Cuento

El último charro

Francisco Rojas González

I

El día 11 de diciembre toda la población de La Barca festeja paganamente la víspera de la feria consagrada a la patrona Guadalupita. Las estrechas calles del pueblo adornadas con festones de papel multicolor, en cuya gran policromada dominan los colores de la trilogía patriótica: verde, blanco y rojo, no dan cabida a la multitud que, comiendo cacahuates y chupando cañas de azúcar, recorre el pueblo, sin importarle los quemantes rayos del sol semitropical, ni el polvo que tras sí dejan las cabalgaduras o los carruajes en que la gente acomodada transita, admirando, a su modo, las sencilla galas con que el pueblo se ha vestido en honor de la india del Tepeyac.

La Barca, risueño pueblo de Jalisco, celebra como muchos otros del país, el 12 de diciembre; fecha en la que, según la dulce tradición, la Virgen de Guadalupe se apareció ante los ojos extasiados del buen Juan Diego.

Las autoridades del pueblo, representadas por liberalotes, aprovechan la afluencia de gente de los alrededores para organizar ferias y festejos y, en tácita sociedad con el cura párroco, poner infinidad de medios con objeto de que la rancherada deje sus ahorros anuales, ya bien en provecho de las arcas municipales, o en el de los ávidos cepos de la parroquia de la feligresía.

Desde un mes antes, grandes carteles repartidos entre los principales pueblos del Bajío, anuncian profusamente las lucidas fiestas. En las esquinas de las calles de Ocotlán, Jamay, Atotonilco el Alto, Ayo el Chico y hasta en las de la lejana y bella Uruapan, aparecen los programas impresos en tintas fuertes y chillonas:

 

Gran Feria de Guadalupe

en La Barca, Estado de Jalisco Libre

que empezará desde el diez de diciembre

y terminará el quince del propio mes

iiGrandes Festejos!!

Bailes Populares, Carreras de Caballos,

Juegos de Cucaña, Fuegos Artificiales,

Pastorelas, Profusa lluminaci6n, etc.

Para dar mayor amenidad a los Festejos,

se han contratado las famosas Bandas de

Música de Ocotlán y Atotonilco, las que

en amistosa competencia con las de este

lugar tocarán todas las noches en las

serenatas que se darán en la Plaza de Armas

iiA Divertirse, A Gozar!!

Nota: el cumplimiento del programa lo garantiza La Comisión

 

Desde el día 9 en la noche, la gente comienza a llegar al pueblo en numerosas caravanas y usando diferentes clases de vehículos: desde el raudo ferrocarril hasta el dócil y calmudo pollino.

A las nueve de la mañana del día 10, ya los hoteles y mesones son incapaces de contener a la multitud que aumenta mientras más tiempo pasa, invadiendo hasta los portales que rodean a la coquetona placita de armas.

El número saliente del programa del día 11, víspera de la gran fiesta, serán las carreras de caballos. Los hacendados de la región han puesto su nombre y su hacienda en sus briosos potros.

En todo el pueblo no se oye más que ponderar la ligereza del caballo de la hacienda de “La Luz”, la finura de remos del penco de Zalamea y la gallardía del alazán de Cumato. Todo es entusiasmo y alboroto. Las horas se alargan infinitamente. La gente pobre, desde tres horas antes, emprende la caminata hasta el lugar en que ha sido acondicionada la pista. Los ricachones comen precipitadamente y ordenan que preparen el coche o el caballo que deberá llevarlos a las carreras.

¡Por fin! Las dos y media de la tarde. ¡Uf, qué calor! Todo el pueblo se ha trasladado al terreno en que se ha improvisado la pista. Amplias graderías de tablas y vigas, acondicionadas provisionalmente, esperan a la multitud que empieza a llegar en compactos y pintorescos grupos.

—Allí viene el coche de don Julio Rivera… ¡Mira no más, manito, qué lindas están sus hijas! —se oye que dicen entre la bola.

—Mira —dice otra voz—, orita se está sentando con don Manuel Villalpando, viene con su hijo Pepe y su esposa…

—¡Uyuyuy… chispiao, bien haigan los hombres arrechos! Ai’stá Cornelio Espinosa…

Y un charro brinca a la pista. Cabalga penco prieto y bien puesto, lleva sombrero de pelo blanco, muy blanco, en cuya copa el sol arranca destellos a dos herraduras de plata. Su chaqueta de gamuza de venado luce en la espalda un regio bordado de hilos de oro y en su chaleco cachiruleado con grecas blancas, cinco botones también del áureo metal brillan gritonamente. Una mascada de seda roja se anuda atrevida en su cuello, y su pantalón de paño gris finísimo, pegado exageradamente a la pierna, deja adivinar la musculatura férrea del centauro criollo.

Cornelio Espinosa, al sentirse admirado, hunde las pesadas espuelas en los ijares del cuaco, que salta brioso, y emprende desenfrenada carrera. Frente al palco de honor, el jinete hala la rienda; el penco mete las manos para detenerse, estas resbalan y hacen que la bestia siente sus cuartos traseros en la arena; otro tirón a la rienda del caballo, abriendo sus anchas narices, se para sobre las patas, levantando al aire sus finas manos; Espinosa imprime un ligero movimiento a la rienda, y el caballo da un flanco sobre sus remos traseros, quedando de cara al público y dejándose caer suavemente sobre sus manos. El jinete saluda a la concurrencia destocándose.

Cien voces contestan al saludo del charro, quien tras bajarse de su bestia, que entrega al peón de estribo, se va a ocupar su lugar en los palcos.

Antes de perder de vista entre la multitud a Cornelio Espinosa, oigamos lo que sobre su persona platica un barquense a un forastero:

—Es el mejor charro de la región —dice el informante—. Más bien dicho… es el último charro… Todos los otros que ve usted trajeados a la usanza de por acá, no son más que charros de agua-dulce, de banqueta. Cornelio el único tipo representativo del charro que se va y quizás ya no vuelva. Es decir, del charro aquel que heredó del chinaco el valor, la fanfarronería inofensiva, el orgullo de hombre, la galantería un poco cálida, pero sana… Todo esto con unas gotas de quijotismo moderado, que hacían del charro el ídolo del pueblo y el hombre soñado por las mozas tapatías… En pocas palabras, Cornelio Espinosa es el último ejemplar de una casta que se muere: la fiera casta del charro… Hay que verlo, señor, en las tardes de jaripeo, en donde les da clase a todos estos catrines presumidos. Sus manganas y sus piales son de fama en el Bajío. No hay potranca que se haya dado el gusto de apeárselo al jinetearla, y tampoco se ha sabido de novillo o boyacón que haya resistido su jalón en los coliaderos. Cuando la Revolución, Cornelio se levantó en armas con los peones de su hacienda, y llegó a general en las filas del carrancismo; pero una vez que triunfó la causa, no fue de los que, abusando de su puesto militar, se lanzara en busca de gajes y canonjías, sino que depuso las armas a su debido tiempo y se vino de nuevo al pueblo a reconstruir su propiedad que había sido demolida por los villistas, y a seguir viviendo de la tierra y del ganado. No es rico, pero su rancho, admirablemente cultivado, le da lo suficiente para vivir con desahogo… Como buen charro, es enamorado “hasta decir ya…” No hay polla capaz de aguantar por mucho tiempo sus requiebros. Eso le ha valido algunas enemistades entre los tenorios del pueblo. Cornelio es muy macho; pero no es picapleitos. Si lo buscan, lo hallan, eso sí, y ¡ay! del que lo encuentre, porque…

La conversación fue interrumpida por un clamoreo…

—¡Los caballos de carrera han llegado…!

Por un extremo de la pista aparecen seis pencos montados por otros tantos corredores vestidos a la usanza inglesa: botas negras de charol, pantalón blanco, blusa a rayas de colores vivos y cachucha pequeña de gajos del mismo color que los adornos de la blusa.

Viene adelante “Árabe”, brioso bruto de la hacienda de Cumuato, criollo por nacimiento, aunque por sus venas corre sangre de bestias berberiscas. Algunas apuestas están casadas en su favor.

Le sigue “King of Air”, pretencioso alazán pure sang, importado directamente de las cuadras de Halifax por el rico propietario de la hacienda de “La Luz”. Entre este caballo y “Tábano”, del que es dueño Cornelio Espinosa, están divididas las apuestas: potro prieto y delgado, de fino cuello, ternillas rojas y abiertas, de raza mexicana —de esa raza de caballos que se ha hecho común en nuestras caballerizas—; no de mucha alzada, pero sí de gran brío y ligereza; brillante el pelo, vivo el ojo; cuatralbo, pezuñas brillantes y transparentes, crin sedosa y abundante; así es “Tábano”.

Los cuacos fueron enfilados en el extremo de la pista. Casualmente o por deliberado acuerdo, “King of Air” y “Tábano” quedaron juntos. El juez de campo ocupó su lugar y pistola en mano esperó que el instantero de su reloj marcara el número sesenta. La gente, intranquila hasta febril, contenía la respiración; el aleteo de una mosca sería perceptible si los ansiosos pencos no piafaran ruidosamente. El juez levantó la pistola. Apuntó al cielo y disparó… Cuatro caballos arrancaron raudos, dejando confundidos entre el polvo a los dos restantes, que se quedaron en la arrancada.

“Árabe” llevaba ventaja a sus adversarios, sacándole a “King of Air”, que era el que le seguía, más de dos cuerpos. El sonar de los cascos repercutía en la llanura. La gente gritaba enloquecida:

—“Árabe” pierde su lugar… ya lo alcanz6 “Tábano”.

—El de “La Luz” ya le ganó al de Cumuato… “Árabe” va en último lugar… El inglés no puede alcanzar a “Tábano”… Ya ganó Cornelio… ¡Mira no más qué lindo corre su cuaco…!

Efectivamente, “Tábano” iba adelante; le seguía “King of Air”, a dos cuerpos de distancia. Al pasar frente a la tribuna central, el caballo de Cornelio le sacaba tres cuerpos al potro de Halifax, que pugnaba por darle alcance.

De repente un ¡ah…! de espanto hizo temblar a la tribuna; “Tábano”, en su loca carrera, reventó una de las cadenillas del freno; el corredor tiró de la rienda para contener un poco al bruto que iba desbocado, pero con tan mala fortuna que se le escapó esta de las manos y fue a dar a las patas del caballo, enredándosele y haciendo que diera una aparatosa vuelta en el aire. El corredor cayó a muchos metros de distancia y “Tábano”, con una mano rota, se revolcaba en la tierra ardiente de la pista. “King of Air” pasó como un relámpago junto al caballo tirado, y llegó a la meta antes que ninguno.

—Ganó el inglés —dijo la voz del público.

Cornelio Espinosa mordió su puro nerviosamente, murmurando:

—He perdido cinco mil pesos y el mejor cuaco del mundo …

Cabizbajo y triste, el charro cruzó la pista; la gente, agrupada en torno del corredor, lo veía con malsana curiosidad. Espinosa se abrió paso y llegó hasta donde se revolcaba “Tábano”, relinchando lastimeramente. La bestia, con sus ojillos negros y vivos, miró a su amo y quiso levantarse, mas al faltarle apoyo en su mano, dobló de nuevo. Espinoza, con los ojos llenos de lágrimas, se hincó cerca del bruto y luego, como tomando una resolución definitiva, se levantó, sacó su pistola, la amartilló, apuntó a la cabeza de “Tábano” y volteando la cara disparó, diciendo entre dientes:

—¡Para que no sufra…!

El charro no quiso ver las convulsiones postreras de su bestia. Triste y dolorido abrióse camino entre la gente. Dio vuelta por detrás de las tribunas, ordenó a su peón de estribo que le trajera un caballo, saltó sobre él, lo fustigó duramente y partió raudo hacia el pueblo, murmurando quedamente:

—¡Ah, qué la de malas…!

 

II

—¡Sileeencio, señores…! Juega un dos-doscientos cincuenta contra un dos-ciento veinticinco… que son propiedades de don Celedonio Godínez y de don Cornelio Espinosa… iHagan sus apuestas, corredores…!

Así dijo el gritón. La concurrencia reunida en derredor del anillo de la plaza de gallos “La Lucha” guardó silencio durante la corta alocución; pero una vez terminada el entusiasmo, contenido por instantes, se desbordó en una catarata de imprecaciones, blasfemias y bravatas.

Los corredores, tratando de hacer sobresalir su voz entre aquella algarabía infernal, gritaban hasta ponerse rojos:

—¡Diez al giro de Celedonio…

—¿Quién quiere cien al de Godínez…?

—iCincuenta al giro…!

—¡Hum…! Ya tienen para trabajar… y más dando parejo —dijo uno de los espectadores dirigiéndose a los corredores—; ¡quién diablos va a apostar en contra del giro de Celedonio Godínez! Todos sabemos que ese pájaro es el mejor que hay en la plaza. Bajen la apuesta si quieren casar algunas…

Los corredores, sin hacer caso, seguían su cantaleta:

—Diez, ¿quién quiere a diez…?

La apuesta estaba fría… y había razón. Los concurrentes a la plaza de gallos de La Barca eran, en su mayoría, los mismos que asistían a la de Zamora, a la de Irapuato o a la de Morelia en los días de funciones. Era esta una concurrencia conocedora y familiarizada, a la cual no se tanteaba tan fácilmente, según comentario de un viejo jugador allí presente. De sobra conocían los muchos triunfos de Celaya, de Lagos y aun en las de la misma capital de la República; Celedonio había llenado sus faltriqueras merced a los tajos certeros de su gallo de capote.

El rival del giro era un animal desconocido. Nacido en el rancho de Cornelio y producto de un huevo importado, incubado por una modesta gallina ranchera y despreocupada. Su niñez la pasó en las galleras del pueblo. Era, además, liviano y de escaso plumaje. En fin, ni el aspecto ni la estirpe del calabazo garantizaba el dinero de los viejos coyotes de las plazas de gallos. De allí que, en vez de apostar, los circunstantes se dedicaban a lanzar chirigotas y piropos a las rollizas vendedoras de enchiladas o de birria caliente y gorda.

La orquesta, un pintoresco mariachi, deleitaba a la concurrencia con sus sones regionales, picarescos y sinfónicos. Lo componían un guitarrista ciego, envuelto en rojo cobertor y con el sombrero guaymeño echado sobre la frente; un violinista alto y hercúleo como esclavo nubio, cuyo guaje estaba remendado con una tapa de caja de puros; el ronco guitarrón era pulsado por un mozo de escaso y crespo bigote. Y un arpista, cuya cara hacía recordar, por la inmovilidad, a la esfinge taciturna, completaba el cuarteto.

Y el relajo crecía: a la voz gruesa del guitarrón el violón contestaba melifluo y sonoro y la canción ranchera llenaba el ámbito preñado de humo y de tabaco y de olor a fritanga:

 

Una niña en un baile se lamentaba

zamba que le da,

del zapato de raso que le apretaba

en la mera mitá.

Zamba que le da,

del zapato de raso que le apretaba

en la mera mitá.

 

Los corredores, tras de intentar dar parejo y no conseguirlo, habían cambiado de muletilla; ahora ofrecían pagar pesos contra seis reales, y ni así se animaba la apuesta. Ya enronquecidos por tanto gritar, optaron por salir del anillo y no aceptar otra comisión.

Cerca del asiento apareció un individuo alto, bien formado, de cara enrojecida, quizá por el sol, quizá por el abuso del tequila. Sus ademanes eran bruscos. Se cubría con un sombrero de los llamados texanos, gris, y adornado con una toquilla de cerdas negras y blancas, en donde lucía el ojo azulado de una pluma de pavo. Vestía camisa de seda cruda, corbata ancha anudada cuidadosamente, “sweater” café de cuello grueso y volteado, en cuya bolsa descansaba, pendiente de tosca cadena de oro, un grueso y exacto “Waltham”. Su pantalón amarillo era de género grueso como el cartón, y se calzaba con zapatos cafés de una pieza. En sus manos portaba un fuete de cuero inglés y, finalmente, un enorme pistolón legítimo “Smith and Wesson” completaba el estrafalario traje que introdujo al Bajío aquella División del Norte, de triste memoria.

El tipo descrito era nada menos que Celedonio Godínez, el propietario del famoso giro de capote que tanto miedo había metido a los jugadores de ocasión, y aun a los mismos profesionales. Celedonio había llegado del Bajío como pagador de un regimiento villista. ¿Fue en el ensangrentado 1914? ¿Fue en el cruento 1915? ¿Era oriundo de la lejana Chihuahua, o había nacido en la feraz Sonora? Todos lo ignoraban. Lo único concreto que se sabía acerca del pasado de Godínez era que, desde que lo dieron de baja por avanzador, se había dedicado a la jugada, y que merced a sus malas artes y chicanas, no solamente había conservado su capital, producto de coyoteadas y chanchullos, sino que, por milagro de su reconocida mala fe, su hacienda había crecido enormemente.

Godínez, tras de mirar con desprecio a la concurrencia, brincó al anillo y, colocándose en los medios, trazó con su fuete un círculo en su alrededor, gritando con voz ronca y salvaje:

—¡Voy a mi gallo…! ¡Aquí se pagan pesetas a peso…!

La concurrencia, sorprendida ante tal propuesta, enmudeció momentáneamente, y sólo se oyó la voz tipluda de un guanajuatense de blanco calzón y oscuro color, que decía:

—¡Pos ni ansina…!

Nadie quería arriesgar su dinero, ni aun en esa irrisoria proporción.

Por la pequeña puerta del anillo apareció la gallarda figura de nuestro conocido Cornelio Espinosa. Vestía de charro, con un traje tan bello y de tan buen gusto como el que portaba cuando le vimos por primera vez. Con paso seguro y sonriendo cruzó el ruedo, seguido del tintineo argentino de sus espuelas de plata del mero Amozoc. Llegó hasta Celedonio y, viéndolo fijamente, mientras dejaba juguetear una sonrisa irónica y mordaz, dijo:

—Oiga, amigo, ¿qué haría usted si le agarrara la palabra?

—Pos nada más que preguntarle cuánto trae encima para apostar…

—Su boca es medida, don Celedonio —repuso el charro—; dígame si se siente capaz de atorarle a quinientos duros…

—Que le pagaré con dos mil en el remoto caso de que gane su trespeleque.

—Hecho —dijo el charro—, ahí le van diez alazanas de a cincuenta.

Y sacando la suma anunciada, la tiró en medio del círculo trazado por Godínez.

Como entró en el anillo, así salió Cornelio: sonriente, tranquilo y saludando con comedimiento a sus amigos.

Celedonio recogió el dinero apostado y volvió a su lugar, mientras que Cornelio ocupaba un sitio exactamente enfrente de su contrincante.

En los momentos en que el charro prendía un oloroso veguero, algún guasón le gritó en falsete:

—¡Compro el mole, Cornelio…!

El aludido sonrió benévolamente y chupó ávido el rico tabaco.

Un joven trajeado al estilo de Celedonio entró en la plaza trayendo consigo al giro de capote. Llegó a media plaza y soltó al animal que, al sentirse libre, aleteó ruidosamente y lanzó una clarinada estridente. ¡Qué bella era la estampa del pájaro! De cabeza pequeña y muy enrojecida, que se prolongaba en un pico corvo y grueso como el del halcón. Flexible y largo el cuello, plumaje brillante y limpio, las patas más parecían garras de buitre y su armonioso conjunto nada pedía en gallardía al símbolo heráldico francés.

A poco apareció otro gallero con el calabazo de Cornelio: fue soltado y lanzó, como su rival, un desafiador kokoricóoooo…

Su presencia hizo sonreír con lástima a la concurrencia, y el guasón volvió a gritar:

—Epa, Cornelio, no hay trato, siempre no te compro el mole: está muy flaco…

Los amarradores pasaron al ruedo. Cornelio y Celedonio fueron a los medios para presenciar el trascendental acto del amarre, que consiste en fijar en las patas izquierdas de los animales buidas navajas curvas y filosas como alfanjes.

Salieron del anillo los amarradores y quedaron sólo, dentro de él, los propietarios, el juez veedor y el gritón. Este último dijo:

—¡Sileeencio, señores; va a comenzar la pelea…!

Entre el silencio de la concurrencia, Cornelio y Celedonio avanzaron hasta media plaza; cada uno llevaba a su animal. Se pusieron frente a frente y se clavaron la vista como poseídos de la ira de sus gallos. Tras de chillar a los animales, según es costumbre, los pusieron sobre el suelo, deteniéndolos en la cola. Los infelices gallos se miraron fijamente, las plumas de sus cuellos se erizaron por la rabia y empezaron a picotear la tierra furiosamente. Fueron soltados el uno contra el otro; el encuentro fue terrible. El gallo de Celedonio, más jugado que el de Cornelio, dobló el cuerpo y burló la embestida de su enemigo, que salió por el aire y cayó a dos metros de distancia. De nuevo embistió el gallo del charro, agachado y furioso. Otro encontrón final y la sangre empurpuró la arena. Los animales se revolvían, sangrantes y torpes, con las alas caídas y el plumaje marchito y sucio de tierra. El gallito del charro daba pelea en el aire, es decir, al vuelo prendía a su enemigo, mientras que este esperaba que cayera el calabazo para herirlo con mayor fiereza y seguridad. En una de las fases de la pelea el gallo de Cornelio salió disparado contra las tablas y cayó con las alas abiertas. La concurrencia, y aun el mismo juez veedor, creyeron que el giro se había apuntado otra nueva victoria; pero instantes después vieron al soberbio gallo de capote dar traspiés y caer.

Cornelio, que no despegaba la vista del animal, gritó:

—¡Mi gallo está vivo…!

—¡Y el mío también! —agregó el norteño.

—Un minuto —dijo el juez veedor.

—¡Un minuto! —repitió como un eco el gritón.

Los propietarios avanzaron y recogieron a sus gallos. Ambos animales todavía aleteaban.

Fueron puestos de nuevo frente a frente; sus golas ensangrentadas se pusieron de punta por segunda vez; pero el gallo del norteño, herido de moza, dobló el cuello y se estiró en agónica convulsión.

—Murió en la raya —dijo el juez veedor—; se hizo chica.

—Se hizo chica… —repitió el rugido del gritón.

Cornelio cuidadosamente puso sobre la arena a su animal, que al sentir el fresco de la tierra húmeda reaccionó un instante. Se paró con trabajo y arrastrando lastimosamente una pata, se plantó en medio de la plaza, sacudió su plumaje sucio de tierra y lanzó una postrera clarinada de triunfo, que no le dejó terminar la muerte.

El charro vio a su pájaro muerto y dijo entre dientes:

—Siento haberte perdido; pero me queda el consuelo de que le quitaste la tos a ese chivato de Celedonio.

Luego, dando la espalda al animal, se volvió a Godínez, diciéndole:

—Cáigase cadáver, vale; he ganado a la buena…

—Aguárdese tantito —repuso el aludido—; voy a mandar por la fierrada, si no dispone otra cosa su mercé.

—No más que sea lueguito —contestó el charro en los momentos en que volteaba, dando así por terminada la conversación con Godínez.

Los jugadores profesionales, malhumorados por haber dejado pasar la oportunidad de haber hecho buen negocio con el tronchado, se encontraban silenciosos y tristes. En toda la plaza no se oían más que los gritos de los vendedores.

El gritón entró de nuevo en el anillo, llevando de la mano a un miserable ciego trajeado asquerosamente con un chaqué prehistórico y un sombrero de bola, seboso y sin cinta. Asustado ante tanta gente, el pordiosero seguía nervioso al gritón, quien, al encontrarse en media plaza, dijo poniéndose la mano en forma de bocina:

—¡Sileeencio, señores! ¡Perdidos y ganados, socorran a este ciegooo!

Y comenzaron a caer sobre la arena pesos y centavos. El gritón recogía a puñados las monedas, y haciendo alarde de escrupulosa honradez depositaba el dinero en el sombrero del mendigo, pero llevando cuenta de la recolecta.

Salieron ambos tipos del anillo; y ya en la puerta, el gritón susurró al oído del ciego:

—Ya sabes, viejito, mita y mita.

—Sí —gruñó descontento el mendigo.

De nuevo volvió el gritón y con voz aguardentosa dijo:

—¡Silencioooo… que pasen las bailarinas!

Y dos chamacas frescas como flores de San Juan, de carnes prietas y apiñonadas, brincaron al ruedo. La una vestía falda plisada y corta, en forma de crinolina, y la otra lucía el rojo y verde zagalejo constelado de lentejuelas, ceñido corpiño y terciado el rebozo de bolita de pura Santa María.

El mariachi rompe con un jarabe. La china salta hasta medio anillo, pespunteando los más difíciles pasos del jarabe. Sonriente borda sobre el piso mil figuras distintas, y la más mexicana de nuestras músicas llena al recinto, haciendo que la multitud delirante prorrumpa en gritos lujuriosos.

Sigue la otra muchacha con una jota que no era ni aragonesa ni andaluza, una jota criolla lasciva, que hacía a la muchacha moverse con la gracia de la palmera al impulso cálido del viento costeño. Van piropos, olés vienen, y la moza jadeante sigue la música alegre, acentuando el atrevimiento de sus movimientos y mandando con la vista besos y caricias.

La jota termina; revienta el aplauso ensordecedor, y las muchachas dan la vuelta al pequeño ruedo recogiendo dinero a puños que les arrojan los espléndidos concurrentes. El mariachi toca la diana.

 

III

Fue en el portal de la Presidencia Municipal donde se encontraron Cornelio Espinosa y Celedonio Godínez. El último servía a los amigos copas de whiskey con la petulancia de un vaquero del Wild West.

Cornelio, del brazo de una hembra, esperaba que la música tocara un jarabe.

El improvisado salón de baile presentaba un pintoresco aspecto: farolillos multicolores lo alumbraban y festones de verde pino se entrecruzaban en los arcos del portal. Olía a fiesta.

Se oyó el jarabe. Cornelio, con las manos cogidas por detrás, el sarape de Saltillo echado sobre el hombro y el regio jarano sumido hasta las cejas, marca airosamente el compás travieso y alocado de la música. La hembra, con el rebozo de bolita terciado graciosamente y con su falda ancha y plisada, mete en duro quehacer a sus charoladas chinelitas de León, y aprovecha graciosa todos los giros del baile para lucir sus medias de fina seda, que dejan traslucir la pierna torneada y morena.

—¡Voy polla…! —grita la concurrencia.

—¡Palomo, Palomo…! —pide la entusiasta multitud. Y armoniosamente la murga cambia su melodía por una más alegre y bulliciosa: es el “Palomo”.

La pareja cambia de pasos acercándose el uno al otro más y más, hasta quedar casi juntos. La música sigue jugueteando y los charros bordando sobre el suelo arriesgadas figuras coreográficas.

—¡Cócono! ¡Cócono! —corean los mirones, y la moza, obedeciendo al mandato del público, se arrodilla graciosamente y el charro pasa su pierna sobre la cabeza de la chinaca, que se levanta airosa en medio de aplausos estrepitosos y dianas estridentes.

Terminado el jarabe, uno de los compañeros de Celedonio pide a los músicos que toquen “El guango”. Obedientes, los filarmónicos rompen con la pieza picaresca y burlona. Celedonio provocativo grita:

—Va por ti, charro de agua-dulce.

Otro de los compañeros, viendo al charro, cantó con intención:

—“Me viene guango el pantalón…”

El insulto máximo retumbó en el salón como un eco de la voz de Cornelio, que cual toro enfurecido se dirigió al grupo formado por Celedonio y sus amigos.

El norteño se puso en primer término, diciéndole:

—Tenemos una vieja cuenta que saldar usté y yo, amiguito… Su gallo mató al mío…, yo perdí y aquí le traigo su pago. A ver, Ciriaco, págale a don Cornelio.

El aludido, que era un íntimo amigo de Godínez y un cómplice de las chinacas del norteño, lanzó en el rostro del charro una copa de whiskey, diciéndole:

—Págate, estúpido.

Celedonio peló el “cuete”, mientras el charro se limpiaba la cara con el paliacate rojo y enorme.

—¡Ora es cuándo, señores! —dijo furioso Cornelio—. Yo tengo para todos, pero quisiera agarrarme mano a mano con el mentado Celedonio.

—Pos pa’ luego es tarde…, vamos —repuso el aludido, y apuntando al público gritó—: El que quiera meterse le cuesta la vida.

La concurrencia abrió valla y dejaron salir a los dos hombres.

Al pasar frente a la orquesta, Cornelio dijo:

—A ver, amigos, toquen el son de “La vaquilla”.

Los músicos, medrosos, obedecieron.

En la calle la chiquillería, en carrera loca, se lanzaba a la Plaza de Armas, a ver el castillo que iba a encenderse.

Espinosa tomó su penco por la brida y subió; Celedonio, ya a caballo, esperaba.

Las notas de “La vaquilla” se oían hasta afuera del portal. Cornelio, enardecido por la música, picó a su cuaco y lo sentó en medio de la calle, arrancando a las piedras chispas y astillas.

—Usté dirá, vale, en dónde quiere que nos partamos el alma —dijo el charro.

—Pues aquí se me hace bueno —contestó Celedonio, y al terminar sus palabras sacó su pistola y a traición, villanamente, la vació toda en el cuerpo del charro, que cayó en medio del arroyo debatiéndose angustiosamente entre el lodo formado por su propia sangre.

Celedonio fustigó a su bestia, y partió a carrera abierta, diciendo para sí:

—Si no le madrugo, me acaba.

Al rodar por los suelos el cuerpo del charro, los rumores de “La vaquilla” se apagaron y se dejaron oír las notas de un danzón armonioso y lascivo, que hizo prorrumpir a la concurrencia en alaridos destemplados y aplausos estridentes. Dentro del salón los disparos no se habían oído; seguía la fiesta en su apogeo. Los amigos de Celedonio habían pedido el danzón. De ahí la extraña coincidencia: la música extranjera y pecaminosa acallaba a las sencillas melodías nacionales, mientras que en la calle el charro moría en manos del tipo que le arrebataba el solio de la populachería, el trono cachiruleado que le legara el chinaco.

Por la esquina de la calle apareció el paseo de antorchas.

La alegre comitiva llegó junto al cadáver. La gente del baile, que se había enterado de la tragedia, salía asustada. La luz de las antorchas iluminó lúgubremente la cara del charro, en la que se estereotipaba un póstumo gesto de rabia.

Uno de los presentes dijo con voz llorosa:

—Así como ha muerto Cornelio, así han caído uno a uno los charros del Bajío… La civilización no vestirá jamás pantalón cachiruleado… Se fue el último charro. EI jarabe y el palomo están de luto… Se acabaron las manganas y los piales. El jarano y el jorongo no volverán a empolvarse en memorables fiestas de luz y de vida… Ahora palidecerán sus vivos colores en las húmedas utilerías de los teatros o bajo el sol tierno de febrero en alguna fiesta de carnaval. La casta del chinaco terminó en Cornelio Espinosa… ¡EI charro ha muerto!

Un griterío hizo suspender al orador accidental su alocución. Habían empezado los fuegos artificiales y comenzaba a encenderse el castillo, último número del programa con que el pueblo de La Barca veneraba la memoria del milagro del Tepeyac.

Francisco Rojas González

Escritor jalisciense, etnólogo. Fue investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y diplomático; miembro de las sociedades de Geografía y Estadística, Mexicana de Sociología, Mexicana de Antropología y Folklórica de México. En 1999 el FCE publicó sus obras completas. Coautor de diversos estudios etnográficos como Etnografía de México, Carta etnográfica de México y Estudios etnográficos del Valle del Mezquital. Colaboró en Crisol, Cuadernos Americanos, El Hijo Pródigo, El Universal Ilustrado, Hoy, México en el Arte, Novedades y Tiras de Colores. Premio Nacional de Literatura 1944 por La negra Angustias; escribió también Lola Casanova (ambas novelas). Entre sus libros de cuentos destacan Sed y El diosero, este último de tema indigenista. El gobierno de Jalisco publicó sus Cuentos no coleccionados.