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Cuento

El hombre que atravesaba las paredes

Marcel Aymé

Había en Montmartre, en el tercer piso de la casa de la calle d’Orchampt, al 75 bis, un excelente hombre llamado Dutilleul que poseía el don singular de atravesar las paredes sin molestias. Llevaba lentes, una barbita negra y era empleado de tercera clase en el ministerio de Registro. En invierno se dirigía en ómnibus a la oficina y cuando el tiempo era bueno, hacía el trayecto a pie, con su galerita.

Dutilleul acababa de cumplir cuarenta y tres años cuando tuvo la revelación de su poder. Una noche en que una breve interrupción de la corriente eléctrica lo sorprendiera en el vestíbulo de su departamentito de soltero, tanteó un momento en la oscuridad y una vez que se estableció de nuevo la corriente, se encontró en el rellano del tercer piso. Como su puerta de entrada estaba cerrada con llave, desde adentro, el incidente le dio qué pensar y no obstante las observaciones de su razón, decidió volver a su casa en la misma forma en que había salido, cruzando la pared. Esa extraña facultad que no parecía responder a ninguna de sus aspiraciones, no dejó de contrariarlo ligeramente y al día siguiente, aprovechando el sábado inglés, fue a consultar un médico del barrio para exponerle su caso. El médico pudo convencerse de que decía la verdad y después de un examen, descubrió la causa de la enfermedad en un endurecimiento helicoidal del tabique estrangular del cuerpo tiroides. Recetó un surmenage intensivo y, a razón de dos comprimidos por año, la absorción de polvo de pireto tetravalente, mezclado con harina de trigo y hormonas de centauro.

Una vez que tomó el primer comprimido, Dutilleul guardó el específico en un cajón y ya no pensó más en él. En cuanto al surmenage intensivo, su actividad de funcionario estaba regulada por unas costumbres que no encuadraban dentro de ningún exceso y sus horas de ocio, consagradas a la lectura del diario y a su colección de estampillas, tampoco lo obligaban a un despilfarro irracional de energía. Al cabo de un año, había conservado pues intacta la facultad de atravesar las paredes, pero no la utilizaba nunca, ya por olvido, ya por que era poco ávido de aventuras y rebelde a los impulsos de la imaginación. Ni siquiera se le ocurría la idea de entrar a su casa de otro modo que por la puerta y después de haberla abierto debidamente con la llave. Tal vez hubiera envejecido en la paz de sus costumbres sin sufrir la tentación de poner a prueba sus aptitudes, si un acontecimiento extraordinario no hubiese trastrocado de golpe su existencia. El señor Mouron, subjefe de su oficina, elevado a otras funciones, fue reemplazado por cierto señor Lécuyer, que tenía la palabra breve y el bigote en forma de cepillo. Desde el primer día, el nuevo subjefe miró con muy malos ojos a Dutilleul que llevaba lentes con cadenita y perita negra y lo trató afectadamente como a una cosa vieja y algo sucia que estorba. Pero lo más grave era que pretendió introducir en su servicio unas reformas de considerable alcance, muy adecuadas como para perturbar la quietud de su subordinado. Desde hacía veinte años Dutilleul empezaba sus cartas con la fórmula siguiente: “Refiriéndome a su muy atenta del tanto del corriente y recordando nuestro anterior intercambio de cartas, tengo el honor de informar a usted…” Fórmula que el señor Lécuyer entendió cambiar por otra de giro más americano: “En respuesta a su carta de fecha tanto, informo a usted…” Dutilleul no pudo acostumbrarse a esos modales epistolares. Él volvía, a pesar de sí mismo, a la manera tradicional, con una obstinación maquinal que le valió la enemistad creciente del subjefe. La atmósfera del ministerio de Registros se le hacía casi agobiadora. Por la mañana se dirigía a su trabajo con aprehensión y por la noche, en su cama, le sucedía a menudo meditar un cuarto de hora íntegro antes de entrar en el sueño.

Asqueado de esa voluntad retrógrada que comprometía el éxito de sus reformas, el señor Lécuyer había relegado a Dutilleul a una covacha semioscura, contigua a su escritorio. Se entraba por una puerta baja y estrecha que daba a un corredor y todavía llevaba en letras mayúsculas la inscripción: Desechos. Dutilleul había aceptado resignadamente esa humillación sin precedentes, pero en su casa, al leer en el diario el relato de alguna sangrienta noticia policial, se sorprendía pensando que el señor Lécuyer era la víctima.

Un día el subjefe irrumpió en la covacha, blandiendo una carta y se puso a berrear:

—Empiece de nuevo esta porquería. Empiece de nuevo esa porquería sin nombre que deshonra mi oficina.

Dutilleul quiso protestar, pero el señor Lécuyer, con voz atronadora, lo llamó cucaracha rutinaria, y antes de partir, estrujando su carta que llevaba en las manos, se la arrojó a la cara. Dutilleul era modesto pero altivo. Una vez solo en su covacha, le dio un poco de temperatura y de pronto se sintió inspirado. Dejando su asiento, entró en la pared que separaba su escritorio del despacho del subjefe, pero entró con prudencia, de tal manera que sólo la cabeza sobresalía del otro lado. El señor Lécuyer, sentado ante su mesa de trabajo, con una pluma todavía agitada, corría una coma en el texto de un empleado, sometido a su aprobación, cuando oyó toser en su escritorio. Levantando la mirada, descubrió con un indecible espanto la cabeza de Dutilleul, pegada a la pared a la manera de un trofeo de caza. Y esa cabeza estaba viva. A través de los lentes con cadenita, lo flechaba con una mirada de odio. Mejor aún, la cabeza se puso a hablar.

—Señor —dijo—, es usted un pillete, un bruto y un bribón.

Con la boca abierta por el horror, el señor Lécuyer no podía apartar los ojos de esa aparición. Finalmente, dejando su sillón, salió de un salto al corredor y corrió hasta la covacha. Dutilleul, con la lapicera en la mano, estaba instalado en su lugar de costumbre, en una actitud apacible y laboriosa. El subjefe lo miró largo rato y después de haber balbuceado algunas palabras, volvió a su escritorio. Apenas se sentaba, reaparecía la cabeza en la pared.

—Señor, es usted un pillete, un bruto y un bribón.

En el transcurso de esa sola jornada, la temida cabeza apareció veintitrés veces en la pared, y los días siguientes, con el mismo ritmo. Dutilleul, que había llegado a cierta soltura en ese juego, no se conformaba ya con insultar al subjefe. Profería amenazas oscuras, exclamando por ejemplo, con una voz sepulcral, puntuada con risas verdaderamente demoníacas:

—¡Cuco! ¡Cuco! ¡Cuco! Un pelo de lobo con tuco. Corre un escalofrío capaz de descornar a todos los búhos que juegan al truco (risa).

Oyendo lo cual, el pobre subjefe se ponía un poco más pálido, un poco más sofocado y sus cabellos se le erguían muy derechos en la cabeza y le corrían por la espalda horribles sudores de agonía. El primer día adelgazó una libra. A la semana siguiente, además de rebajar de peso a simple vista, tomó la costumbre de comer la sopa con el tenedor y de hacerles la venia a los vigilantes. Al comienzo de la segunda semana, una ambulancia fue a buscarlo a su domicilio y lo llevó a un sanatorio de nerviosas.

Dutilleul, liberado de la tiranía del señor Lécuyer, pudo volver a sus queridas fórmulas: “Refiriéndome a su atenta del tanto del corriente…” Sin embargo, estaba insatisfecho. Algo dentro de él reclamaba una nueva necesidad, imperiosa, que no era otra cosa que la necesidad de atravesar las paredes. Sin duda podía hacerlo con facilidad, por ejemplo en su casa, y por otra parte, no dejó de hacerlo. Pero el hombre que posee dotes excepcionales no puede satisfacerse mucho tiempo al ejercerlas sobre un objetivo mediocre. Atravesar las paredes no podría, por otra parte, constituir una finalidad en sí. Es el arranque de una aventura, que exige una continuación, un desarrollo y, en resumen, una retribución. Dutilleul lo comprendió muy bien. Sentía dentro de sí una necesidad de expansión, un creciente deseo de cumplirse y sobrepasarse y cierta nostalgia que era algo así como el llamado de la parte de atrás de la pared. Desdichadamente carecía de objetivo. Buscó inspiración en la lectura del diario, especialmente en las secciones de política y deportes, que le parecían actividades honorables; pero como advirtiera que no ofrecían ninguna salida a las personas que atraviesan las paredes, se limitó a la crónica policial, que resultó ser la más sugestiva.

El primer robo a que se entregó Dutilleul tuvo lugar en un importante establecimiento de crédito de la ribera derecha. Atravesando una docena de paredes y tabiques, penetró en distintas cajas de seguridad, llenó sus bolsillos con billetes de banco y antes de retirarse. firmó su robo con tiza roja y el seudónimo de “El Cuco”, con una muy bonita rúbrica que fue reproducida al día siguiente en todos los diarios. Al cabo de una semana, el nombre de “El Cuco” conoció una celebridad extraordinaria. La simpatía del público se volcaba sin reservas sobre ese ladrón prestigioso que se burlaba tan lindamente de la policía. Cada noche se hacía notar por una nueva proeza cumplida, ora en perjuicio de un banco, ora en el de una joyería o un particular de fortuna. En París, como en provincias, no había mujer algo soñadora que no tuviese el ferviente deseo de pertenecer, en cuerpo y alma, al terrible Cuco. Después del robo del famoso diamante de Burdingala y el del Crédito municipal, que tuviera lugar en la misma semana, el entusiasmo de la muchedumbre alcanzó el delirio. El ministro del Interior debió renunciar, arrastrando en su caída al ministro del Registro. Mientras tanto, Dutilleul se había convertido en uno de los hombres más ricos de París y seguía siendo puntual en su oficina y se le mencionaba para las palmas académicas. Por la mañana, en el ministerio del Registro, su satisfacción consistía en escuchar los comentarios que hacían los colegas de sus proezas del día anterior.

—Ese Cuco —decían— es un hombre formidable, un superhombre, un genio.

Al oír semejantes elogios, Dutilleul se ponía rojo de confusión, y detrás de los lentes de cadenita la mirada le brillaba de amistad y gratitud. Un día, esa atmósfera de simpatía le hizo entrar a tal punto en confianza, que ya no creyó que podía guardar el secreto por más tiempo. Con un resto de timidez, miró a sus colegas agrupados alrededor de un diario que relataba el robo del Banco de Francia y declaró con una voz modesta:

—¿Saben ustedes que “El Cuco” soy yo?

Una risa enorme e interminable recibió la confidencia de Dutilleul, al que por broma se le puso el mote de “El Cuco”. Por la noche, a la hora de la salida, era objeto de bromas sin fin por parte de sus camaradas, y la vida parecía menos hermosa.

Algunos días más tarde, “El Cuco” se dejaba sorprender por una ronda nocturna en una joyería de la calle de la Paix. Había firmado sobre el mostrador y la caja y se había puesto a cantar una canción báquica mientras rompía distintas vitrinas, con ayuda de un cacharro de oro macizo. Le hubiera resultado fácil hundirse en una pared y escapar así a la ronda nocturna, pero todo permite creer que quería ser detenido y probablemente con el único objeto de confundir a sus colegas, cuya incredulidad lo había mortificado. Estos, en efecto, se quedaron muy sorprendidos cuando los periódicos del día siguiente publicaron en primera plana la fotografía de Dutilleul. Lamentaron amargamente haber desconocido a su genial camarada y le rindieron homenaje dejándose crecer una perita. Algunos, arrastrados por el remordimiento y la admiración, llegaron a tratar de practicar con alguna billetera o el reloj familiar de sus amigos y conocidos.

Se estimará, sin duda, que el hecho de dejarse apresar por la policía para asombrar a algunos colegas, demuestra una gran ligereza, indigna de un hombre excepcional, pero el resorte aparente de la voluntad es muy poca cosa en semejante determinación. Al renunciar a la libertad, Dutilleul creía ceder a un orgulloso deseo de desquite, mientras que en realidad se deslizaba sencillamente por la pendiente de su destino. Para un hombre que puede atravesar paredes, no hay carrera con cierto porvenir si no ha probado la cárcel, por lo menos una vez. Cuando Dutilleul penetró en el local de la Santé, tuvo la impresión de ser mimado por la suerte. El espesor de los muros era para él un verdadero manjar. Al mismo día siguiente al de su prisión, los guardianes descubrieron con estupor que había clavado un clavo en la pared de su celda, en el que había colgado un reloj de oro que pertenecía al director de la cárcel. No pudo o no quiso revelar de qué manera había pasado ese objeto a su poder. El reloj fue devuelto a su dueño, y al día siguiente encontrado de nuevo en la cabecera del Cuco junto con el primer tomo de Los tres mosqueteros, perteneciente a la biblioteca del director. El personal de la Santé estaba en pie de guerra. Los guardianes se quejaban, además, de recibir puntapiés en el trasero, cuyo origen no lograban explicarse. Parecía que los muros tuviesen, no solamente oídos, sino pies. El arresto del Cuco duraba una semana, cuando el director de la Santé, al penetrar en su despacho una mañana, encontró sobre el escritorio la carta siguiente:

“Señor director: Refiriéndome a nuestra entrevista del 17 del corriente y para mejor recuerdo, a sus instrucciones generales del 15 de mayo del año pasado, tengo el honor de informarle que acabo de terminar de leer el segundo tomo de Los tres mosqueteros y que pienso escaparme esta noche entre las veintitrés y veinticinco y las veintitrés y treinta y cinco. Le ruego, señor director, quiera aceptar la expresión de mi profundo respeto. ‘EL CUCO’ “.

A pesar de la estrecha vigilancia de que fue objeto esa noche, Dutilleul se escapó a las veintitrés y treinta. Conocida la noticia por el público a la mañana siguiente, despertó un entusiasmo magnífico. Mientras tanto, habiendo efectuado un nuevo robo que llevó al colmo su popularidad, Dutilleul parecía preocuparse muy poco de ocultarse y circulaba a través de Montmartre sin ninguna precaución. Tres días después de su evasión, fue detenido en la calle Caulaincourt en el café del Sueño, poco antes de mediodía, mientras bebía un vino blanco con limón en compañía de algunos amigos.

Devuelto a la Santé y encerrado bajo triple llave en un calabozo sombrío, “El Cuco” escapó esa misma noche y se acostó en el departamento del director, en el cuarto de huéspedes. A la mañana siguiente, a eso de las nueve, tocaba el timbre para que la sirvienta le llevase el desayuno, y se dejaba apresar en la cama, sin resistencia, por los guardias prevenidos. Furioso, el director estableció una vigilancia en la puerta de su calabozo y lo puso a pan y agua. A eso del mediodía el prisionero salió para almorzar en un restaurante próximo a la prisión, y después del café telefoneó al director.

—¡Hola!, señor director, me siento verdaderamente confuso, pero hace un rato, en el momento de salir, me olvidé de llevarme su cartera; de manera que me encuentro en el restaurante, en dificultades. ¿Tendría usted la bondad de mandar a alguien que pagara la adición?

El director acudió personalmente y se arrebató hasta el punto de proferir amenazas e injurias. Herido en su altivez, Dutilleul se escapó a la noche siguiente, y para no volver. Esta vez tuvo cuidado de afeitarse la perita negra y reemplazó sus lentes de cadenita por unos anteojos de carey. Una gorra de sport y un traje de anchos cuadros con pantalones de golf acabaron de transformarlo. Se instaló en un pequeño departamento de la avenida Junot, al que desde antes de su primer arresto, había hecho llevar una parte de sus muebles y los objetos que más le interesaban. El rumor de su fama empezaba a cansarlo, y desde su estadía en la Santé ya estaba de vuelta del placer de atravesar las paredes. Las más espesas, las más orgullosas le parecían ahora simples biombos, y soñaba con hundirse en pleno en alguna pirámide maciza. Mientras maduraba el proyecto de un viaje a Egipto, llevaba una vida de lo más apacible, compartida entre su colección de estampillas, el cine y largos paseos por Montmartre. Su metamorfosis era tan completa que pasaba, sin pelos y con anteojos de carey, al lado de sus mejores amigos, que no lo reconocían. Únicamente el pintor Gen Paul, al que nada podría escapársele de un cambio sobrevenido en la fisonomía de un antiguo habitante del barrio, había acabado por localizar su verdadera identidad. Una mañana que se dio de boca con Dutilleul, en la esquina de la calle del Abreuvoir, no pudo dejar de decirle en su rudo argot:

—Oíme: ya veo que te has vestido de pituco, para despistar a los tiras —lo que significa más o menos, en lenguaje vulgar: veo que te has disfrazado de elegante para confundir a los inspectores de la Sureté.

—Ah —murmuró Dutilleul—, me has reconocido.

Eso lo turbó y decidió apresurar su partida para Egipto. Fue en la tarde de ese mismo día que se enamoró de una belleza rubia, a la que encontró dos veces en la calle Lepic con quince minutos de intervalo. Por ella olvidó hasta su colección de estampillas y el Egipto y las pirámides. Por su parte, la rubia lo había mirado con mucho interés. Nada hay que afecte tanto la imaginación de las jóvenes de la actualidad como unos pantalones de golf y un par de anteojos de carey. Es algo que parece propio de cineastas y hace soñar con cocktails y noches de California. Desdichadamente, Dutilleul supo por Gen Paul que la bella estaba casada con un hombre celoso y brutal. Ese marido suspicaz, que por otra parte llevaba una vida irregular, abandonaba regularmente a su mujer entre las diez de la noche y las cuatro de la mañana, pero antes de salir tenía cuidado de encerrarla en su cuarto con llave y todas las persianas con candado. Durante el día la vigilaba tan estrechamente que había llegado a seguirla por las calles de Montmartre.

—Es un punto lleno de vueltas, al que no le gusta que le anden alrededor del asado.

Pero esa advertencia de Gen Paul sólo consiguió entusiasmar a Dutilleul. Al día siguiente, cruzándose con la joven en la calle Tholozé, se atrevió a seguirla hasta una lechería, y mientras ella esperaba que la sirvieran, le dijo que la quería respetuosamente y que lo sabía todo: el marido malvado, la puerta con llave y las persianas, pero que esa misma noche estaría en su cuarto. La rubia se ruborizó, su botella de leche le tembló en las manos, y con los ojos húmedos de ternura, suspiró débilmente:

—Ay, señor, es imposible.

La noche de ese día radiante, a eso de las diez, Dutilleul estaba de facción en la calle Norvins y vigilaba una sólida pared detrás de la cual se veía una casita de la que sólo era visible la chimenea y la veleta. Se abrió una puerta en la pared y un hombre, después de haberla cerrado cuidadosamente con llave, bajó por la avenida Junot. Dutilleul esperó que desapareciera, muy lejos en la vuelta de la bajada y contó hasta diez. Entonces se adelantó, entró en la pared con paso gimnástico y corriendo siempre a través de los obstáculos, penetró en el cuarto de la hermosa recluida. Ella lo recibió con embriaguez y se amaron hasta una hora avanzada.

Al día siguiente, Dutilleul tuvo la contrariedad de sufrir violentos dolores de cabeza. La cosa carecía de importancia y por tan escaso motivo no iba a faltar a su cita. Sin embargo, como descubrió por casualidad unos comprimidos sueltos en el fondo de un cajón, tomó uno por la mañana y otro por la noche. A la noche su jaqueca era insoportable y la exaltación se la hizo olvidar. La joven lo esperaba con toda la impaciencia que habían hecho nacer en ella los recuerdos del día anterior, y se amaron esa noche hasta las tres de la mañana. Cuando se fue Dutilleul, al atravesar los tabiques y las paredes de la casa tuvo la sensación de un roce desacostumbrado en las caderas y los hombros. Sin embargó no creyó necesario prestarle atención. Sólo fue, por lo demás, al penetrar en la pared exterior que experimentó claramente una impresión de resistencia. Le parecía moverse en una materia todavía fluida, pero que se iba espesando y tomaba más consistencia a cada uno de sus esfuerzos. Habiendo logrado alojarse entero en todo el espesor de la pared, advirtió que no podía adelantar y recordó con terror los dos comprimidos que había tomado durante el día. Esos comprimidos, que creyera de aspirina, contenían en realidad el polvo de pireto tetravalente recetado por el médico el año anterior. El efecto de ese específico, agregado a un intensivo surmenage, se manifestaba de modo repentino.

Dutilleul estaba como congelado en el interior de la pared. Todavía está ahora, incorporado a la piedra. Los noctámbulos que bajan por la calle Norvins a la hora en que se ha apaciguado el rumor de París, oyen una voz sorda que parece llegar de ultratumba y que creen la queja del viento que silba en las esquinas de la Butte. Es “El Cuco” Dutilleul que lamenta el fin de su gloriosa carrera y sus amores demasiado breves. En algunas noches de invierno, sucede que el pintor Gen Paul descuelga la guitarra y se llega hasta la soledad sonora de la calle Norvins, para consolar con una canción al pobre prisionero, y las notas que arrancan sus dedos dormidos penetran en el corazón de la piedra como gotas de claro de luna.

Marcel Aymé

Escritor francés (1902-1967). Narrador y dramaturgo. Entre sus obras de teatro se encuentran Luciana y el carnicero, Clérambard, Los pájaros de la luna, La cabeza ajena, La mosca azul, Lousiane. Su obra narrativa (cuentos y novelas) pasa de un tono costumbrista (La yegua verde, Trabelingue, El camino de los estudiantes, Urano) a uno fantástico, como se puede apreciar en el presente cuento, publicado en un libro homónimo en 1943. Otras obras: Leña, Cuentos del gato encaramado, La calle sin nombre, París de mis sueños.