Charles Dickens

literatura universal

Charles Dickens

El letrado y el fantasma

Conocí a un hombre —déjenme ver— hará como cuarenta años, que alquiló un viejo, húmedo y humilde conjunto de despachos, que llevaban cerrados y vacíos muchísimos años, en uno de los edificios más antiguos de la ciudad. Corrían toda clase de historias sobre aquel lugar y, desde luego, ninguna de ellas era demasiado jovial. Sin embargo, aquel hombre era pobre y las habitaciones eran baratas, razón que a él le bastaba aunque hubiesen sido diez veces peores de lo que ya eran.

Ocurrió que este hombre se vio forzado a quedarse con algunos muebles desvencijados que habían quedado allí abandonados. Entre todos ellos, destacaba un enorme y pesado armario de vitrina como los que suelen utilizarse para archivar papeles. Tenía unas grandes puertas acristaladas, cubiertas en el interior por cortinas verdes. Ciertamente, se trataba de un cachivache bastante inútil para su nuevo dueño, puesto que éste no tenía papeles que guardar; en cuanto a su ropa, no tenía más que lo puesto y tampoco tenía necesidad de procurarse un lugar dónde colocarla.

Pues bien, ya había terminado de trasladar allí todos sus muebles —que no llegaron ni a ocupar un carro completo— y los había desperdigado por la habitación para hacer que aquellas cuatro sillas que tenía pareciesen una docena. Estaba aquella misma noche el hombre sentado frente al fuego pensando en los dos galones de whisky que había adquirido a crédito —y preguntándose si alguna vez llegaría a pagarlos y, en caso afirmativo, cuántos años tardaría en hacerlo—, cuando su mirada fue a posarse como por casualidad en las acristaladas puertas de la vitrina.

—Ah —suspiró—, si no me hubiese visto obligado a aceptar ese adefesio al precio que fijó el viejo casero, podría haber conseguido algo mejor por ese dinero. Te diré lo que te habría pasado, viejo trasto —no teniendo nadie con quien hacerlo, hablaba en voz alta a la vitrina—. Si no fuese por el gran esfuerzo que me costaría hacer pedazos tu vieja estructura, te utilizaría para alimentar el fuego.

Apenas había pronunciado estas palabras cuando un sonido que se asemejaba a un débil gemido pareció salir del interior del armario. Aquello le sobresaltó al principio pero, tras reflexionar unos instantes, pensó que debía de tratarse de algún jovenzuelo que hubiera entrado en el despacho contiguo, y que estuviese volviendo de cenar. Colocó los pies sobre la rejilla de la chimenea y tomó el atizador con intención de remover las brasas.

En ese momento volvió a escuchar el ruido, y se asustó. Al mismo tiempo, una de las puertas de cristal del armario comenzó a abrirse lentamente, dando paso a una figura pálida y demacrada, vestida con unos manchados ropajes hechos jirones y que permanecía muy erguida dentro de la vitrina.

Se trataba de una figura delgada y alta. Su rostro expresaba preocupación y angustia, pero había una apariencia de algo inefable en su tono de piel, en su extrema delgadez y en su aspecto sobrenatural.

—¿Quién es usted? —dijo el nuevo inquilino, poniéndose muy pálido y blandiendo el atizador (por si acaso) mientras apuntaba directamente al rostro de la figura—. ¿Quién es?

—No intente arrojarme ese atizador —respondió la figura—. Aunque me lo lanzase con la mayor puntería, pasaría a través de mí, sin encontrar resistencia, e iría a clavarse en la madera que tengo detrás. Soy un espíritu.

—Dígame, ¿y qué busca aquí? —dijo entrecortadamente el inquilino.

—Sepa que en esta habitación —respondió la aparición— se gestó mi desgracia, y la ruina de mis hijos y la mía. En esta vitrina fueron acumulándose, durante años, los legajos de una demanda interminable. En esta habitación, cuando yo ya había muerto de pena y de esperanzas largamente postergadas, dos taimadas arpías se dividieron las riquezas por las que yo había estado pleiteando durante toda una vida plagada de estrecheces, y de las cuales, finalmente, ni un solo penique fue a parar a mis descendientes. Me dediqué a aterrorizarlas inmediatamente, claro está, y desde aquel día he merodeado por la noche (el único periodo durante el que puedo volver a este mundo) alrededor de los escenarios de mi prolongada miseria. Estos aposentos son míos: ¡márchese y déjeme en paz!

—Si insiste en aparecerse por aquí —dijo el inquilino, quien había conseguido reunir algo de valor y de presencia de ánimo mientras el fantasma pronunciaba su prosaico discurso—, le dejaré que lo haga con el mayor placer, pero antes me gustaría hacerle un par de preguntas, si usted me lo permite.

—Adelante —dijo la aparición severamente.

—Bueno— dijo el arrendatario—. No es que sea mi intención dirigir esta observación a usted en particular, puesto que es igualmente aplicable a la mayor parte de los fantasmas de los que he oído hablar, pero me resulta de algún modo inconsistente que, teniendo como ustedes tienen, la posibilidad de visitar los mejores parajes de la tierra (ya que supongo que el espacio no significa nada para ustedes), siempre insistan en regresar a los lugares donde justamente fueron más desgraciados.

—Ehhh… eso es muy cierto; nunca había pensado en ello antes —respondió el fantasma.

—Como puede usted ver, señor —continuó el inquilino—, ésta es una habitación de lo más incómoda y desangelada. Por el aspecto de esa vitrina, me atrevería a decir que no está del todo libre de insectos y demás sabandijas, y en realidad creo que, si usted se lo propusiera, podría encontrar aposentos mucho más agradables; por no hablar del clima tan desapacible que tenemos en Londres…

—Tiene usted mucha razón, señor —replicó educadamente el espectro—. No me había dado cuenta hasta ahora. Creo que cambiaré de aires. —Y, dicho esto, comenzó a desvanecerse; es más, mientras decía esto sus piernas ya habían desaparecido casi del todo.

—Y señor —dijo el inquilino intentando llamar su atención antes de que se fuera definitivamente—, si tuviese usted la bondad de sugerirles a las otras damas y caballeros que se encuentran ahora ocupados en hechizar viejas mansiones vacías, que estarían mucho más a gusto en cualquier otro lugar, le prestaría usted un gran servicio a nuestra sociedad.

—Lo haré —respondió el fantasma ya con un hilillo de voz—; debemos de ser gente bastante aburrida, ahora que lo dice; es más, muy monótonos; no consigo imaginarme cómo podemos haber sido tan estúpidos.

Con estas palabras, el espíritu se esfumó y, cosa sorprendente, nunca más volvió a aparecerse a nadie.

Charles Dickens

Nació en Portsmouth, Inglaterra, en 1812, en el seno de una familia humilde. Su padre fue encarcelado por problemas de deudas, obligando a Dickens a buscar trabajo, aún niño, en una fábrica de tintes. Sus experiencias le inspirarían, años después, la novela David Copperfield (1850). Su nombre como escritor comenzó a adquirir notoriedad con una serie de relatos en los que describía la vida cotidiana de Londres, con un tono de ironía y humor, recogidos con el título de Los apuntes de Boz (1836), su primera obra publicada. En 1843 publica el famoso Cuento de Navidad, adaptada en innumerables ocasiones al cine, el teatro y la televisión. Otras obras destacadas en la producción de Dickens serían Grandes esperanzas (1861), Tiempos difíciles (1854) e Historia de dos ciudades (1859). Además de novelas, Dickens trabajó como articulista en varios periódicos y como editor de semanarios. Escribió también libros de viajes (Notas americanas, 1842), y mantuvo una compañía de teatro en la que adaptaba sus propias obras.

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Crímenes ejemplares

—¡Antes muerta! —me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!

*

La hendí de abajo arriba, como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor.

*

Íbamos como sardinas y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.

*

Lo maté en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.

*

Soy maestro. Hace diez años que soy maestro de la Escuela Primaria de Tenancingo, Zacatecas. Han pasado muchos niños por los pupitres de mi escuela. Creo que soy un buen maestro. Lo creía hasta que salió aquel Panchito Contreras. No me hacía ningún caso, ni aprendía absolutamente nada: porque no quería. Ninguno de los castigos surtía efecto. Ni los morales, ni los corporales. Me miraba, insolente. Le rogué, le pegué. No hubo modo. Los demás niños empezaron a burlarse de mí. Perdí toda autoridad, el sueño, el apetito, hasta que un día ya no lo pude aguantar, y, para que sirviera de precedente, lo colgué del árbol del patio.

*

Aquella señora sacaba a pasear su perro todas las mañanas y todas las tardes, a la misma hora. Era una mujer vieja y fea y evidentemente mala. Eso se notaba a primera vista. Yo no tengo gran cosa que hacer y me gusta aquella banca. Aquella banca, y ninguna otra. Evidentemente lo hacía adrede: aquel perrillo indecente era el animal más horrible que se haya podido inventar. Alargado, con pelos por todas partes. Me olía, reprobándome, cada día. Luego se ensuciaba en mis propias narices. La vieja le llamaba con todos los diminutivos posibles: cariñito, reyecito, emperadorcito, angelito, hijito.

Estuve pensándolo durante más de medio minuto. Al fin y al cabo el animal no tenía ninguna culpa. Estaban construyendo una casa a dos pasos de allí, y habían dejado un fierro al alcance de mi mano. Le di a la vieja con todas mis fuerzas, y si no es porque tropecé y caí, al atravesar la calle, nadie me hubiera alcanzado.

*

Le pedí el Excélsior y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí una cerveza clara y me la trajo negra. La sangre y la cerveza, revueltas, por el suelo, no son una buena combinación.

*

Es que ustedes no son mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que le metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen indecentes palomitas. Indecentes. Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí, otro cerdo, con las manos en los bolsillos, rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado a lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquel.

Max Aub

Nació en París (1903) y murió en la Ciudad de México (1972). Prolífico escritor español, hijo de una francesa y un alemán, cultivó la novela, el cuento, la poesía, el teatro y el ensayo. Participó en diversas producciones cinematográficas. Por su origen judío, estuvo confinado en un campo de concentración, antes de su llegada a México en 1942. Publicó Geografía, Fábula verde, El laberinto mágico, serie narrativa integrada por seis novelas, Josep Torres Campalans, biografía apócrifa de un pintor cubista amigo de Picasso, personaje ficticio a quien, por los datos aportados en el libro, algunos consideraron real; No son cuentos, Con los pies por delante, Crímenes ejemplares, cuentos; Espejo de avaricia, Morir por cerrar los ojos, Retrato de un general, teatro; Diario de la adelfa, poesía.

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Manual de zoología fantástica

La anfisbena

La Farsalia enumera las verdaderas o imaginarias serpientes que los soldados de Catón afrontaron en los desiertos de África; ahí están la parca “que enhiesta como báculo camina” y el yáculo, que viene por el aire como una flecha, y la pesada anfisbena, que lleva dos cabezas. Casi con iguales palabras la describe Plinio, que agrega: “como si una no le bastara para descargar su veneno”. El Tesoro de Brunetto Latini —la enciclopedia que éste recomendó a su antiguo discípulo en el séptimo círculo del Infierno— es menos sentencioso y más claro: “La anfisbena es serpiente con dos cabezas, la una en su lugar y la otra en la cola; y con las dos puede morder, y corre con ligereza, y sus ojos brillan como candelas”. En el siglo XVII, Sir Thomas Browne observó que no hay animal sin abajo, arriba, adelante, atrás, izquierda y derecha, y negó que pudiera existir la anfisbena, en la que ambas extremidades son anteriores. Anfisbena, en griego, quiere decir que va en dos direcciones. En las Antillas y en ciertas regiones de América, el nombre se aplica a un reptil que comúnmente se conoce por doble andadora, por serpiente de dos cabezas y por madre de las hormigas. Se dice que las hormigas la mantienen. También que, si la cortan en dos pedazos, éstos se juntan.

Las virtudes medicinales de la anfisbena ya fueron celebradas por Plinio.

El Cancerbero

Si el Infierno es una casa, la casa de Hades, es natural que un perro la guarde; también es natural que a ese perro lo imaginen atroz. La Teogonía de Hesíodo le atribuye cincuenta cabezas; para mayor comodidad de las artes plásticas, este número ha sido rebajado y las tres cabezas del cancerbero son del dominio público. Virgilio menciona sus tres gargantas; Ovidio, su triple ladrido; Butler compara las tres coronas de la tiara del Papa, que es portero del cielo, con las tres cabezas del perro que es portero de los infiernos (Hudibras, IV, 2). Dante le presta caracteres humanos que agravan su índole infernal: barba mugrienta y negra, manos uñosas que desgarran, entre la lluvia, las almas de los réprobos. Muerde, ladra y muestra los dientes.

Sacar el Cancerbero a la luz del día fue el último de los trabajos de Hércules. Un escritor inglés del siglo XVIII, Zachary Grey, interpreta así la aventura:

Este Perro con tres Cabezas denota el pasado, el presente y el porvenir, que reciben y, como quien dice, devoran todas las cosas. Que fuera vencido por Hércules prueba que las Acciones heroicas son victoriosas sobre el Tiempo y subsisten en la Memoria de la Posteridad.

Según los textos más antiguos, el Cancerbero saluda con el rabo (que es una serpiente) a los que entran en el Infierno, y devora a los que procuran salir. Una tradición posterior lo hace morder a los que llegan; para apaciguarlo, era costumbre poner en el ataúd un pastel de miel.

En la mitología escandinava, un perro ensangrentado, Garmr, guarda la casa de los muertos y batallará con los dioses, cuando los lobos infernales devoren la luna y el sol. Algunos le atribuyen cuatro ojos; cuatro ojos tienen también los perros de Yama, dios brahamánico de la muerte.

El brahamanismo y el budismo ofrecen infiernos de perros, que, a semejanza del Cerbero dantesco, son verdugos de las almas.

El cien cabezas

El cien cabezas es un pez creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buddha refiere que éste se encontró con unos pescadores, que tironeaban de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El Buddha le preguntó:

—¿No eres Kapila?

—Soy Kapila —respondieron las cien cabezas antes de morir.

El Buddha explicó a los discípulos que en una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados. A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía cabeza de mono, cabeza de perro, etc. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.

Jorge Luis Borges

Emblemático escritor argentino (1899-1986), sin duda una de las mayores influencias en la literatura universal. Injustamente no recibió el premio Nobel, pero el impacto de su obra va más allá de muchos de estos galardonados cuyos nombres ahora son ignorados. Sus textos, desbordantes de fantasía, se caracterizan por un empleo exacto del lenguaje. La ironía y la erudición se pasean por sus páginas. Ningún escritor queda indiferente ante sus relatos o sus poemas. Puedes leer un comentario de su libro Ficciones en el siguiente vínculo: “Borges y la ficción”.

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Edgar Allan Poe

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Edgar Allan Poe

El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre medianoche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
          Eso es todo, y nada más”.

¡Ah! Aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor,
dolor por la pérdida de Leonora, la única
virgen radiante. Leonora por los ángeles llamada.
          Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábanme de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
          Eso es todo, y nada más”.

Ahora, mi ánimo cobra bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía”.
Y entonces abrí de par en par la puerta:
          Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido a soñar jamás.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba
y la única palabra allí proferida
era el balbuceo de un nombre: ¡Leonora!
Lo pronuncié en un susurro y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
          Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí
no tardé de oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.
          ¡Es el viento, y nada más!”

De un golpe abrí la puerta.
Y con suave batir de alas entró
un majestuoso cuervo
de los santos días ido,
sin asomo de reverencia
ni un instante quedo.
Y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas
sobre el dintel de mi puerta.
          Posado, inmóvil, y nadas más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador,
evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la noche plutónica!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente:
aunque poco significaba su respuesta,
poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado en el dintel de su puerta,
pájaro o bestia posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
          con semejante nombre: “Nunca más”.

Mas el cuervo, posado solitario en el sereno busto,
las palabras pronunció, como vertiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces:
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido,
mañana él también me dejará
como me abandonaron mis esperanzas”.
          Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más”.

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé— sin duda eso que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acaso sin dar tregua,
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
          de nunca, nunca más”.

Mas el cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasía una sonrisa:
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este cuervo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
          quería decir graznando: “Nunca más”.

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara:
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
          ¡que ella no oprimiría, ay, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines,
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepenta para tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura esta dulce nepenta
y olvida a tu ausente Leonora!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Profeta! —exclame—, ¡cosa diabólica!
¡profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado, enviado por el tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro:
¿hay, dime, hay bálsamo en Galahad?
¡Dime, dime, te imploro!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
por ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno —le grité presuntuoso—
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la noche plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta”.
          Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

Y el cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas,
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo sus sombras. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
          no podrá liberarse ¡nunca más!

Traducción Francisco Peña Bernal

Edgar Allan Poe

Escritor romántico estadounidense (1809-1849), en el verdadero sentido del término, es decir, que perteneció a esta corriente literaria característica del siglo XIX, tan amante de lo tétrico, lo oscuro, lo fantasmal y las leyendas y tradiciones medievales, además de la intensidad de las emociones, la libertad y la rebeldía. Escritor brillante, cultivó tanto la poesía como el relato y el ensayo. Además de los cuentos de terror, se le considera el iniciador del género policiaco y del detective (Dupin, protagonista de “La carta robada”, “Los crímenes de la calle Morgue”) que inspiró sin duda el Sherlock Holmes. Sus Narraciones extraordinarias incluyen títulos como “El pozo y el péndulo”, “El corazón delator”, “La caída de la casa Usher”, “El gato negro”, “El barril del amontillado”, “La máscara de la muerte roja”. También escribió la novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym.

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Oliverio Girondo

Espantapájaros

En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.

¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?… ¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un carro resbala sobre el asfalto?… ¡Los dientes un poco amarillentos de mi abuelo José María!

¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!

Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen en la escala zoológica. La certidumbre del origen común de las especies, fortalece tanto nuestra memoria, que el límite de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos. Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecemos lo mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.

Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la humareda del puchero. Tres bocados… y el esófago se nos anuda. Hará un periodo geológico; este zapallo, ¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que estamos devorando a nuestros propios hermanos!

A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener, para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar, hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una víctima de la familia.

Oliverio Girondo

Poeta argentino (1881-1967), perteneció a la corriente vanguardista denominada ultraísmo, al igual que Jorge Luis Borges. Concluyó la carrera de Derecho, pero toda su vida la dedicó a la literatura, caracterizándose por su radicalidad en la ruptura con la tradición artística y apostando por romper con las ataduras convencionales del lenguaje, rasgos presentes desde sus primeras obras (Veinte poemas para ser leídos en tranvía, Calcomanías, Espantapájaros), en las subsiguientes (Plenilunio, Persuasión de los días, Campo nuestro), y en la última (En la masmédula), en la cual esta radicalidad alcanza su nota más alta.

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