se angustiaba pero ya se le habían agotado todos los recursos y se sentía quebrantada, ¿cómo puede una madre liberar del dolor a una hija ante una tragedia que si para los demás no tenía gran importancia, en cambio para Diana significaba la derrota de sus esperanzas? ¿Cómo podía caber en una ilusión rota la palabra «esperanza»? Esa era la situación para Diana, y más valía comprenderlo, de otra forma ¿de qué nos sirvió haber vivido nuestra primera gran derrota cuando fuimos pequeños? La primera gran desilusión es también la primera gran victoria sobre nuestra biología, porque en ella se cristaliza el deseo de libertad, pensó Karen.

La chica había dejado de llorar, deambulaba por la cocina y luego llegó hasta el ventanal con un bote de helado, del que comía sin muchos ánimos.

—¿Quieres? —dijo Diana.

—Sí quiero —repuso Karen y cogió la segunda cuchara clavada en la nieve dentro del bote.

Miraron la urdimbre de hojas tupidas por un largo minuto, en silencio, hasta que Diana dijo:

—¿No es extraño?

—Qué.

—Me da la idea de que el ficus parece una ciudadela.

—Yo imagino que es un gran edificio de apartamentos con vecinos de veras escandalosos. Porque entre ellos sus trinos han de resultar muy escandalosos.

—Cierto.

Diana y Karen se quedaron otra vez absortas en el movimiento de las aves. Pronto comprendieron que reñía una pareja. Por lo visto pajarito estaba muy tirado a la flojera y los polluelos tenían hambre; pajarita quería darse un respiro, pero el otro tomaba cualquier pretexto para distraerse. Lo que pasaba, pajarito replicó, era que quería cuidar a consciencia el territorio, pues el altanero vecino le provocaba enorme desconfianza con sus trinos arrogantes. La verdad es que podría estar celoso, pues la pajarita no estaba de mal ver y de cuando en cuando se echaban ojitos el otro pajarito y ella y ya se sabe que el pajarito es fuego y la pajarita paja, sopla el diablo y se van al carajo nido, polluelos y parejas. Pajarita, muy fastidiada, dijo que para el invierno habría que emigrar y era muy probable que se olvidaran uno de otro o muriera alguno de ellos en el camino, así que resultaban inútiles sus preocupaciones; sería de mayor provecho trabajar más duro y vivir en paz y contentos con lo que había. Pajarito se sobresaltó, dio tres picotazos en el tronco y lanzó un trino determinado: «El amor es para siempre.» Pajarita meditó por unos segundos y preguntó a su vez: «¿Qué es eso de para siempre?» Pajarito señaló a los polluelos y añadió: “Ellos, y los otros que empollaremos, y los que ellos a su vez empollarán. Eso es para siempre”. Pajarita caviló un poco más y mediante un trino no muy convencido quiso saber: “Qué te hace pensar que deseo permanecer el resto de mi vida a tu lado en mi nido y luego en mis descendientes”. Pajarito dudó por unos segundos, luego añadió con astucia: “Ah, es que nos une algo que no se ve. Nos une un sentimiento. He oído decir a los humanos la palabra amor. El amor nos une”. Pero la pajarita era muy quisquillosa. Tras otra pausa, luego de limpiarse el pico, dijo: “¿Y si yo no te amara?” Pajarito concedió: “Entonces no estaríamos unidos”. Pajarita agregó: “Pero sí juntos”. “Muy cierto”, replicó pajarito. “Lo cual es una tontería porque debe unirnos un sentimiento, ¿no es verdad?” “Sin duda”, replicó pajarito, confuso. “Con todo, eres del parecer que debe unirnos el amor”, insistió pajarita. “Así es”, dijo con gran convicción y aleteó pajarito. “Pues perdemos el tiempo”, dijo pajarita, “porque yo no te amo. Tuvimos un par de huevos, nacieron nuestros polluelos, pero estoy harta de ti y de tus trinos. No te amo y apenas acabemos de criar a los chicos emigraré por mi cuenta”. Pajarito tartamudeó: “Pe-pero ¿por qué?” pajarita agitó su cola, aleteó desesperada y antes de ir a buscar más alimento, gritó en un trino: “Porque el amor es compromiso, respeto y trabajo de dos, pero tú estás más ocupado con tus nuevas conquistas y en conseguir cómo picar pleito con el vecino. Sábelo, apenas termine la temporada, me largo”.

—¿Se irá? —quiso saber Diana.

—Tú qué harías.

—Lo mandaba con los gatos. Es un loquito sin escrúpulos por lo que se ve.

—Y si se queda con pajarito sería muy tonta, ¿no es cierto?

—Tontísima, ni siquiera vale la pena llorar por un pajarito tan bobo.

—Es lo que yo digo —repuso Karen y miró al cielo de manera significativa—. Hay tantos pajaritos…

—Y por qué lloro por un bruto como Lalo, mamá.

—Porque el amor a tus catorce años es un misterio rodeado de hojas que no te dejan ver dos cosas: que hay más chicos y que lo que buscas es dar sentido a tu vida. Necesitas darte tiempo.

—¿Siempre será así? ¿Una chica siempre llora por amor a un chico?

—No, otras veces llorarán los chicos por ti. Así es la vida. Lo importante es que habrás vivido, reído y llorado…

Pasaron largos minutos. Pajarito, al ver que la hembra del otro nido se encontraba sola, saltó entre las ramas, hizo la corte a la pajarita solitaria y remontaron entre las hojas, luego ella se puso de modo que pajarito se trepó sobre su lomo.

—Pajarito es un cerdo —dijo con acritud Diana—. Y esa otra pajarita una piruja de lo peor.

—En la naturaleza —dijo Karen—; las cosas no siempre son justas. La vida es elección: uno debe vivir del lado de la justicia por dignidad, o del lado de la injusticia, por conveniencia. Qué deseas que ocurra.

—Quisiera que llegaran pajarita y el otro pajarito.

—¿Luego?

—La venganza.

—¿Segura? Que así sea.

Y dicho esto, todas las hojas del ficus parecieron girar como si se tratara de engranajes, lo mismo que los destellos del sol entre la fronda, incluso las pupilas del gato que se asomaba en el jardín. Cuando copulaban una vez más los adúlteros pajarillos, sonó el trino feroz del macho ultrajado, que se abalanzó sobre pajarito, el esgrima de picotazos fue vehemente, rodaron violentos y ruidosos por las ramas hacia abajo. Justo entonces el esponjado Cómodo maulló entre grandes zancadas, sus movimientos fueron relampagueantes y certeros. De un zarpazo hirió de muerte a uno de los pajarillos, al otro lo atrapó por la cabeza y en el lapso de tres minutos la carnicería había concluido. Diana se quedó estupefacta, casi no podía comprender los sucesos.

—Ahora viene el verdadero drama —suspiró Karen—. Ambas madres deberán sacar adelante a sus polluelos por sí solas, hayan o no amado a sus belicosos pajaritos. ¿Qué opinas?

—Están muertos —dijo atónita la muchacha.

—Qué esperabas —replicó Karen—. Pediste que los sorprendieran los cónyuges. Así sucedió. Lo demás son las consecuencias obvias en los peligros de una vida de pájaro. Se distrajeron en su lucha, el gato aprovechó y han muerto; ya no hay remedio.

—¡Vaya!, lo que se aprende de los pájaros es interesante.

—Y por qué llorar a un pajarito que ha sido tan miserable, ¿no crees?

—Bueno, a veces una llora por sí misma.

—El amor propio, ¿mh?

—Eso.

Ambas comieron un poco más del helado. El gato se limpiaba las plumas del bigote, maulló con pereza y saltó a la ventana para meterse a la casa.

—Eres un tragón sin sentimientos —replicó Diana y acarició al gato, al que no sabía si quererlo o detestarlo.

Cómodo se acurrucó, aunque las rendijas de sus ojos parecían más alertas que nunca cuando los polluelos piaron en el follaje. La pajarita lanzó miradas inquietas hacia la ventana por unos segundos y enseguida emprendió el vuelo.

—¿Qué hará ahora? —dijo Diana.

—Lo de siempre, hija. Ocuparse de sus crías y vivir mientras tenga aliento para ello. Nada más tonto que llorar hasta morir de tristeza, porque quien se alía con la vida, se alía con el amor y con la esperanza. De otro modo, para qué tanto esfuerzo de los padres de la pajarita, ¿no te parece?

—Es muy cierto —repuso Diana.

Al concluir el helado, Diana enfiló hasta el velador del cual cogió el teléfono inalámbrico, marcó un número con precisión, contestaron, dijo su nombre, luego tres veces «sí» y finalmente se despidió.

—¿A quién le llamaste, corazón? —repuso la madre, un poco inquieta.

—A otro Cómodo, mami. Un Cómodo más rechoncho, más fiero y con más hambre que nuestro gato. Me voy a hacer la tarea.

Karen supo que era inútil insistir con su hija, pero sus palabras enigmáticas la ponían más y más nerviosa. Tomó el teléfono y oprimió la tecla de remarcado, sonó tres veces y luego la voz en la contestadora: «Hablas a casa de tu mero padre. Es obvio que o no me da la gana contestarte, o estoy cagando en el trono o de plano fui a chingarme a un pendejo. Deja tu mensaje, luego me reporto.» La mujer soltó el aparato con terror; en el momento en que se estrellaba contra el suelo, vio que la infiel pajarita intentaba vengar a su pajarito muerto, pero a Cómodo le bastó con esquivar el aletazo, luego lanzó la dentellada. Unas gotas de sangre quedaron impresas en el cristal, y fue todo.

Tomado (con autorización) de la página del autor: Cuentos

Sergio-Jesús Rodríguez

Escritor nacido en Guadalajara, Jalisco, México. Novelista, poeta, cuentista, es autor de varios libros: Un cangrejo en la madeja, El señor de las termitas, Las mínimas invasiones, En el abismo, Bartolo, Aprilis, Alma negra, La niebla y otras geografías, Alhajas, El estupor y la niebla, Blue-jeans, Las piernas de Lákhesis, Cola de salamandra, Si por tu jardín la brisa. Egresado de la Universidad de Guadalajara, es además conferenciante en la promoción de la lectura, corrector y ha sido profesor, investigador y locutor radiofónico, entre otras actividades.

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Gato

Para aplazar las sábanas frías que me esperaban en mi departamento me refugiaba en el Areopa que a fuerza de música y parroquianos alegres guardaba una tibieza muy lejana del invierno exterior. Ahí la vi por primera vez. Trabajaba como mesera y era la mujer más guapa que había tenido cerca de mí: caderas estrechas, piernas armoniosas, senos firmes y pequeños; quizá demasiado alta para nuestras costumbres. Sus ojos líquidos conminaban a envolverla y llenarla de besos. “Única”, sería el adjetivo para describirla. Despertaba en mí un inaplazable deseo de sexo y de ternura.

No me gusta la cursilería, pero creí que era necesario llevar un ramo de flores cuando la esperaba a la salida del trabajo. Sonreía con gracia, le temblaban las manos. En la tercera cita ya estaba pegado a sus senos. Aquello era un ahogo y un milagro. Me incomodó que rehuyera mis caricias más íntimas.

—¿Qué te pasa?

Yo sabía que su empleo era más cercano a la prostitución que a la cocina. Ella me miró a los ojos, con una especie de angustia o de reproche.

—Si tú quieres me caso contigo —dije en un arrebato de amor y de deseo.

—No es lo que parece —murmuró—, nada es completamente cierto.

—Ah, resulta que eres filósofa.

Acaricié sus manos largas, besé su cuello.

—Tú también me gustas… mucho.

La voz de un tono grave era sensual y tibia.

—¿Te animas a vivir conmigo?

Mordí suavemente el hombro blanco. Sonrió.

—No todo es lo que parece. ¿Sabes que mi destino me lo reveló un gato?

—¿Te gusta la literatura? Ya sabes que los gatos son mensajeros.

Otra sonrisa escéptica.

—No es literatura, si me cuidas te cuento cómo un gato me trajo la clave de mi existencia.

—Estoy dispuesto a cuidarte todos los días de la vida.

Estaba apasionado y borracho y dispuesto a dejarme mandar por esa hembra hermosa, dispuesto a quererla y a cuidarla y morirme pegado a ella. Dejó sobre la mesa la copa que vibraba en su mano. Sus ojos parecían cercanos al llanto.

—Escúchame. Eres muy joven. Trata de entenderme. Vivía yo entonces en una ciudad pequeña, Tepic o Aguascalientes, ponle cualquier nombre. Tenía dos hijos, un niño y una niña de 8 y 6 años y los amaba… bueno, tú sabes… como se ama a los hijos, aunque no me gustaba demostrar afecto. “Mimas a los niños y al rato se te suben al cuello”, decía mi padre. Mi relación con ellos era distante y firme, nunca les faltó nada: tenían una casa limpia, alimentación sana, todo lo de la escuela y hasta algunos juguetes. Te estoy hablando de hace apenas unos meses. Hace cuatro años murió mi padre. Era un hombre duro. A fuerza de golpes y de castigos me formó el carácter. No éramos pobres; mi padre había sido militar y tenía una pensión que supongo era suficiente pues no había mayores gastos en la casa. A pesar de ello más de alguna vez nos dejó sin comer, a mí y a mi madre “para que valoren lo que tienen”, decía. Me imponía tareas rudas: cargar ladrillos de un lado a otro del patio, asear los excusados y lavar interminablemente el Valiant azul que de vez en cuando conducía. Estábamos hechos a la vida austera. No conocí el gozo de un paseo o la alegría de un juguete elegido por mí. Cuando alguna vez me caí de una bicicleta prestada, la reacción era siempre: “Usté no chille, cállese”. A los pocos parientes que acudieron al funeral no les extrañó la serenidad con que recibí su muerte. Al año lo siguió mi madre. Ella que era toda dulzura, toda cariño, me prodigó un amor casi secreto, pues en casa estaba estrictamente prohibido que me tratara con ternura. En la infancia me acarició dos veces, ¿recuerdas el olor del mar o del pan recién horneado? Así recuerdo yo aquellas dos caricias. La primera la asocio con una boleta de calificaciones llena de excelentes —no podía ser de otro modo por el miedo a mi padre—: llegué de la escuela y se la enseñé a ella, se sentó a la mesa y mientras la leía pasaba su mano suavemente por mis piernas. Para la segunda caricia fue necesario que me extrajeran el apéndice y se infectara la herida. Entonces en aquel hospital público, mientras la enfermera me extraía líquidos espesos de la abertura apestosa, mi mamá pasó su mano por mi cuerpo. Por aquel tacto tibio bien valía la pena que volvieran a operarme. Dos caricias tuve en la infancia. No hubo más. Pese al profundo dolor, en su tumba no pude dejar ni una lágrima. La amaba entrañablemente, pero no hubo ofrenda de tristeza cuando faltó a mi lado. Papá, en un gesto magnánimo, me había ofrecido estudiar contaduría como alternativa a la carrera militar. Me recibí con honores de una profesión aburrida y monótona en la que pronto encontré un buen empleo. Me casé y formé una linda familia. En casa no había crueldad ni violencia, si acaso una especie de frío constante, que nadie sabía cómo remediar. Los chicos, 8 y 6 años (ya te lo dije) eran callados y serios, iban bien en el colegio gracias a mis cuidados y en casa había orden y silencio. Entonces apareció el gato. Era un gato muy chico, gris con rayas negras: animalillo corriente de esos que tiran a la calle. Una noche maulló en el patio con un maullido largo y lastimero. Ordené que lo corrieran. No fue posible. Salí con una tabla a ahuyentarlo; se recogió en sí mismo en un ovillo de pelo, y por primera vez, la primera de muchas primeras veces, no fui capaz de golpear a un animal: sentí lástima. Ahí déjenlo, dije, que nadie le tire de comer. No fue necesario: fui yo quien apartaba los sobrantes de la comida y los dejaba en el patio. Es preferible dárselos a que se los coman las ratas, me justificaba. Por las noches, en la ventana de mi cuarto, me sorprendía la fosforescencia de una mirada azul. Es hembra, dije a mis hijos, miren su tamaño pequeño y sobre todo vean las visitas que tiene: grandes gatos machos se disputaban a garra y maullido el derecho al apareo. Mi casa, antes silenciosa, se transformó en un continuo concierto de reclamos eróticos. Los niños corrían para descubrir el sexo licencioso de los gatos, reían a carcajadas y yo no encontraba el hilo perdido de la disciplina. Le llamamos Tita; nunca fue nuestra. Vivía en el patio pero no se nos acercaba. Algún vecino explicó que pasada cierta edad el gato pierde la capacidad de ser domesticado, o más bien, los humanos nos volvemos incapaces de domesticarlo. Eso tiene un nombre, son gatos ferales, no salvajes, no silvestres: ferales. Viven a nuestras expensas sin retribuir compañía o cariño. Son desconfiados y tercos. La Tita era feral. No crecía, se mantenía pequeña y huraña. Siempre le guardé comida y ella, tras el vidrio, iluminaba los insomnios conyugales. Una noche escuchamos quejas agudas y aún más fuertes que de costumbre. Estos animales se aman con chillidos de recién nacido, expliqué a mi propia angustia. Me asomé y vi a Tita que se defendía de la monta agresiva de un felino amarillo. Debe estar preñada, expliqué a la sonrisa maliciosa de los niños. Las gatas cargadas no admiten otro macho, así es la naturaleza, váyanse a dormir. Al día siguiente vimos a la Tita enroscada y triste, tal vez lastimada. Quisimos acercarnos, nos tiró un zarpazo de uñas agresivas. Déjenla, animal ingrato. Esa noche no hubo mirada fosforescente tras el vidrio. Dos o tres días después el animal se levantó trabajosamente y con pasos tambaleantes vino a mi encuentro; sólo me miró, me miró a los ojos, dio la vuelta y se echó a mi lado. Era yo entonces más insensible que ahora y aun así sentí una contracción en el pecho, me acerqué y la revisé meticulosamente. Tenía una desgarradura honda en el costado, de la que se desprendía un aroma caliente y negro. La herida llegaba hasta los testículos. Entonces no es gata, me dije y les dije a los niños: no sé por qué se apareaba, eso no es natural, no lo comprendo; está lastimada, hay que curarla. Pasé el fin de semana entre fomentos y antibióticos que prescribió el médico de la familia. El lunes, antes de ir al trabajo, mi corazón temblaba: murmuré palabras cariñosas, le arrimé agua, puse alimento en el hociquito tembloroso. Tita comió, después se arrastró a un rincón del baño y se quedó quieta. Cuando regresé la encontré lívida, tiesa. Recordé la temperatura del cuerpo muerto de mi madre, recordé los ojos ausentes de mi padre, recordé aquellos “Usté no chille, cállese”. Me doblaron los sollozos, un río de dolor salía por mi boca; mis hijos me miraban asombrados, tuve que esconderme en mi cuarto. Lloré por todos los dolores, por la falta de amor, por las dos caricias que me dio mamá, por los castigos inmerecidos, por las tareas duras, porque no tuve una muñeca para jugar, porque no sé dar besos, porque me casé con una mujer buena y tuve dos hijos a los que amo y que nunca he abrazado. Lloré, lloré por muchas horas, entendí muchas cosas, el mensaje de Tita. Y en la muerte le dije a mi padre: Te equivocaste, viejo, los hombres sí lloran, y si no puedo llorar como hombre hoy sé lo que soy, lo que he sido desde siempre. Pasaban los días pero no la pena. Mi esposa me miraba como si no me conociera, los niños se comportaban aún más taciturnos que antes. Decidí cambiar de ciudad. Abandoné hijos y mujer; les hacía daño mi presencia. Estoy aprendiendo a vivir como soy, conociéndome a mí misma. Ya ves, trabajo en el Areopa donde conozco gente linda como tú y estudio una carrera que realmente me gusta.

Limpió las lágrimas de sus ojos profundos.

—Estoy en tratamiento hormonal antes de decidirme por alguna cirugía. Extraño mucho a mis hijos, pero quiero ser honesta con ellos. Espero que más adelante me entiendan. Antes de venir para acá les regalé un gato.

Teresa Figueroa Damián

Poeta, narradora y promotora de lectura. Desde su Centro Cultural Los Ariles, en Tonalá, además de promover la lectura, que impulsa de manera cotidiana, organiza una serie de actividades artísticas y culturales. De su taller de creación apareció el libro colectivo El vuelo del colibrí. Colaboradora de la revista digital www.agora127.com, sus textos narrativos denotan el intenso aliento humano, pasional y emotivo que impregna toda su obra, de una innegable calidad artística. Puedes ver otros textos suyos en los siguientes enlaces: Ágora número 18número 17número 14número 11.

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Teófilo Guerrero

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Qué nos deja Artaud

Las cosas andan mal porque en este momento el mayor interés
de la conciencia alienada es no salir de su enfermedad.
Antonin Artaud

¿Se le podrá seguir considerando loco a Artaud en un mundo en el cual se regresa a los errores del pasado, en el que miles mueren de hambre mientras otros desbordan opulencia, un mundo, una realidad que desprecia al otro por su misma condición de otredad, un mundo que proclama el imperio de la razón y la lógica pero que no es lógico ni razonable? ¿Quién es el loco?

Artaud era un artista absoluto, cuyo fin metafísico estaba quizás más lejos que el objetivo de otros artistas, pero si por eso debía ser considerado loco y ser víctima del electroshock la sociedad que lo sentenció a tal destino no puede ser tan sana. La misma sociedad que ahora, en buena parte, reivindica al marsellés, no sin cierta dosis de tergiversación e ingenuidad, tal y como lo sostiene Derrida:

“¿Bajo qué condiciones puede legítimamente un teatro hoy inspirarse en Artaud? El que tantos directores de teatro quieran hacerse reconocer como los herederos, incluso (así se ha escrito) como los ‘hijos naturales’ de Artaud, es solamente un hecho. Hay que plantear además la cuestión de los títulos y del derecho. ¿Con qué criterios se podrá reconocer si una pretensión como esa es abusiva? ¿Bajo qué condiciones podría ‘empezar a existir’ un auténtico ‘teatro de la crueldad’? Estas cuestiones, a la vez técnicas y ‘metafísicas’ (en el sentido en que Artaud entiende esa palabra), se plantean por sí mismas en la lectura de todos los textos del Teatro y su doble, que son solicitaciones más que una suma de preceptos, un sistema de críticas que conmueven el conjunto de la historia de Occidente más que un tratado de la práctica teatral”. (J. Derrida, La escritura y la diferencia, Anrhropos, Barcelona, 1989, pp. 318-343).

Pero, ¿y qué nos deja Artaud?

Artaud no nos deja nada que nosotros no intuyamos, porque Artaud antes que nada nos invita a revalidar el sentimiento puro, la emoción en crudo, escupe a la sociedad para que se limpie la mugre de la cara, blasfema para recordarnos que debemos orar, se masturba sobre nuestros deseos reprimidos para despertarlos, defeca en nuestras cabezas para obligarnos a sentir, aunque sea odio. Artaud no puede ser ignorado:

“Si hoy en día, en el mundo entero —y tantas manifestaciones lo atestiguan de manera patente— toda la audacia teatral declara, con razón o sin ella pero con una insistencia cada vez mayor, su fidelidad a Artaud, la cuestión del teatro de la crueldad, de su inexistencia presente y de su ineluctable necesidad, adquiere valor de cuestión histórica. Histórica no porque se deje inscribir en lo que se llama la historia del teatro, no porque haga época en la transformación de los modos teatrales o porque ocupe un lugar en la sucesión de los modelos de la representación teatral”.

Uno de sus herederos naturales, Jerzy Grotowsky, lo cuestiona sistemáticamente en el prólogo de Tres piezas cortas pero no puede dejar de reconocerlo como “un poeta de las posibilidades del teatro”, porque a Artaud lo han reflexionado gentes como Jacques Derrida, Susan Sontag, Julia Kristeva, Phillipe Sollers, Peter Brook, Peter Weiss, etcétera, por no decir que una buena parte de la élite del pensamiento occidental del siglo XX.

Artaud está en el Living Theatre, en Robert Wilson, en Peter Brook en Peter Weiss, en la Fura dels Bauls, en el Theatre du Soleil, en todo aquel intento de alcanzar lo infinito: “El espectro de Artaud pasó a ser nuestro mentor”: Julian Beck; “lo que quería en su búsqueda de lo sagrado era absoluto: deseaba un teatro que fuera un lugar sagrado”: Peter Brook; “Artaud era un gran poeta del teatro”: Jerzy Grotowsky; “Artaud aun en su silencio providente se expande, y aun en la plenitud de su frenesí o en su vacío es revelación de fecundidad”: Luis Cardoza y Aragón; “la obra de Artaud niega que exista cualquier diferencia entre arte y pensamiento, entre poesía y verdad”: Susan Sontag; “la solución será un retorno a una existencia primitiva, a la conciencia prelógica… el nombre de Artaud evoca una fórmula: Primitivismo Ritual. Crueldad. Espectáculo”: Christopher Innes.

Artaud es como la conciencia, como su mismo pensamiento, se nos escapa, nos invita a alcanzarlo para después correr, si lo queremos entender podemos sentirlo en los rincones de nuestro pensamiento retorcerse de dolor, el dolor de no alcanzarse, el dolor que puede ser tan grande que no hay lenguaje que pueda expresarlo. Aun así, en su imposibilidad Artaud nos deja el suficiente material para seguir bosquejando el infinito.

Teófilo Guerrero

Guadalajara, Jalisco, 1969. Estudió en la Universidad de Guadalajara casi todas sus carreras: derecho, teatro, guionismo, y no siguió acumulando otras porque ya era demasiado. Cuando concluyó sus estudios de teatro, se percató de que éste no se aprende en las escuelas, sino en el foro. Ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a escribir dramaturgia, lo único que sabe es que lo hizo por necesidad: necesitaba una obra para sus compañeros de carrera, y también dinero. Desde entonces no ha parado, escribiendo y actuando. Tiene varios textos publicados, entre los que se cuentan: Artaud. Bosquejo de sí mismo, Sin respuestas, A+B o el amor por sobre todo, Café para intelectuales. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artísticos de Jalisco y ganador del Primer Certamen Nacional de Teatro Infantil y Juvenil.

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Disección del puente

Doy la vuelta, para no dejar ir tu voz al vacío
de los volúmenes olvidados. Abro la bruma, te interno
en la bruma, te doy con la bruma en la lengua
para que tu cabeza cante.

Expongo viejas grosellas de tumulto,
que puedo escuchar bajo el manto frutal del rojo
y sobre el mundo hiperparlante abro la rampa de mi oreja
hipnotizada por las montañas de tu pupila verbal.

Dejarte decir de largo tu aglutinamiento
y poner un ojo que acecha en tus desparramadas películas.

Tu película me deja fría, tu película hierve
en mi ansiedad de oído atento. (Los espacios mudos
son también los gritos gráficos que nos acompañan.)

Cada músculo del vendaval se nutre de mi espera
de párpado extasiado. Cada letra de tu agarrar es voz
subiendo su escalen predilecta. Cada cicatriz de ti
en mi orificio auditivo es una flor de suspenso.

Te escucho porque albergo mil pedazos
que palpan un cerebro interior. Cerebro de hielo
que se funde bajo un cristal conjugado.

Es inútil cerrar el receptor.
Mi receptor es vida que mueve su retícula
para alcanzar su parte de ingreso. Dejar que ingrese
el rojo labor de tu tránsito y abrazada a la paráfrasis vital,
sentirte acceder.

*
Llenarte de culebras cansadas, ha sido mi cuerpo.
Llevar el lodo alado, besar de lodazal en la abierta
química. Esta mordaza lúdica no son mis manos,
son, instante ingenuo de tu calca, las desvanecidas
para llenarte de calvas en la selva, llenarte
como lluvia llorosa en tu pulgar de llave maestra.
Entre la hierba puedo cambiar, yacer, mientras te inundo
de llamadas extrañas de extraer la llanura
sobre el horizonte de tu deseo, sobre la gravidez del golpe
y sobre cuerpos, nuestros y cosificados.
Hay que llenarte como a la olla en la llama,
ponerte de fondo físico mi lunar tan otro.
Este lugar no es mi cuerpo, este cuerpo no es mi labio.
Te lleno para extraviar el huracán.

*
Llenar, ahogar, sembrar, conectar, improvisar en tu luz.
Luz de cuna de lobo de labio. Cambiar, para ti,
la quemadura del cántaro. Y al corresponder
a tu cúspide de ahogo, labio tímido, te mido
al llenar, otra vez llenar tu vacío de río de narciso feliz
en la flauta que no cesa. Musicalizar, incorporar tu nevado
al lomo de la muela. Aquí la muela flota, la curva canta,
la cortina celebra su disfraz y tú te juntas.
Colgar, amar, zafar, aventar aquella voz de mamas mansas
en que ríes río, ruedas en la pena púdica de tu texto,

*
¿cuál es el rostro que roza mi rueda?
¿cuál es la rima que rodea la razón, quién roba?
¿a quién robarle el remo?
¿con cuál amor rascas inútil en riscos de rapiña?
¿con quién restas, cuál reino y qué ritual?
¿cuál es el respiro que rasga el ropero al retrasar
la reuma? ¿ríes?
¿rieles en tu risa de ramillete erizado?
¿el ramaje lo recuerda? ¿como el recital?
¿si tu rostro dejan el rastro, si tu erupción
argumentara el rotavirus, si el rímmel rajara?
¿en qué rincón, con qué resorte?

*
¿abierta te alzas?
¿aérea, como aro de ave te alzas en árboles de asombro?
¿te ampara el adverbio? ¿te abraza el páramo del artículo?
¿te aleja el hiperactivo verbal del hecho?
¿no tienes hechura? ¿no hay hinchazón en el aura?
¿eres alma y músculo y molécula?
¿el núcleo en la erosión del arco?
¿se aleja, te afrenta, te alaba el ardor?
¿te alzas en el ártico del amor, como arcángel domado?
¿te drogas? ¿te doblega el dominio del descuido,
te duplicas, en la disolución del ámbar?
¿del ámbar hambriento?

Laura Solórzano

Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1961. Estudió la carrera de psicología en la Universidad de Guadalajara y después artes visuales en la UNAM. Ha publicado los libros de poesía Evolución (Universidad de Guadalajara, 1976), Semilla de ficus (Ediciones Rimbaud, 1999), Lobo de labio (El Cálamo, 2003), Boca perdida (Editorial Bonobos, 2005), Un rosal para el señor K (Universidad de Guanajuato, 2006), la antología personal El espejo en la jaula (Secretaría de Cultura, Jalisco, 2006), el libro Lip Wolf, traducción al inglés y publicado por Action Books en Estados Unidos en 2007. Ha formado parte de las siguientes antologías: Sin puertas visibles (Ediciones Sin Nombre, Universidad de Pittsburgh), Eco de voces (UNAM-Conaculta), Poesía viva de Jalisco (Universidad de Guadalajara), Pulir huesos (Galaxia de Gutemberg, España, 2008). Su libro más reciente, Nervio náufrago fue publicado por la Editorial La Zonámbula. Trabaja como maestra en el Centro de Arte Audiovisual y en la Sogem de Guadalajara.

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